MIS NOMBRES PROPIOS

(Del País Vasco a Tandil)

 

Quienes se ven obligados a marchar al exilio, empujados por las crueles corrientes que los alejan de sus costas vitales, cargan con el dolor de la partida y la angustia de sentir que jamás volverán a su tierra.  A pesar de ello refugian en su equipaje interior los mejores recuerdos, aquellos que les hablarán siempre de los tiempos de sonrisas y  sueños. También se aferran a su suelo a través del lenguaje y de los nombres propios con los que llaman a sus cosas; en consecuencia con ello siembran en sus descendientes esos nombres para que estos los hagan propios. Este fue el caso de mi tía abuela, Pilar Pérez Zubizarreta, aquella vasca de Deba, que cargó mi vocabulario con sus nombres propios. Entre ellos está la palabra “quiosco” con la que ella denominaba a la construcción que está en la plaza de Tandil y frente a la cual pasábamos todas las tardes cuando me iba buscar al colegio. Muchas veces nos sentábamos en un banco y ella me contaba historias.

Pasados los años, el recuerdo de mi tía abuela Pilar cobró forma en mi novela Pompilio Madrigal. Mientras la escribía merodeaban por mi cabeza todos aquellos relatos. Una vez editada, la naturaleza existencial desató los vientos del desexilio y una suma de generosas voluntades se convirtieron en el velamen que me llevó a desembarcar con mi novela en Deba. Y entonces, ese pueblo se hizo origen hospitalario, me ofertó aquel cielo límpido poblado de sonrisas y sueños en ciernes que dejó al partir. Abrió las puertas de la casa en la que ella naciera, me mostró la farmacia de su padre y me ofreció generoso sus calles. Luego, paseando por la Alameda, me detuve un largo rato frente al quiosco y ahí, en ese suelo, en ese momento, una parte de mi identidad sonrió y el nombre vasco se me hizo propio.

Luego, al andar por las calles de Deba, sentí que aquellos vientos descorrían la melancolía que habitaba siempre en los relatos de mi tía abuela.

Más tarde, mientras estaba sentado en un banco de la Alameda, al ver pasar a una abuela con su nieto de la mano, tuve la sensación de que, cien años después, yo había traído a mi tía abuela de regreso a su pueblo, y que en algún lugar ella sonreía mientras contaba una historia.

Mi propio regreso

 

Entre las diversas rutas que mi tía abuela Pilar elegía para contarme historias, ejercía en mí una enorme fascinación la de su bolso azul. Generalmente esto ocurría los sábados antes de la cena, cuando yo regresaba de los juegos infantiles en la calle de tierra de Banfield. Visto hoy retrospectivamente, el hecho de no tener televisión en esa época resultó una verdadera fortuna. El menú de entretenimiento hogareño tenía como opciones la lectura de la revista Billiken, escuchar en la radio las aventuras de Tarzán y Poncho Negro. Si mis padres lo permitían, las desventuras de los Pérez García o si no, los relatos de mi tía que se desprendían de alguna de las innumerables postales que guardaba en su bolso y que para mí representaban un fantástico tesoro. Así fue como de su mano recorrí rutas y personajes reales o fantásticos de España, conocí a mágicos príncipes o a héroes de la guerra civil española. Y en el recorrido por las fotos antiguas de la familia me contaba de jueces, sacerdotes y de aquella poetisa llamada Narcisa, entre los más antiguos. De igual modo me hablaba de la profesión de boticario de su padre, de su madre María Zubizarreta que fue una figura saliente en la familia. Ya entre sus congéneres me contaba de las aventuras de su hermano Pompilio, de las dotes de fotógrafo y artista de Narciso y por supuesto de las andanzas de mi abuelo: veterinario, panadero, viajero, incluido su tiempo de permanencia en Londres, de cómo llegó tarde al embarque del Titanic. También de su condición de Alcalde Republicano de Morata de Tajuña, cuando en el pueblo lo llamaban el padre de los pobres y las posteriores y duras consecuencias de ello.

Sacaba también de su bolso postales de Deba, su pueblo, me contaba que allí había nacido ella, y se le iluminaba la cara resaltando su condición de vasca.  Ponía el acento en su apellido Zubizarreta, y a mí se me iba haciendo propio.

Muchos de quienes portan el apellido Pérez Zubizarreta han llevado adelante el ejercicio de distintas artes. De todas ellas me detengo en quienes cultivaron y cultivan la fotografía, como es el caso de la hija de Narciso, María Teresa Pérez Zubizarreta Sánchez, que a su don por la pintura agregó el arte fotográfico y editó sobre ello varios libros. De todos esos libros tengo en uno que me dedicó con natural cariño y que se llama “La memoria quieta”. Y entonces me pongo a pensar en esa quietud de la foto y se me ocurre que a la que encabeza este relato el destino me hizo ponerle un singular movimiento que atravesó tiempo y distancias. Este se me hizo visible cuando en junio de dos mil dieciséis yo llegué a Deba por primera vez. Al pisar el andén, mi memoria emotiva se sacudió y aquella vieja foto de mi tía abuela, que aún conservo, cobró súbitamente movimiento para darme la bienvenida al que al partir de allí también sería mi propio pueblo.

HADAS VASCAS Y CASUALIDADES

 

Llego al aeropuerto muy temprano. Me dirijo hacia el lugar en el que siempre como y me tomo un tiempo para elegir el vino. La presentación del libro ha sido muy exitosa y amerita emprender el regreso con un buen tinto y una rica comida. Mientras como observo la fila de viajeros imaginando distintas historias. Llegado el momento voy a despachar el equipaje e ingreso a la sala de preembarque.

Finalmente, con la proa puesta en la partida, me siento en una cafetería, tomo la lágrima que pedí y dejo volar libremente mi imaginación. A través del ventanal observo el cielo, me detengo en una nube que me sugiere una playa bañada por las olas. Esto me transporta a La Villa muchos años atrás y me veo en la arena, alrededor de un fogón, mirando embelesado a Gabriela tocar la guitarra. El momento queda como suspendido y solo la veo a ella, con su melena apenas movida por el viento. La evocación trae a mi mirada viejas lágrimas; me levanto y empiezo a andar. Mientras camino, su recuerdo se hace más presente; no se que ocurriría hoy si no nos hubiéramos separado, pero tanta ausencia suya hace que la vea como la suma de todas las perfecciones. Recuerdo en particular aquel cuento que empezáramos a escribir juntos sobre una alegoría del amor apoyada en la figura de un hada que cobra forma humana al enamorarse de un joven revolucionario. La idea se correspondía con aquellos tiempos, corría el año sesenta y ocho. En realidad nunca avanzamos más allá del nombre de la pareja: Lamiñak, una hada vasca, Augusto, el joven revolucionario y de la idea general de la trama que mezclaba revolución, amor y solidaridad. Pasados unos meses nos separamos, para ir volviéndonos recuerdo. Años después vino el tiempo de la oscuridad, Gabriela abandonó su forma humana y como los torturadores no pudieron con su alma, hoy seguramente habita el territorio de las hadas buenas. Yo me ausenté del país y anduve demasiados caminos hasta llegar aquí.

