Circular

 

Una noche oscura y tormentosa, un caminante se refugió en cierta hostería al pie de una cordillera, lo albergó una muchacha de tapado grande y ojos negros que le habló de sueños urgentes. Al hacerlo, ella desnudó su corazón para arroparle el alma, él, agradecido, la arrulló con un son de palabras. El caminante partió por la mañana llevando consigo nostalgias de muchacha y un abrigo de pasión; la muchacha de tapado grande y ojos negros se quedó con añoranza de poemas y una huella en el alma. El caminante cumplió con su destino viajero, se albergó en cuantas hosterías le fueron hospitalarias, navegó en tormentosas historias, desembarcó en las costas de lejanas muchachas, les regaló collares de palabras y siempre partió: con nostalgia de muchacha. El caminante cultivó esperanzas en mares del norte, buceó amores en océanos del sur, restañó heridas en valles verdes, acometió hazañas en montañas nevadas, se dejó llevar por suaves brisas y buscó, en cálidas hosterías, cobijarse de pertinaces lluvias de recuerdos. Una noche fría y clara el caminante descubrió que el camino es circular y que el radio de su ser podría resultar mayor que el diámetro del mundo. Se detuvo entonces en cierta hostería al pie de una cordillera, se abrigó con el crepitar de la leña en el hogar, bebió ambrosías en celo y desnudó su corazón para arroparle el alma a una muchacha de tapado negro y ojos grandes, ella, agradecida, lo arrulló con un son de palabras.

 

(Recopilado en unas cumbres de nostalgia)

Horizonte lejano

 

Ella caminaba sueños, lucía un vestido de arena, era playa calma, tenía la luz del amanecer y el asombro de la inocencia. Él tripulaba emociones, vestía un ropaje de pasión, era mar violenta, tenía el fuego de un atardecer tórrido y la insurrección del que busca. Una vez se encontraron: él se perdió en su vestido, fue raíz profunda, pasión desatada, temporal de versos, sol brillante del mediodía. Ella le ofrendó sus costas, fue rebelde virtud, tormenta desatada, noche insomne. Luego él fue marea en retirada, ola distante, océano de nostalgia. Ella fue orilla desierta, se tornó gaviota, sobrevoló el oleaje. Ambos se hicieron horizonte lejano.

(Recopilado en una playa perdida)

De tanto en tanto

 

Fortunata ama cantar, siente que cada vez que lo hace abraza la vida, cuando su voz se enciende silencia el ruido, mitiga las penas, acerca a los enamorados, afirma a los rebeldes, acaricia con suaves manos el alma de los que sufren, hace aflorar las sonrisas. Cada mañana ella aguarda con impaciencia subirse al tren en el que, a cambio de unas monedas, desplegará el arte que los dioses le regalaron.

Leopoldo ama la música, siente que cada vez que toca la guitarra puede ver el alma de quienes lo oyen, al rasgar las cuerdas el aire se puebla de trinos, el ambiente se limpia, los corazones se vuelven puros, los enemistados se reconcilian, los que no saben comprenden, la alegría renace. Cada mañana él aguarda con impaciencia subirse al tren en el que, a cambio de unas monedas, desplegará el arte que los dioses le regalaron.

Fortunata y Leopoldo se encontraron en el último vagón del tren un día que los dioses jugaban, se reconocieron al oírse, al unirse su arte el paraíso abrió sus puertas, el vagón se transformó en jardín colgante, sus corazones se hablaron, sus emociones se fundieron, a partir de allí nunca más se separaron.

Si alguna vez al tomar el viejo tren que viene del sur te encontrás con una hermosa muchacha sin brazos que canta con voz celestial, acompañada por un apuesto muchacho ciego que saca de su guitarra acordes del paraíso: son Fortunata y Leopoldo. Sentite feliz por ese regalo del destino y disfrutá de su don, ya que desde que unieron su arte y sus vidas, solo bajan de tanto en tanto, para no olvidar quienes son.

(Recopilado en un coro celestial)

Historias de cafés:

Me gustan los viejos cafés, están cargados de historias y suelo ir a ellos a menudo en busca de las mismas. Hace mucho tiempo, escribiendo en un cuaderno lo que el estímulo del momento le dictaba a mi inspiración, estaba en uno ubicado sobre la calle Lisandro de la Torre en Mataderos. Sentado a una mesa junto a la ventana vi a un hombre escribir durante un largo rato en una hoja: mientras lo hacía tomaba un vaso de vino tinto. Bebía lentamente, como si en cada trago estuviera buscando alguna respuesta. Finalmente se levantó y se dirigió hacia la puerta, antes de irse dio vuelta la cabeza y miró a la mesa: como asegurándose que la hoja quedaba allí. Mi primer y curioso reflejo fue acercarme para leer la hoja, pero una pareja se sentó y se frustró mi intento. Siempre me quedé pensando que habría escrito ese hombre; pasados los años, al impulso de otra mesa de café, se me ocurrió poner en papel lo que sus movimientos me habían dictado.