El momento se va disipando y me dirijo a la zona de la puerta de embarque. Veo un cartel que anuncia la partida de un vuelo a Irlanda. Llegan los pasajeros de ese vuelo y comienzan a esperar. De repente mi vista se detiene en una joven sentada en el piso, un escalofrío me recorre la espalda, su parecido con Gabriela es notable. La miro con tanto detenimiento que ella lo advierte y levanta la vista. Avergonzado, desvío la mirada. No puedo evitar volver a mirarla, lo hago con el mayor disimulo posible pero ella se da cuenta. Pensando que aguardamos el mismo vuelo esboza una sonrisa, como compartiendo conmigo la impaciencia. Me acerco a ella e iniciamos conversación. Me entero de que es vasca, de Vitoria, me cuenta que es violinista, que va a Irlanda a formar parte de una orquesta de música celta. Le digo que se parece mucho a alguien que conocí. Conversamos un rato. Finalmente anuncian el embarque de su vuelo, la fila comienza a moverse y ella, con la misma espontaneidad que caracterizaba a Gabriela, se despide dándome un beso en la mejilla. Me quedo viendo cómo se aleja, de pronto, saca un libro de su bolso, regresa corriendo hasta mí, me lo entrega y vuelve a la fila.

Fue todo tan rápido y quedé tan conmovido que, recién pasado un momento miro el libro y veo su título: La Lamia enamorada (Leyendas de hadas vascas).

Renovar

 

Aquellas lejanas tardes en Banfield eran ceremonias cargadas de encanto: transcurrían iluminadas por la luz que tienen los momentos ideales, melodiosos acordes de risas infantiles inundaban el aire, a la salida del colegio las calles de tierra se vestían de juegos y luego, la merienda se engalanaba con relatos de abuela. Las zanjas que corrían junto a la acera se transformaban en ríos en los cuales era posible bañarse dos veces, los potreros se convertían en bulliciosos estadios en los que la ilusión ganaba por goleada. Entre los cañaverales encontraban refugio aventuras heroicas, al conjuro del jazmín aparecían urgentes los primeros amores y al cobijo de frondosos árboles se intercambiaban promesas de amistad eterna. Al final de la cuadra, por cuerdas de plata, se trepaban los trenes y al caer la tarde se levantaba la palabra en coloquios ingenuos, liberando esperanzas de un mundo mejor. Así, apacible, discurría la vida.

Si pasados los años y a pesar del esfuerzo de los agentes del tiempo, de los refutadores de ideales, de los acalladores de risas, de las frías oleadas de asfalto que secaron las calles ahuyentando los ríos vitales, de tanto sicario de palabra en cierne, sucede que con el alma atenta se recorren los senderos de la geografía interior para recuperar los relatos de la merienda, lo vital de los sueños sanará las heridas, se escucharán nuevamente las risas, será posible bañarse en el mismo río, volver a ganar de local, permitir que el jazmín renueve el buen amor, cumplir las promesas vencidas y descubrir entonces como las mejores palabras continúan sosteniendo esperanzas de un mundo mejor. Así, renovada, proseguirá la vida.

Imagen de Elias Sch. en Pixabay

En el umbral

 

Tengo la sensación de que las personas que cruzan delante de mí no me ven, aunque yo sé que no es así, simulan no verme, me evitan, están prevenidos por si se cruzan conmigo, me tienen miedo, aunque parezca mentira piensan que puedo hacerles daño. No saben qué hace ya mucho tiempo otros se ocuparon de mí convirtiéndome en esto.

Recuerdo el barrio, las calles de tierra, los sauces llorones, la tarde, el cañaveral, el calor, el olor a mandarina, los juegos infantiles, los gritos de los chicos cuando jugábamos, mis gritos alegres.

Hoy, a quienes pasan cerca de mí no les gusta que grite, se sobresaltan, no comprenden, no les gusta mi apariencia, se hablan entre sí, no saben qué hacer, tampoco se animan, no quieren comprometerse. No me importa lo que hagan, no les tengo miedo, ya no me pueden hacer más de lo que aquellos otros me hicieron.

El sol se ponía cuando regresaba a casa después de jugar a la salida del colegio, antes de entrar, a veces, yo sacudía el árbol que estaba frente a la zanja para ver si caía una granada, me gustaba mucho esa fruta, me divertía cuando mi madre simulaba enojarse mientras limpiaba  de mi cara las huellas rojas que daban cuenta de mi banquete.

Ahora a ellos les molesta si mi boca se mancha cuando como o bebo, miran mal la caja de vino, les da asco, no va con sus buenas costumbres. Son unos hipócritas, seguro que hacen cosas mucho peores. Deben tener muy sucia el alma

Otras veces, cuando entraba a casa, iba al piso de arriba, a la pieza de mi hermanito, me encantaba verlo dormir en su cuna. En ocasiones llegaba cuando mamá lo estaba bañando, ella me dejaba ayudarla, después me mandaba a mí a que me bañara.

Hoy les da asco que no me bañe, hacen caras, mueven la cabeza, no me importa, les saco la lengua. No tengo casa, este lugar es mi hogar, no tiene baño, ¡mamá no está¡, ¿dónde está?

Cuando volvía de la escuela, tomaba la merienda, me gustaba mojar la galleta de trincha en la taza de leche con Vascolet. Escuchaba en la radio las aventuras de Tarzán y después hacia los deberes. Durante la cena mis papás escuchaban el programa de los Frunfrunos, me dejaban escucharlo con ellos, ¡pobres Frunfrunos, cuantas cosas les pasaban!

Este lugar está cerca de una escuela, las señoras van a buscar a sus hijos, la mayoría ni me mira, solo algunos pocos niños me sonríen muy de vez en cuando. ¿Les gustará tomar la leche? ¿Escucharán las aventuras de Tarzán? Yo hace mucho que no las escucho, no tengo radio.

Me gustaba ir a la secundaria, el colegio quedaba cerca de casa, me entusiasmaba estudiar Historia. Cuando volvíamos del colegio me quedaba charlando con Verónica en el umbral de su casa. Hablábamos de las injusticias sociales, nos preguntábamos que podíamos hacer para ayudar a que todo fuera más justo. Ella se enojaba mucho con los ricos, decía que podrían repartir algo de lo   que tenían entre los más pobres. ¡Que linda que era Verónica!, que bien le quedaba el jumper gris.

Por delante de donde estoy ahora veo pasar muchas chicas de jumper gris, todas igualitas a Verónica, las acompañan muchos chicos igualitos a mí, van gritando y cantando, los llamo, me contestan mal, me amenazan, se burlan de mí, no me gusta, me da miedo que me peguen, me acurruco, me hago chiquitito. Escondo la caja de vino.

Me gustaba subir a la terraza de mi casa y desde ahí hablar con Verónica mientras ella tendía la ropa que había lavado su mamá. Qué bueno que era sentir el perfume a limpio que salía de la ropa,  era el mismo olor que tenía Verónica. Ella tenía el alma limpia.

Mi ropa está sucia, hace mucho desde la última vez que la lavaron, fue cuando me llevaron a la comisaría porque algunas personas se quejaron. Hace un rato una señora me trajo una camisa limpita con muy rico olor, que raro, seguro que la van a retar porque hizo eso.   Me la pongo, ¡qué bien huele! Mi alma esta triste.

¡Que linda la fiesta de egresados!, estábamos todos muy contentos. En el salón del club del barrio no cabía un alma más. Verónica se veía esa noche mas linda que nunca, estaba tan hermosa que tenía miedo de perderla y me animé a decirle que la quería, que quería ser su novio. ¡Qué lindo fue el primer beso!

Las chicas igualitas a Verónica y los chicos igualitos a mí vuelven a pasar delante del umbral, las chicas no usan jumper ni los chicos uniforme, pero llevan cuadernos y libros, algunos chicos le dan besos a algunas chicas, eso me da alegría, los miro y me río, los aplaudo, me acerco, se enojan, me insultan, me quieren pegar, me escapo y salgo corriendo.

¡Qué lindo era andar de novio con Verónica! Íbamos a la facultad, estudiábamos Abogacía. A mí me gustaba más Historia, pero quería estar cerca de ella. Volvíamos todas las noches caminando desde la estación hasta nuestras casas. A ella le seguían preocupando los pobres, trabajaba en la acción católica, salía a las villas a hacer tareas de ayuda, yo la acompañaba siempre, tenía miedo que le pasara algo.

A la vuelta hay una iglesia a la que a veces voy para que me den de comer.  Hay un acto, se juntó mucha gente en la puerta, tienen carteles, prometen cosas, suenan bombos, se juntan todos y salen por la avenida cantando y gritando, van para el centro. Hay elecciones.

Verónica andaba muy excitada, el General finalmente estaba por volver. Ella decía que venían muy buenos tiempos, que por fin habría justicia social. Tan entusiasmada estaba que se había afiliado al partido. Como siempre yo la seguí, haciendo lo mismo.

Hay mucha alegría en la calle, y no es solo por las fiestas, parece que alguien ganó las elecciones. Es navidad, en la iglesia nos dan pan dulce y turrón. Yo consigo vino.

El General había vuelto, era presidente y la gente estaba alegre. Verónica trabajaba mucho y yo la ayudaba, frecuentábamos las villas, formábamos comisiones, visitábamos a los supermercados, controlábamos que no escondieran mercadería y que no cobraran de más. Verónica estaba muy contenta. Y yo era feliz.

Otra vez está por llegar la navidad, la gente ya no canta, hay mucho lío, dicen que en el centro andan a los tiros, que hay muertos, parece ser que el presidente renunció. Algunas mujeres dicen que vienen tiempos difíciles, que tienen miedo.

Era navidad, estábamos tristes, el general había muerto, se había equivocado con las personas que había elegido y las cosas iban cada vez peor. Papá había puesto luces y adornos en el pino del jardín de adelante. Papa Noel iba a venir igual, a mí me gustaba. Le había comprado un regalo a Verónica, pero ella tenía mucha pena. También estaba asustada, se hablaba de violencia, de persecución de nosotros, éramos los zurdos de mierda. Yo le decía que la iba a cuidar, que no le iba a pasar nada.

En la calle hay muchos policías, muchos patrulleros, la gente anda seria, no me gusta, tengo miedo, me escondo, no quiero que me vean. Me ven igual, me caen mal sus uniformes, los insulto, les grito, me quiero escapar, me corren, me alcanzan, me llevan arrastrando, les sigo gritando, me tapan la cabeza, me meten en el auto, andamos un rato, llegan a la comisaría, me bajan, me tiran en una celda, cierran, me dejan solo. Lloro y lloro. Llamo a mamá, a Verónica, me gritan que me calle, me duermo.

Ya habíamos cenado y abierto los regalos, estábamos sentados con Verónica en la puerta de su casa. De repente llegaron, aparecieron de golpe, tenían fusiles, eran muchos, les gritaba, les pedía que me llevaran a mí, no a ella, pero parece que no escuchaban. Primero nos pegaron, después nos subieron al auto. Llegamos a un lugar con un sótano, nos separaron.  Estaba oscuro, se escuchaban desgarradores los gritos de Verónica, ¡qué desesperación! Grité que no le hagan nada, supliqué, lloré, pero nadie me hacía caso, me puteaban, me golpeaban. Finalmente me desmayé.

Vienen a la celda, me sacan, me llevan a un patio, dicen que huelo mal, me manguerean, no me gusta. Me vuelven a la celda, me quedo quieto, no me importa nada. Verónica ya no está, ¿dónde estará?

La veía entre sombras, eran varios, la violaban, me miraban, se reían. Yo gritaba, venían, me tiraban en un elástico, tenían cables, me los apoyaban en el cuerpo, la corriente me dolía, me quemaba. Me abrían la boca, buscaban la muela, ponían el cable, explotaba el dolor, me enceguecía una luz y luego... oscuridad total.

Vuelven una vez más a la celda, me sacan al salón de entrada, me tratan de linyera, de croto apestoso, me dicen que me vaya, pero que no joda más en la calle, porque si me vuelven a traer me van a cagar a palos. Salgo a la vereda, hace mucho calor, la barba me pica mucho ¿serán piojos otra vez? De nuevo estoy libre. ¿Libre?

Había pasado demasiado tiempo. Otra vez la luz y yo tirado casi sin fuerzas en el suelo de aquel sótano. Creí estar sólo, pero aparecieron. Me agarran como a una fiera y me tiran en la caja de una camioneta. Viajamos un rato hasta que siento el ruido de los frenos. Ellos se bajan, me empujan, me tiran sobre el lodo. Creo estar a orillas del riachuelo pero no llego a comprobarlo, justo antes sacan un arma, discuten y me golpean con la culata en la cabeza. No se cuánto tiempo estoy así, me incorporo, me alejo del lugar, no sé adónde ir, renace la oscuridad.

Camino por la calle, al sol, todavía tengo húmeda la ropa, pido, consigo unas monedas, me compro una caja de vino, pronto va a estar todo bien. Llego a la plaza, hay mujeres con pañuelos blancos en la cabeza, se parecen a mi mamá, me acerco a una, le grito mamá, la llamo, me mira, no me hace caso. Veo a un policía, me alejo. Estoy de vuelta en el umbral donde duermo, le pusieron rejas, ¡qué rabia!, me encerraron otra vez. No importa, ya conseguí monedas, ya tengo otra caja de vino…ya me la tomé toda, ahora si me siento bien. Me levanto y camino de nuevo, descubro que allá a lo lejos y al final están las vías. ¡Qué lindo es caminar sobre ellas!, Soy un equilibrista, soy… ¡qué raro! esa es la voz de Verónica, pronuncia mi nombre, me está llamando, viene en el tren, justo detrás de esa luz que me va a llevar hasta donde está ella, me abalanzo a su encuentro.…

Foto tomada en una esquina de mi barrio

XIV

 

(Recopilado en las estribaciones de un mostrador)

 

Urgencias

 

A Marcial le duelen antiguas cicatrices del alma, procura aliviarlas con el sonar de su bandoneón, pero se agota su intento en el último gemido del fuelle. Con fuerte agobio sale a la calle intentando disipar las brumas de su soledad; camina la tarde con urgencia de noche, lleva en su andar cadencia de barrio. En la esquina, una calesita soleada refleja su infancia, desde lejos, un sonido a conventillo le pone voz a su memoria. Un rumor de tranvía acompaña su paso, portan sus genes identidad de arrabal, ama amar y su amor perdido se llama percanta. Llega al boliche con promesa de tinto, se acerca a la barra con desembarco de penas y con voz ronca de afanes pide la bebida. Con ojos de anhelo recorre el lugar, con esperanza de percanta observa a la muchacha y con mirada cómplice brinda al aire. Ella, con respuesta de milonga, le devuelve el brindis. Con desencantos en flor comparten la charla, de fondo, con susurro de angustias, los acompaña un tango, mientras tanto, con generosa mansedumbre se entrega la botella. En una coincidencia de ausencias pactan el momento y con urgencia de vida se pierden en la noche.