                                                                                                              Probablemente

Probablemente, en todo este tiempo, usted ya debe haber oído aquello que nunca le dije y que ahora intento contarle escribiendo poemas. Podría decirle que no se lo conté porque no me animé, o porque no supe cómo hacerlo, pero lo cierto es que, de tan preocupado que andaba yo en aquellos años por aprender a escuchar su voz interior, no le puse atención a la mía, y mucho menos a lo que quería usted contarme con sus gestos y su mirada. La cuestión es que ahora, la única forma que tengo de hablar con usted, mirándola a los ojos, es cerrando los míos y quedándome por un instante abrazado a la magia de imaginar que usted me saluda con su gesto habitual: ese que hacía llevándose las manos al corazón. A pesar del tiempo transcurrido yo la sigo buscando entre mis versos, y cada tanto me llego hasta algún café para dejar un poema sobre una mesa, imaginando que usted pueda llegarse hasta allí para leerlo, probablemente.

Amor eterno

 

Cayetano, con la mirada clavada en el viejo estaño de la barra que en herradura alberga a los habitúes del lugar bebe lentamente su vaso de vino luego de haber concluido el almuerzo.

Antiguo conocedor del día y la noche de Buenos Aires, se siente muy a gusto en aquel viejo bar al paso que, como un retrato en sepia, permanece  enclavado en el medio de la colorida modernidad del siglo XXI.

El nombre del lugar: “Bar Mistongo” es en sí mismo una declaración de principios. Ubicado en aquella calle que desciende hasta morir en el bajo, se constituye en territorio de una heterogénea población. Al mediodía lo habitan humildes empleados, en su mayoría de más de cincuenta años, que acuden en búsqueda del plato del día que Don Juan distribuye en generosas porciones, la misma generosidad con la que completa el vaso de vino de aquellos parroquianos en los que advierte una silente demanda.

Por las noches el público disminuye al mismo tiempo que cambia radicalmente, son sus pobladores veteranos transeúntes de la noctámbula porteña. Beben ginebra mientras escuchan los tangos que suenan desde el vetusto tocadiscos que Don Juan mantiene siempre girando. En invierno no falta  la presencia de alguna esforzada trabajadora de la noche que ingresa  en busca de un reparador café caliente, café que por supuesto le es provisto sin cargo y sin contraprestación alguna.

Aquel mediodía Cayetano se mostraba particularmente ansioso, bastante más de lo habitual, miró el reloj  y vio que eran las dos de la tarde. Levantó  el vaso, notó que estaba vacío, lo depositó de nuevo en la barra, se movió inquieto en la banqueta, amagó pararse, miró por la puerta, advirtió que a la entrada del Banco que se encontraba en la vereda de enfrente había  estacionado un camión  de caudales y dos guardias apoyados en él con los fusiles en sus brazos, miraban hacia el bar.

— Que feo trabajo — pensó mientras volvía a acomodarse en el asiento.

Don Juan, con la capacidad de diagnóstico que confieren tantos años de atender parroquianos, advirtió la necesidad del alma de su cliente y le completó con vino tinto el vaso vacío. Cayetano, levantando la vista, agradeció el gesto con cómplice sonrisa.

Ese movimiento le permitió ver por sobre los hombros de Don Juan aquel viejo póster de la revista El Grafico que, empecinado en permanecer en la pared, muestra la triunfal  imagen de Ringo Bonavena cuando el  4 de Septiembre de 1965 le arrebatara la corona de pesados a Goyo Peralta.

Esa imagen lo corrió del actual  momento en curso a aquella noche de cuarenta años atrás y, entrecerrando los ojos, casi vuelve a oír el estruendoso bullicio de la multitud congregada en el Luna Park. Rememora ese sábado con particular emoción, hacia muy poco que había cumplido diecisiete años y había concurrido al estadio estrenando su primer traje, en lo que fuera la primera incursión  a la noche porteña  en compañía de  sus amigos. Recuerda que importantes y todopoderosos se sentían y como les parecía que la ciudad, reconociéndoles sus derechos, les abriría generosa las puertas de un mundo fantástico.