Foto de Art Tower, en Pixabay

(Recopilado en un resplandor final)

Liberación

Llegó al Parque Los Andes, la mañana es muy desapacible, como su vida, buscó un banco y se sentó. Un débil sol de invierno se apiadó de él y, sacando fuerzas de la memoria estival, abrió una ventana en las nubes, acercándole un poco de calor, sólo un poco. Él dirigió sus ojos hacia el cielo, como persiguiendo una mirada o implorando auxilio. Reconociendo lo estéril de su intento, agachó la cabeza soportándola en sus manos, es un gesto repetido, lleva ya tiempo su humanidad llevando el lastre de su voluntad exánime. Se arrebujó en el desharrapado sobretodo que encontrara en un contenedor y permaneció así un largo rato. Luego, hurgó en la mugrosa bolsa que contiene sus escasas pertenencias y confirmó que el frasco en el que suele guardar la yerba que de vez en cuando consigue está vacío, tan vacío como él. Permaneció un rato envuelto en su sopor crónico hasta que un enjambre de nubes insidiosas dejó caer sobre su espalda una helada llovizna. Acicateado el físico por ese gesto hostil, se levantó y comenzó a caminar en busca de un refugio inexistente. Cuando desembocó en las vías, su espíritu, hace mucho agonizante, tuvo un resplandor de vida y, decidiendo liberar al cuerpo de cargar con el peso de su alma muerta, lo entregó a las fauces de la locomotora.

Si usted se animase

 

Le cuento a usted que, merodeando por aquellas calles de nuestra fundación, escondido en cada atardecer, hay un poema perdido; hace demasiados años que anda errante buscando su nombre. Tal vez sus versos podrían salir de ese laberinto si por casualidad usted se animase a interrumpir el vuelo para acercarse hasta ellos, alumbrándolos con su sonrisa plateada, como solía hacerlo. Claro, si usted se animase. 

Pintura de José  Lopez Canito, Pintor español

Dibujos en el aire 

 

De niños, Alejo y yo jugábamos en las calles de tierra de nuestro barrio; siempre me maravilló la capacidad que mi amigo tenía para inventar fantásticas historias. Con gran facilidad hilvanaba palabras que al unirse quedaban flotando en el aire como viñetas. En los primeros años de colegio, la afición al dibujo irrumpió en su existencia y entonces, el lápiz se convirtió en el perfecto instrumento para que sus historias cobraran vida. Cuando nos llegó el tiempo de la lectura, él se apasiono por las aventuras del Quijote, allí su ingenio pobló las hojas de sus cuadernos con la figura del ingenioso Hidalgo procurando hazañas por las calles de Buenos Aires. Ya en la universidad, su lápiz se hizo lanza, su pensamiento adarga, su ser quijotesco, y se lanzó a la aventura de perseguir ideales que nacían en la ronda de cafés del viejo bar en donde nos reuníamos con nuestros compañeros, que él llamaba su castillo. Yo, cual fiel Sancho —figura que mi apariencia remedaba— lo seguía leal e incondicionalmente y lo arengaba permanentemente a tomar precauciones. En su afán de un mundo mejor, cada vez se arriesgaba más, sin tener en cuenta que lo que enfrentaba no eran inofensivos molinos sino los recovecos de oscuros lugartenientes del terror, quienes, una vez tendida la celada en la cual lo atraparon le hicieron pagar su rebeldía con el valor más caro. Con el tiempo supe que a pesar de las torturas él nunca les contó de mí, garantizando de ese modo mi vida con la suya. Pasados los años, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que sigo cargando yo sus sueños y que nunca los abandonaré.

El vendedor de poemas

 

La circunstancia de haber cambiado de horario de trabajo hace que Gabriel, un joven licenciado en genética, de 33 años, se vea obligado a volver a su hogar en alguno de los últimos subtes del día.

Esta situación lo incomoda un poco ya que llega tarde a su casa y dispone de menos tiempo para estar con su esposa Silvana que está esperando su primer hijo. Lo único que tiene de bueno es que esto le permite viajar cómodamente sentado ya que los vagones circulan con media capacidad disponible.

Este cambio de horario obedece a que la organización para la que trabaja le ha encomendado una investigación muy especial y confidencial, la que debe hacer después de las diecisiete horas una vez que se haya marchado el resto del personal.

Dicha tarea está relacionada con un ambicioso proyecto genético vinculado con la clonación, esto le hace explorar las múltiples posibilidades que la reproducción de células ofrece: para fines terapéuticos, preventivos o reproductivos, llegando hasta quiméricas posibilidades de toda índole. No le escapa que esta línea investigativa o de pensamiento es atravesada por cuestionamientos éticos, morales, religiosos, filosóficos o existenciales y que genera con la misma facilidad, aprobación o rechazo.

Si bien en un principio se había sentido halagado con la designación y entusiasmado con el proyecto, hoy ya no lo siente de igual modo y algunas dudas comienzan a apoderarse de él.

En realidad algunos de estos cuestionamientos provienen de su propio análisis, pero los más fuertes se los hace su esposa a quien le confiara el secreto a pesar de haber él firmado un compromiso de confidencialidad.

Silvana se opone con vehemencia a la manipulación de la condición humana que la clonación propone y él no puede dejar de reconocer que muchos de los planteos que hace son bastante válidos,  sin duda la actitud de ella está  relacionada con una visión no científica del asunto ya que ve las cosas desde otra óptica, teniendo en cuenta su condición de estudiante de teología.

Gabriel, en virtud de su tarea de investigador, tiene muy desarrollado el hábito de la observación y el análisis. Así es que en los viajes de regreso a casa observa desde su asiento la actitud en la que cada uno de sus ocasionales compañeros de viaje se halla inmerso. En algunas ocasiones deja volar la imaginación y juega a adivinar que estará discurriendo por la cabeza de esos pasajeros. En otras fantasea con la idea de poner las mentes de unos en los cuerpos de otros imaginando las reacciones que esto produciría.

A algunos ya los reconoce como habituales ocupantes del vagón e individualiza que leen y sabe que ropa usarán ese día. Tiene registrados a los meditabundos, a los que duermen todo el viaje, a los ansiosos y a aquellos que vaya a saber porque causa transmiten un profundo abatimiento.

De igual modo ubica a los que suben vendiendo la más variada gama de artículos. Entre todos le presta particular atención a un joven de casi su misma edad que sube siempre en la misma estación.

El joven en cuestión luce un aspecto de intelectual de los años sesenta, de pelo y barba larga, con un aspecto desgarbado y una actitud que transmite paz y tranquilidad.

Es habitual verlo subir al vagón con un colorido bolso de tela colgado al hombro del que saca un lote de hojas, en cada una de ellas hay un poema de algún autor, conocido o no, lentamente entrega una a cada uno de los pasajeros. A Gabriel le da por fantasear que el joven vendedor de poemas transporta en ese bolso toda la poesía universal y que en realidad cada poema que entrega a los viajeros es previamente seleccionado por él ya que sus versos se vinculan con alguna necesidad del alma del que los recibe.

Así es como Gabriel, día a día, viaje a viaje, ha ido leyendo poemas de Guillen, Martí, Machado, Witman, Espronceda, Pedroni y muchos otros más. Esta lectura le ha ido generando muchas y variadas sensaciones: amor, alegría, pena, esperanza, angustia, confianza, temor y por sobre todo, dudas.  Dudas acerca de su tarea vinculada a la clonación y la conveniencia de esta. Todo esto hace que espere ansioso cada regreso para ver que poema le acercará el joven. Vale señalar que a pesar del tiempo transcurrido Gabriel jamás cruzó palabra con el vendedor de poemas.

Una noche ocurrió que el joven no subió en la estación habitual, esto le produjo a Gabriel mucho desasosiego, este que fue creciendo en la medida que los viajes se sucedieron sin que hubiera más señales de él. En ese momento se puso a pensar en las razones que hicieron que ese joven con su cargamento de poesía se cruzara en su vida.

A partir de ese momento Gabriel comienza a pedir permiso en el trabajo, a llegar tarde o salir temprano para de ese modo tomar el subte en otros horarios para ver si encuentra a su proveedor de poesía, realmente extraña el cotidiano ritual de descubrir que poema le entregará. Sus intentos para encontrarlo se vuelven infructuosos, parece que a aquel joven se lo ha tragado la tierra y ninguno de los pobladores de vagones y andenes sabe decirle algo de él.

Durante varias semanas siguió yendo y viniendo, le costaba resignarse a no encontrarlo.  Finalmente llegó un día en que no fue al trabajo y se quedó en su casa conversando con Silvana sobre todo lo que le estaba pasando, acerca del tiempo que llevaba buscando a aquel joven vendedor de poemas, de cómo la lectura de tantos poetas le habían ido cambiando la perspectiva de vida, su mirada sobre las cosas. Así transcurrió la jornada, cuando llegó el anochecer le dijo a su esposa que saldría a caminar un rato para despejar la mente, así lo hizo, durante un rato anduvo sin rumbo fijo hasta que finalmente encaminó sus pasos hacia la estación de subte habitual, una vez que llegó a ella bajó con lentitud las escaleras observando que se marchaba uno, paciente aguardó en el andén la llegada del siguiente.

Finalmente la formación entra a la estación y abre sus puertas, como es habitual a esa hora, viene completo a medias, Gabriel sube al vagón, se detiene en el medio, observa detenidamente a sus ocupantes, acomoda un colorido bolso de tela sobre su hombro, saca de él varias hojas que contienen poemas de diversos autores y las empieza a entregar: de una en una, de mano en mano, a cada uno de los circunstanciales pasajeros...

Foto de Pixabay

El Viajante

 

En la medida en que se aleja de su última parada, los multicolores e imponentes cordones montañosos le brindan a Ramiro una cálida protección, y la ruta que se estira frente a sus ojos como una cinta plateada se funde con el atardecer. Mientras tanto, en el equipo de audio suenan las cuatro estaciones de Vivaldi; la grabación, como integrándose con el paisaje exterior, entrega los acordes correspondientes a la primavera.

Mientras hace un cambio, Ramiro, acostumbrado a largos soliloquios a bordo de su camioneta, consecuencia sin duda de tantos kilómetros recorridos en soledad, se pregunta si será correcto lo que está por hacer.

Recuerda con cierta mezcla de rabia e impotencia el doloroso malestar que hace un tiempo le causara aquel oscuro e ignoto empleado público. Vuelve a su memoria la imagen del funcionario diciéndole:

— Señor Nicolaus, no insista, no es posible que le renovemos el carnet de conductor. Usted acaba de cumplir setenta y ocho años y la reglamentación vigente prohíbe renovarle la licencia a personas de su edad.

Más allá de la frustración y la angustia que le provocara esa circunstancia, lo que más le había molestado fue el tono despectivo con que pronunciara:

— A personas de su edad — como si se refiriese a alguna peligrosa especie.

Él se siente fuerte y vigoroso y a pesar de sus años se lo ve ágil y activo, tiene una gran velocidad mental y una prodigiosa memoria, conserva buena parte del cabello libre de canas, no usa anteojos, unos vivaces ojos negros transmiten una gran capacidad de atención y su estilizada figura rubrica una imagen saludable.

Con esa asombrosa rapidez con la que los pensamientos se mueven cuando uno conduce, Ramiro vuelve al momento actual.

Lleva ya muchas horas conduciendo y solo el afán por llegar a aquel pequeño pueblo del norte en el cual le han dicho que podría hallar solución a su problema le hace seguir al volante.

Recuerda que la existencia de ese lugar le fue mencionada por uno de sus nuevos clientes, una persona muy joven que se había preocupado mucho por ayudarlo cuando él le contara su problema.   

Ramiro vende papeles para regalos. Su actividad crece en las fechas especiales llegando a su pico máximo en las vísperas de las navidades. Es esa la época del año en la que más disfruta de su trabajo ya que escoge meticulosamente cada uno de los motivos de los papeles que cargará en la camioneta. Cada vez que lleva a cabo la selección se deja llevar por la imaginación pensando en las ocasiones en que será usado cada uno. En esos momentos cruzan por su mente muchas imágenes, predominando las de niños rompiendo afanosamente esos papeles para descubrir, con la capacidad de asombro intacta, que juguete le ha traído Santa Claus.

Atado a ese pensamiento le llega el recuerdo de su esposa Beatriz, de tantas navidades compartidas con ella y de lo felices que fueran. Como siempre, siente el dolor que aún le causa su ausencia: le pesan los cinco años transcurridos desde su muerte. Esto lo lleva, como es habitual, a preguntarse porque la vida no les habrá dado hijos.

Durante mucho tiempo soñaron con ello, discutieron nombres e imaginaron como los educarían inculcándoles altos valores. Él siempre decía que le encantaría verlos jugar a su alrededor mientras en el taller del fondo de su casa se dedicaba a su pasión: a Ramiro le encanta trabajar la madera y talla figuras de todo tipo. De sus manos salen delicadas piezas. Es muy raro visitar su casa y no llevarse alguna de regalo, la generosidad es también una característica saliente de su personalidad.

Viene a su memoria aquel poema de José Pedroni del que siempre soñó ser actor y que comienza diciendo: <<Haz con tus propias manos/la cuna de tu hijo, /que tu mujer te vea / cortar el paraíso>>

Un pájaro que cruza frente al parabrisas lo regresa a la realidad. Sigue su vuelo y ve que se pierde en una hilera de viñedos. Esta imagen lo transporta los primeros años de su vida de viajante, a aquellas ambiciones de prosperar, a la militancia en el sindicato, a los amigos del camino, a los asados compartidos, a la guitarra que inevitablemente aparecía cuando promediaba el vino y, cobijada en  los brazos de un circunstancial compañero, entregaba generosa  los acordes que fecundándose en la poesía nacerían canción.

Esa mezcla de recuerdos le produce una congoja tan fuerte que oprimiéndole el pecho lo obliga a detenerse a un costado del camino.

Pasan algunos minutos hasta que se le pasa esa sensación, una vez repuesto aprovecha para sacar de la guantera el mapa en el que aquel joven cliente le marcara el lugar exacto en que se halla el pequeño pueblo. Nota que solo le faltan treinta y cinco kilómetros para llegar al punto señalado, también repara que está a veinte del cruce de Cuatro Esquinas.

Más allá de que el pueblo no figura en los mapas, seguramente por ser tan pequeño, le llama poderosamente la atención no conocerlo o por lo menos haber oído su nombre: Villa Aurora Boreal. De todos modos, por alguna razón que no precisa, confía en aquel cliente.

Vuelve a subir a la camioneta y advirtiendo que aparecen las primeras sombras decide recorrer esos veinte kilómetros que faltan para el cruce y detenerse a pasar la noche en la Hostería del Caballito Blanco, lugar que hace mucho tiempo conoce y que en una época tuviera además dos estaciones de servicio con gran movimiento. Luego, con el paso de la autopista, quedó reducido a la sola existencia de la hostería. Pernoctar allí le permitirá a la mañana siguiente llegar a la villa muy temprano y bien descansado.

Con una agradable sensación de alivio llega al cruce y más por reflejo que por necesidad, pone la luz de giro, luego apaga el estéreo que sin solución de continuidad había seguido con las cuatro estaciones: en ese momento suena la primavera.

Finalmente ingresa y estaciona en la solitaria playa. Baja, saca del asiento del acompañante su viejo bolso de cuero y se dirige a la recepción.

Cuando abre la puerta, lo recibe un enorme árbol de navidad ubicado al costado del hogar; se da cuenta que está recién armado, mira el calendario colgado en la pared de la chimenea y recuerda que es 8 de Diciembre.