Sumergido en el pasado volvió, inevitablemente y como siempre, al momento aquel cuando saliendo del Luna la viera entre la gente. Regresó la imagen de aquel vestido negro que se ajustaba a su cuerpo marcando las formas de su  atractiva figura, el intenso brillo de su   cabello negro y por sobre todo, los ojos, esos enormes ojos también negros que le fue imposible dejar de mirar.

Una vez más se instaló en él la sensación de que era el único que aquella velada la había visto.

Recuerda, como es habitual, que pasados aquellos  instantes  de embeleso y aislamiento en que todo se silenciara y solo estuvieran ella y él, había salido con sus amigos por la puerta de Bouchard subiendo luego  por  Corrientes en busca del lugar que elegirían   para comer unas pizzas y beber vino tinto. Y como, cada tanto, había mirado a su espalda  con la sensación que ella lo venia siguiendo.

Decididamente metido en el recuerdo se ve  sentado a la mesa del lugar discutiendo con sus amigos,  como émulos de Ulises Barrera,  acerca del desarrollo del combate. Luego la conversación derivaría hacia otros tópicos,  pasando por la literatura, la poesía, la política, las revoluciones, el amor, la vida, la muerte…

Llevaban ya un largo rato debatiendo acerca de como esta se entrecruzaba  permanentemente con los anteriores aspectos y no  lograban ponerse de acuerdo sobre si daba  lo mismo morir de cualquier forma cuando Cayetano dijo paradójicamente:

— Miren muchachos, para mí, hay muertes que vale la pena vivirlas.

Tiene claro que fue en aquel  momento cuando, levantando de golpe la vista y mirando por el espejo que se hallaba en la pared, viera otra vez sus ojos negros y esa particular expresión con que ella lo estaba observando. Recuerda como se había levantado, inexorablemente atraído por su mirada, acercándose hasta su mesa y como ella le permitiría, con una sonrisa, sentarse a la misma iniciando la conversación.

Lo que seguía del recuerdo eran aquellas horas que habían compartido en el hotel  hasta llegar el alba unidos los espíritus mucho más allá de la pasión de sus cuerpos, como si esa unión proviniese de un tiempo anterior a ellos. Persiste en él la magia del momento en que viera como el vestido negro se deslizara desde los hombros hasta el piso dejando al desnudo su cuerpo y como la abrazara tembloroso e inexperto.  Aún hoy siente la excitación que aquel momento le produjera. Todavía le molesta   la velocidad con que ese tiempo había pasado y la tenaz resistencia que ella opusiera a todos sus requerimientos de concertar un nuevo encuentro.

Le parece volver a escucharla diciéndole que no, que no es posible, que no era ese el momento para que iniciaran algo, que ya llegaría un tiempo  en que  lo buscaría y podrían compartir toda la eternidad. Con el mismo dolor de siempre llegó el recuerdo de la mañana y el momento de la despedida en la puerta del hotel  cuando ella, permitiendo que él le robara un último beso, se alejaría, calle abajo, lentamente y sin volver la mirada.  

Aquella noche había  marcado a Cayetano para toda su vida, impidiéndole olvidarla y condenándolo a vivir en soledad, embebiendo en alcohol estos cuarenta años y con la esperanza de volver a encontrarla. Vaya si la había buscado, aún hoy seguía haciéndolo…

El sonido de una sirena y un bullicio superior al de costumbre lo trajeron súbitamente al momento actual y a la geografía del Bar Mistongo. Acostumbrado a esos viajes retrospectivos, comenzó a salir de su interior y a tomar contacto con el momento real.

El ruido de las sirenas fue aumentando y el bullicio exterior también, miró hacia afuera y se dio cuenta que algo estaba pasando en el Banco, los guardias que viera antes estaban caídos detrás del camión de caudales y el ruido de las sirenas se oía cada vez mas cerca.

 — Un asalto — dijo en voz alta y se acercó hasta la puerta del bar para ver que ocurría.

Cuando llegó hasta allí y pudo ver toda la escena, se quedó helado, un sujeto que parecía ser un asaltante abrazaba  el cuerpo de una joven a la  que apuntaba  con un arma y cuál no sería su asombro al ver que esa jovencita no es otra que Ella.