Se dirige al mostrador y, mientras espera que el joven recepcionista termine una conversación telefónica, piensa que a pesar del mucho tiempo que es cliente ya no queda nadie conocido. Bueno, — nadie no —, se dice a sí mismo: José, el viejo mozo del comedor aún está. Le llama la atención no verlo preparando las mesas para la cena.

El recepcionista cuelga el teléfono y le dice:

— Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle?

— Necesito una habitación.

El joven asiente con un gesto, toma una llave del tablero y abre el libro de pasajeros para completar los datos.

Ramiro, con el mapa en la mano, le pregunta:

— Dígame joven, ¿conoce Villa Aurora Boreal? — y respalda su pregunta señalando el punto que tiene marcado en el mapa.

El joven levanta lentamente la cabeza y dirige la mirada hacia el mapa. Tarda un momento como si estuviera meditando la respuesta y responde con un tono de interrogante sorpresa:

— ¿Villa Aurora Boreal?, no la conozco

Ramiro insiste y señalándole la marca en el mapa le dice:

— Me explicaron que queda aquí, a quince kilómetros de Cuatro Esquinas.

El recepcionista, con la vista fija en el punto marcado en el mapa le contesta:

— Vea, yo no soy de la zona y solo hace una semana que trabajo aquí, pero me parece que en ese punto no hay ningún pueblo. 

— Esta bien— contesta Ramiro — quizás José sepa, le voy a preguntar a él.

— ¿José, el que era mozo? no está más señor, falleció un poco antes que yo viniera, el comedor lo atienden ahora mi suegra y mi señora — responde el joven con voz de circunstancia.

Ramiro se queda mudo y con la mirada perdida, como elaborando la noticia. Luego, sin hacer comentario, toma la llave que el joven depositó en el mostrador y lentamente, con la seguridad de quien conoce el camino, se dirige a la habitación ubicada al final del pasillo.

Mientras abre la puerta y deja el bolso sobre la cama sigue pensando en José, a quien hacia tantos años que conocía. Recuerda lo solicito que era y las  largas conversaciones sostenidas con él. Se acuerda que siempre hablaba orgulloso de su familia: en particular de su hijo, que recibido de medico se fuera a vivir a Canadá. Con simpatía viene a su memoria la imagen de José golpeándole la puerta del cuarto diciéndole con tono de complicidad. << Don Ramiro, ya le puse la botella de vino en la mesa al lado del televisor, no tarde en venir que ya va a estar listo el cabrito>>. Se da cuenta que hace muchas horas que no come así que sale del cuarto para ir al comedor.

Como guiado por el recuerdo de José, se dirige a la mesa que se halla al lado del televisor. Advierte que hay muy pocos pasajeros ya que solo otras dos mesas se encuentran ocupadas por solitarios comensales.

Antes de sentarse los saluda cortésmente y dice:

— Buen provecho.

La joven esposa del recepcionista se acerca a la mesa depositando en ella una panera. Una vez hecho esto le dice en tono amable:

— Buenas noches, señor, hay colita de cuadril con papas al horno y está muy rica ¿le apetece?

Ramiro acepta la oferta y agrega al pedido una botella de vino tinto de la casa. Le pide que antes de la carne le traiga queso y unas aceitunas. Esto último es una antigua debilidad suya.

Habituado a comer solo, se enfrasca en su mundo interior y retoma el dialogo consigo mismo. Su pensamiento se reconecta con el motivo del viaje y se pone a pensar en el pueblo al que ira por la mañana. De repente se sobresalta y el temor se apodera de él al pensar si, como resultado de una broma de mal gusto, no estará yendo a un lugar inexistente.

Disipa ese pensamiento se sirve vino y toma una de las aceitunas que la joven ya le trajera. Sumido en meditaciones aguarda la comida. Una vez que se la traen se aboca a dar cuenta del apetitoso trozo de carne.

En la medida que va cenando, el vino, cumpliendo con su misión, se mete en su alma, le coloca cerrojo a los temores, abre la puerta a los buenos recuerdos y deja entrar a la esperanza, haciéndolo sentir seguro de que mañana será un buen día.

Finalizada la cena se sirve el resto del vino y lo bebe lentamente, dejándolo que siga con sus buenos oficios.

Luego se levanta, sale a la galería que da al arbolado patio y se sienta en un banco. Mientras mira el cielo estrellado enciende un cigarrillo y se sonríe, recordando que el permiso para disfrutar de este placer diario le costó una larga negociación con su médico de toda la vida.

Al mismo tiempo que lo fuma se va dejando llevar por una excitante sensación que hace mucho no experimentaba en una víspera.

Terminado el cigarrillo mira el reloj y viendo que son las diez y media de la noche decide irse a dormir.

Una vez en la habitación y cumplida la rutina de higiene previa a acostarse, abre la ventana para que pase aire y se mete en la cama. Una vez acostado, observa como la luna y las estrellas reflejan su brillo en las laderas del cerro. Mientras hace esto deja que ingresen libremente los difusos pensamientos que se agolpan en la mente proveyendo ese estado de mágica irrealidad que precede al sueño.

Pasadas unas pocas horas desde que se durmiera algo lo despierta; la luminosidad que entra por la ventana le hace pensar que está amaneciendo, al mirar su reloj ve que solo son las dos y treinta.

Extrañado, se asoma a la ventana y le llaman la atención unas intensas luces que se ven al norte, en la zona en que aproximadamente debería estar el pueblo que busca.

Lo que cree ver es una enorme cúpula de intenso color verde en la base y que hacia el centro se vuelve rojiza terminando azulada; sobre ella cae una fina lluvia fosforescente.

El mirarla le causa gran excitación, que aumenta de tal manera que lo lleva a vestirse y salir de la habitación para ver si alguien más estaba observando lo mismo. No vio a nadie: solo un profundo silencio reinaba en la hostería.

Decidido, va hasta la cochera, pone en marcha la camioneta y se dirige hacia las luces. Cuando llegó al lugar se queda maravillado por lo que ve y lamenta no haber despertado a alguien en la hostería para compartir ese espectáculo. Toma el mapa de la guantera y con estupor advierte que la luminosidad está en el punto que le marcaran en el mismo.

Llevaba un rato mirando la luminosa cúpula cuando  le llama la atención una abertura que se va produciendo en el centro.

Atraído se acerca a ella y sin pensar la cruza. Ni bien hace esto ocurre algo extrañísimo, las luces desaparecen y se encuentra a plena luz del día: frente al arco de ingreso a un muy pequeño pueblo y en cuya parte  superior dice:

          BIENVENIDO

              A Villa Aurora Boreal

 

Aun no repuesto de su asombro comienza a observar el entorno. A su frente corre un boulevard con verdes palmeras, que termina en una construcción blanca de una sola planta y con un frente vidriado.

A los costados del boulevard se ve una sucesión de pequeñas casas también blancas y de techo verde. Todas ellas tienen un patio delantero cubierto por una frondosa parra. El piso es de una impecable gramilla verde y una sucesión de floridos canteros le ponen un colorido marco.

En el centro de cada patio hay una mesa de mármol rodeada de sillas en las cuales se sientan personas muy jóvenes, de todas las razas y ataviadas con ropa blanca.

Nadie parece reparar en él y observa que todos se hallan enfrascados en animadas conversaciones.

Permanece un rato indeciso entre acercarse a alguna de las casas o dirigirse al edificio al final del boulevard. Finalmente opta por esto último y con paso tranquilo, tratando de no alterar el bucólico paisaje, se dirige hacia allí.

Cuando llega, las vidriadas puertas se abren cediéndole el paso. No sin cierto resquemor ingresa al edificio, lo primero que ve fue unas paredes blancas sin ningún objeto colgado de ellas y un brillante piso de mármol verde. Al levantar la vista nota que está bajo una brillante cúpula que parece replicar en su forma y colores al fenómeno lumínico que lo trajera hasta allí.