— Esto no puede ser, no es posible que la encuentre después de tanto tiempo y en estas circunstancias, ¡y encima está igual! ¡los años no pasaron para ella! — se dijo

La miró a los ojos, esos ojos negros que habían sido motivo de su desvelo y se dio cuenta que lo había reconocido. Sin saber como, ni de donde, sacó fuerzas y astucia para cruzar la calle, golpear al ladrón y liberarla. Lo que siguió fue para Cayetano increíble, otra vez el mundo se silenció y solo existían ella y él mirándose. Queriendo asegurarse que no la perdería, la tomó por la cintura y la obligó a correr hasta la esquina, ella  lo siguió dócil y agradecida. Luego de esto se detuvieron un momento, se miraron nuevamente y ahora si, para felicidad de Cayetano, se alejaron juntos, calle abajo y sin volver la mirada…

Los diarios del día siguiente publicaron la noticia del heroico gesto de Cayetano Cepeda habitual parroquiano del Bar Mistongo. Con inusitada valentía había salido del bar y liberado, permitiendo que se escapara, a una joven de diecisiete años a la que tenía como rehén uno de los asaltantes del Banco que funcionaba frente al bar. Lamentablemente, otro de los delincuentes había disparado desde el interior de la institución asaltada dando muerte en el acto a Cepeda…

El primer olvido

 

Una vez, un caminante contó que todo empezó una noche muy larga, que la primera luz fue una mirada, el primer paisaje el amor, el primer sonido el silencio, el primer olvido el recuerdo y la primera palabra esperanza. Que esta parió a otras poblando el silencio con diálogos, que al final del paisaje amaneció el egoísmo, que el diálogo se hizo griterío alumbrando soledad, que esta se fecundó en la primera palabra, que el resultado fue un sueño en vuelo que al elevarse se hizo luz iluminando el primer paisaje... renovando el primer olvido.

 

(Recopilado en el nacimiento de un sendero)

Hadas vascas, duendes y casualidades

 

Llego al aeropuerto muy temprano. Me dirijo hacia el lugar en el que siempre como y me tomo un tiempo para elegir el vino. El viaje ha estado cargado de emociones y amerita emprender el regreso agasajándome con un buen tinto y una rica comida. Resuelta la elección, ordeno una ración de croquetas, un pincho de tortilla y una ensalada. Mientras como observo la fila de viajeros imaginando distintas historias. Llegado el momento voy a despachar el equipaje e ingreso a la sala de preembarque.

Finalmente, con la proa puesta en la partida, me siento en una cafetería, tomo la lágrima que pedí y dejo volar libremente mi imaginación. A través del ventanal observo el cielo, me detengo en una nube que me sugiere una playa bañada por las olas. Esto me transporta a La Villa muchos años atrás y me veo en la arena, alrededor de un fogón, mirando embelesado a Gabriela tocar la guitarra. El momento queda como suspendido y solo la veo a ella, con su melena apenas movida por el viento. La evocación trae a mi mirada viejas lágrimas; me levanto y empiezo a andar. Mientras camino, su recuerdo se hace más presente; no se que ocurriría hoy si no nos hubiéramos separado, pero tanta ausencia suya hace que la vea como la suma de todas la perfecciones. Recuerdo en particular aquel cuento que empezarámos a escribir juntos sobre una alegoría del amor apoyada en la figura de un hada que cobra forma humana al enamorarse de un joven revolucionario. La idea se correspondía con aquellos tiempos, en realidad nunca avanzamos más allá del nombre de la pareja: Lamiñak, el hada, Augusto el joven revolucionario y de la idea general de la trama que mezclaba revolución, amor y solidaridad. Luego vino el tiempo de la oscuridad, Gabriela abandonó su forma humana y como no pudieron con su alma, hoy seguramente habita el territorio de las hadas buenas. Yo me ausenté del país y anduve demasiados caminos hasta llegar aquí.

El momento se va disipando y me dirijo a la zona de la puerta de embarque. Veo un cartel que anuncia la partida de un vuelo a Irlanda. Cruza por mi mente la asociación de ese lugar con duendes, hadas y gnomos. Llegan los pasajeros de ese vuelo y comienzan a esperar. De repente mi vista se detiene en una joven sentada en el piso, un escalofrío me recorre la espalda, su parecido con Gabriela es notable. La miro con tanto detenimiento que ella lo advierte y levanta la vista. Avergonzado desvío la mirada. No puedo evitar volver a mirarla, lo hago con el mayor disimulo posible pero ella se da cuenta. Pensando que aguardamos el mismo vuelo esboza una sonrisa como compartiendo conmigo la impaciencia. Me acerco a ella e iniciamos conversación. Me entero de que es vasca, de Vitoria, me cuenta que es violinista, que va a Irlanda a formar parte de una orquesta de música celta. Le digo que se parece mucho a alguien que conocí. Conversamos un rato. Finalmente anuncian el embarque de su vuelo, la fila comienza a moverse y ella, con la misma espontaneidad que caracterizaba a Gabriela, se despide dándome un beso en la mejilla. Me quedo viendo cómo se aleja, de pronto, saca un libro de su bolso, se acerca corriendo hasta mí, me lo entrega y vuelve a la fila.