Al fondo de ese recinto hay una imponente puerta de lustroso roble. Pasados unos instantes se abre una de las hojas y aparece un joven de aspecto e indumentaria igual a la de los que estaban sentados frente a las casas de afuera. En realidad, en la medida que se va acercando, Ramiro se da cuenta que es muy joven. Cuando llega hasta él, con una breve inclinación de cabeza lo saluda mientras y le dice con un acento neutro y del cual no puede precisar su origen

— Bienvenido Sr. Nicolaus, lo estábamos esperando.

Ramiro no pudo ocultar el asombro y le produjo temor que lo llamaran por su nombre.

El joven, advirtiendo esto, le sonríe afablemente mientras señalándole la puerta de roble le dice:

— Tranquilo, no debe usted temer nada, por favor acompáñeme.

Ramiro lo sigue y la cruza, ingresan así a un pequeño auditorio con forma de anfiteatro y en cuyo centro hay una mesa de conferencia del mismo material que el piso y con una sola silla a su frente.

El joven le señala a otro que se halla sentado en las primeras gradas. Ramiro descubre con enorme sorpresa que ese joven no es otro que aquel cliente que le marcara en el mapa este lugar. Una vez que sale del estupor se dirige hacia él diciéndole con la voz evidentemente alterada:

— ¿Qué haces vos acá, que es este lugar, aquí es donde voy a conseguir legítima autorización para obtener mi licencia para conducir? ¿Quiénes son ustedes, qué me van a hacer?

— Contestando a su última pregunta le quiero pedir que no se alarme, que no corre usted peligro alguno.

Ramiro, un poco más calmo pero preso aun de un gran desconcierto se sienta en una grada más abajo que la de su interlocutor. Este, apoyando su mano sobre el hombro, como materializando la tranquilidad que intentaba transmitirle, lo mira a los ojos y le dice:

— Querido Sr. Nicolaus, le quiero pedir disculpas si a consecuencia de mi recomendación llega hasta aquí con una expectativa equivocada. En verdad el real motivo por el que quisimos traerlo está vinculado con un tema esencial para nosotros y que puede resultarle a usted muy atractivo.

Ramiro, ya bastante compuesto, usando su racionalidad y capacidad de análisis le responde:

— La verdad es que no comprendo dónde estoy ¿a quienes te referís cuando decís nosotros, existe este lugar, se halla oculto detrás del fenómeno lumínico, o es algo que escapa a mi posibilidad de entendimiento?

El joven se incorpora dirigiéndose a la mesa del centro del  anfiteatro mientras le dice:

— Este lugar en realidad se encuentra dentro del fenómeno que en su mundo llaman Aurora Boreal, y a fuer de sincero usted es la primera persona que llega a él, es más, lo corrimos a estas latitudes precisamente para que pudiera entrar. Con alguna frecuencia, en otras regiones, el fenómeno se hace visible y por un par de horas se abre el espacio por el que entró para que alguno de nosotros entre o salga.

— ¿Pero quienes son ustedes?

— Somos parte de un antiguo mundo, hace más de diez mil años nos refugiamos aquí. Desde este lugar, cada tanto nos incorporamos en sus ciudades tratando de aportarles conocimientos y principios de vida. La historia de la humanidad está llena de episodios de los que formamos parte.

— ¿Para qué hacen eso?

-— Para evitar que se sigan destruyendo como civilización y para que puedan desarrollar sociedades más justas y solidarias.

—No me parece eso muy posible.

—Parece muy difícil— dijo el joven — pero si corregimos algunas cosas quizás se logre.

-— ¿Qué tipo de cosas? — insiste Ramiro

— El joven respira profundo y responde:

-— Tenemos una característica que a la postre pensamos que es una dificultad: no envejecemos, hace mucho que vivimos aquí y hemos pensado que uno de los inconvenientes que tenemos es que no razonamos desde la lógica de un ser mortal.

—Y yo que tengo que ver con todo esto.

— Lo elegimos a usted ya que buscábamos a una persona que reuniera ciertas características.

— ¿Qué características?

— Que tuviera una avanzada edad, que mantuviera intacta su lucidez, que poseyera sólidos principios morales, que hubiera tenido una vida intensa con triunfos y fracasos, que poseyese un espíritu sensible, que hubiese amado intensamente y que no contase con familiares que extrañen su ausencia.

— ¿Ustedes piensan que todas esas condiciones las reúno yo?

—Esas, y muchas más que tal vez ni usted mismo sepa, por eso lo trajimos aquí.

— ¡Me secuestraron! — reflexionó en voz alta y con un respingo Ramiro.

— No, para nada, solo queremos proponerle un trato

— ¿Qué trato?

— Queremos que se quede a vivir con nosotros, le daremos alojamiento y no le faltará nada. Lo que necesitamos es que se siente a diario frente a esta mesa durante algunas horas a conversar con nosotros, que estaremos allí en las gradas. El resto del día podrá hacer usted lo que quiera.

— ¿Y para que les serviría eso?

— Eso quizás nos permitirá entender las cosas a partir de conocer exhaustivamente los procesos evolutivos del pensamiento, sentimientos, temores, deseos y estímulos de un ser mortal, pudiendo a lo mejor concretar nuestro objetivo de ayudar a que tengan un mundo mejor

Ramiro, luego de permanecer callado un rato dice, como interrogándose a sí mismo:

— Todo esto es muy extraño, no sé quiénes son ustedes, como aparecí acá, si es verdad o se trata de una broma de mal gusto, pero imaginemos que es como dicen; me parece que es muy poco lo que puede aportar alguien como yo a una idea tan ambiciosa y que en siglos no se ha podido resolver, además soy un anciano al no le quedan muchos años de vida.

— Se equivoca — le replico el joven— en realidad la tarea es posible, solo se trata de persistir en el intento. En cuanto a lo de su edad no se preocupe, aquí los años no pasan así que tenemos toda la eternidad para intentarlo.

Ramiro, a esa altura no sabe si está en un sueño, en un mundo irreal, en alguna población desquiciada o que es exactamente lo que le está ocurriendo. Comienza a sentir unos enormes deseos de levantarse, ir hacia la puerta y, saliendo por el mismo lugar por el que entrara, subir a su camioneta para alejarse de allí.

Mayor fue su sorpresa cuando el joven, como si hubiera estado leyendo sus pensamientos le dice:

— No tema, no lo vamos a retener por la fuerza, en realidad solo queremos darle la posibilidad de que, sin envejecer más, contribuya a una importante causa formando parte de nuestra cultura; nosotros lo necesitamos, estamos seguros de que tiene mucho para enseñarnos. Piense además lo fantástico que será para usted no padecer enfermedades ni tener que atravesar por el trance de la muerte.

Ramiro, haciéndose muchas reservas, comienza a contemplar la posibilidad de que esto sea cierto y que en verdad podría estar frente a la alternativa de ser parte de algo mágico. En realidad, su cabeza es un torbellino de ideas encontradas. Esto lo lleva a dirigirse al joven diciendo:

— Imaginemos que doy crédito a todo lo que se me ha dicho, pero que pesar de lo atractivo de la propuesta, decido no aceptarla, ¿puedo irme de aquí?

El joven le responde con tono muy convincente:

— Mi querido señor, exactamente dentro de dos horas se abrirá nuevamente la hendija que nos conecta con el mundo exterior, y si en ese momento usted quiere irse no tendrá más que caminar la corta distancia que hay hasta ella y salir. De todos modos, permítame que lo acompañe hasta el cuarto que será su morada, así lo conoce, descansa en él y luego toma la decisión.

Transformando el discurso en acción, el joven toma a Ramiro del brazo y lo conduce hasta el exterior haciéndolo ingresar a la primera de las casas que está frente al boulevard. Una vez ingresado allí Ramiro ve que se trata de un único ambiente, muy amplio y sobriamente amueblado. En realidad da la sensación que lo hubieran preparado para él ya que está lleno de detalles ligados a su personalidad. En un estante hay una serie de figuras talladas en madera, en una biblioteca varios de sus libros favoritos, como por ejemplo las poesías de José Pedroni, obras de Borges, Sábato, Bradbury y Asimov, entre otros. También hay compact disc de música clásica, de Serrat, de María Bethania, de Piazzola y de Goyeneche. Le llama particularmente la atención uno de Labordeta ya que ese cantautor aragonés que tanto le gusta ha tenido muy poca difusión en la Argentina Fuera del amoblamiento habitual le entusiasma ver que al fondo del ambiente hay una mesa de trabajo con el material necesario para tallar figuras de madera.

El joven, se ofrece para despejarle cualquier duda que tuviera y le repite lo importante que sería para ellos que tomara la decisión de quedarse. Luego se marcha.

Ramiro se encuentra profundamente cansado y su mente continúa procesando todo lo ocurrido en las últimas horas. En su cabeza confrontan fuertemente dos ideas. Por un lado, suenan atractivas las palabras del joven que le ofrecen permanecer allí por toda la eternidad no envejeciendo más, sin enfermedades y formando parte de algo que parece una misión digna de habitantes del Olimpo. Por otro, lo tranquiliza la mención de que puede renunciar a eso y en un par de horas volver a su mundo real: con lo bueno y lo malo que este tiene para ofrecerle.

El cansancio lo lleva a sentarse en un cómodo sillón que se ubica al lado de la ventana. Convencido ya de que lo que está viviendo es algo posible, mira el reloj y ve que le queda poco más de una hora para decidir qué hacer. Nuevamente viene a su alma el recuerdo de Beatriz: recuerda cuanto ha ayudado a mitigar la pena por su muerte el recurrente pensamiento de que en realidad solo se separaron por poco tiempo y que de seguro no será mucho el que transcurriría hasta que él parta a su encuentro y puedan volver a estar juntos, esta vez por toda la eternidad. Con esta imagen dormita hasta que sobresaltado vuelve al momento y ve que ya es la hora en que, si decide irse, deberá dirigirse al lugar por el que entrara.

Abre la puerta y no ve a nadie, con paso sereno comienza a caminar por el boulevard y se dirige al extremo por el que entró. Le llama la atención no ver a ninguno de los jóvenes en las mesas al frente de las casas; llega al punto en que debería estar la salida y no hay nada, mira la hora, es el momento justo.... y nada pasa. Con cierta angustia se pasa lentamente la mano por la cara cerrando los ojos, cuando los abre, un escalofrío de sobresalto lo recorre: apenas amanece y está frente a su camioneta. Del fenómeno lumínico y de la villa no queda rastro.

Sube al vehículo y emprende la marcha de regreso a la hostería, llega a ella, estaciona en la playa y entra. Nadie hay levantado todavía así que se dirige a su cuarto, se recuesta en la cama y, fruto del cansancio, se queda profundamente dormido...

…Promedia el otoño y en una vieja casa de muchos ambientes, ubicada en las afueras de la ciudad, se escucha el bullicio de niños y adolescentes. Se trata de un hogar de recuperación al que estos han llegado víctimas de una sociedad salvaje e injusta que los fue llevando por caminos de violencia, robo y adicciones.

En el último cuarto de la galería y frente al patio central se encuentra Ramiro, quien hace algún tiempo, como consecuencia de no poder seguir trabajando al no serle posible renovar su carnet de conductor, vendió su casa, camioneta y mercadería. El dinero que obtuvo de las ventas lo donó al hogar que funciona en la casa, con la condición de que le dieran alojamiento allí y le permitieran enseñarle a los niños y adolescentes a tallar figuras en madera.

Así fue como llegó a instalarse en ese lugar en el cual les enseña ese arte, a la par que aprovecha para inculcarles principios de vida tratando de que en el futuro sean adultos comprometidos con lograr una sociedad mejor. Detrás de él y sobre una repisa, hay libros de distintos autores que usa para apoyar sus dichos. También hay un equipo de audio y varios compacts disc. Hoy que el almanaque marca 8 de mayo Ramiro ayuda a un niño que afanoso trabaja la madera, el equipo está encendido y desde el salen los acordes de las cuatro estaciones: suena el otoño.

Foto de Craig Adderley en Pexels

II

 

(Recopilado en unas cumbres de nostalgia)

 

Circular

 

Una noche oscura y tormentosa, un caminante se refugió en cierta hostería al pie de una cordillera, lo albergó una muchacha de tapado grande y ojos negros que le habló de sueños urgentes. Al hacerlo, ella desnudó su corazón para arroparle el alma, él, agradecido, la arrulló con un son de palabras. El caminante partió por la mañana llevando consigo nostalgias de muchacha y un abrigo de pasión; la muchacha de tapado grande y ojos negros se quedó con añoranza de poemas y una huella en el alma. El caminante cumplió con su destino viajero, se albergó en cuantas hosterías le fueron hospitalarias, navegó historias, desembarcó en las costas de lejanas muchachas, les regaló collares de palabras y siempre partió: con nostalgia de muchacha. El caminante cultivó esperanzas en mares del norte, buceó amores en océanos del sur, restañó heridas en valles verdes, acometió hazañas en montañas nevadas, se dejó llevar por suaves brisas y buscó, en cálidas hosterías, cobijarse de pertinaces lluvias de recuerdos. Una noche fría y clara el caminante descubrió que el camino es circular y que el radio de su ser podría resultar mayor que el diámetro del mundo. Se detuvo entonces en cierta hostería al pie de una cordillera, se abrigó con el crepitar de la leña en el hogar, bebió ambrosías en celo y desnudó su corazón para arroparle el alma a una muchacha de tapado negro y ojos grandes, ella, lo arrulló con un son de palabras.

 

XVII

(Recopilado en un sueño tallado)

 

El perseguidor de sueños

 

Jardiel, durante mucho tiempo, se dedicó a perseguir sueños. Concretó unos pocos, otros le resultaron inalcanzables. Hoy ya no busca.

Jardiel vive en una casa a orillas de un río. Tiene un pájaro tallado en madera por manos soñadoras: un hermoso cardenal rojo.

Jardiel habla con su cardenal rojo, este no le contesta, los pájaros tallados en madera por manos soñadoras no tienen permitido hablar con las  personas humanas, por lo menos por ahora. Quizás algún día lo hagan.

Jardiel le cuenta acerca de sus sueños, de los que alcanzó y de los que no,  no le importa que no le conteste, tal vez porque solo necesita que lo escuche.

Jardiel llevó una tarde al cardenal rojo a orillas del río y le habló de un sueño perdido. El cardenal rojo no le contestó, a Jardiel esto no le importó y siguió hablando.

Jardiel le habló a su cardenal rojo cada vez con más vehemencia, contándole que la noche anterior soñó que se reencontraba con su sueño perdido. En su entusiasmo, sin querer, empujó al pájaro  y este cayó al río.

Jardiel se quedó inmóvil viendo como el cardenal rojo era llevado por la corriente. Se preguntó si realmente los pájaros tallados en madera por manos soñadoras no hablan con las personas humanas.

Pasado un momento, se metió en el río  y comenzó a nadar corriente abajo: buscando su desembocadura en el mar de los sueños.

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