Fue todo tan rápido y quedé tan conmovido que, recién pasado un momento miro el libro y veo su título: La Lamia enamorada (Leyendas de hadas vascas). 

Dibujos en el aire 

 

De niños, Alejo y yo jugábamos en las calles de tierra de nuestro barrio; siempre me maravilló la capacidad que mi amigo tenía para inventar fantásticas historias. Con gran facilidad hilvanaba palabras que al unirse quedaban flotando en el aire como viñetas. En los primeros años de colegio, la afición al dibujo irrumpió en su existencia y entonces, el lápiz se convirtió en el perfecto instrumento para que sus historias cobraran vida. Cuando nos llegó el tiempo de la lectura, él se apasiono por las aventuras del Quijote, allí su ingenio pobló las hojas de sus cuadernos con la figura del ingenioso Hidalgo procurando hazañas por las calles de Buenos Aires. Ya en la universidad, su lápiz se hizo lanza, su pensamiento adarga, su ser quijotesco, y se lanzó a la aventura de perseguir ideales que nacían en la ronda de cafés del viejo bar en donde nos reuníamos con nuestros compañeros, que él llamaba su castillo. Yo, cual fiel Sancho —figura que mi apariencia remedaba— lo seguía leal e incondicionalmente y lo arengaba permanentemente a tomar precauciones. En su afán de un mundo mejor, cada vez se arriesgaba más, sin tener en cuenta que lo que enfrentaba no eran inofensivos molinos sino los recovecos de oscuros lugartenientes del terror, quienes, una vez tendida la celada en la cual lo atraparon le hicieron pagar su rebeldía con el valor más caro. Con el tiempo supe que a pesar de las torturas él nunca les contó de mí, garantizando de ese modo mi vida con la suya. Pasados los años, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que sigo cargando yo sus sueños y que nunca los abandonaré.

En el umbral

 

Tengo la sensación de que las personas que cruzan por delante de mí no me ven, aunque yo sé que no es así, simulan no verme, me evitan, están prevenidos por si se cruzan conmigo, me tienen miedo, aunque parezca mentira piensan que puedo hacerles daño. No saben qué hace ya mucho tiempo otros se ocuparon de mí, convirtiéndome en esto.

Recuerdo el barrio, las calles de tierra, los sauces llorones, la tarde, el cañaveral, el calor, el olor a mandarina, los juegos infantiles, los gritos de los chicos cuando jugábamos, mis gritos alegres.

Hoy, a quienes pasan cerca de mí no les gusta que grite, se sobresaltan, no comprenden, no les gusta mi apariencia, se hablan entre sí, no saben qué hacer, tampoco se animan, no quieren comprometerse. No me importa lo que hagan, no les tengo miedo, ya no me pueden hacer más de lo que aquellos otros me hicieron.

El sol se ponía cuando regresaba a casa después de jugar a la salida del colegio, antes de entrar, a veces, yo sacudía el árbol que estaba frente a la zanja para ver si caía una granada, me gustaba mucho esa fruta, me divertía cuando mi madre simulaba enojarse mientras limpiaba  de mi cara las huellas rojas que daban cuenta de mi banquete.

Ahora a ellos les molesta si mi boca se mancha cuando como o bebo, miran mal la caja de vino, les da asco, no va con sus buenas costumbres. Son unos hipócritas, seguro que hacen cosas mucho peores. Deben tener muy sucia el alma

Otras veces, cuando entraba a casa, iba al piso de arriba, a la pieza de mi hermanito, me encantaba verlo dormir en su cuna. En ocasiones llegaba cuando mamá lo estaba bañando, ella me dejaba ayudarla, después me mandaba a mí a que me bañara.

Hoy les da asco que no me bañe, hacen caras, mueven la cabeza, no me importa, les saco la lengua. No tengo casa, este lugar es mi hogar, no tiene baño, ¡mamá no está¡, ¿dónde está?

Cuando volvía de la escuela, tomaba la merienda, me gustaba mojar la galleta de trincha en la taza de leche con Vascolet. Escuchaba en la radio las aventuras de Tarzán y después hacia los deberes. Durante la cena mis papás escuchaban el programa de los Pérez García, me dejaban escucharlo con ellos, ¡pobres Pérez García, cuantas cosas les pasaban!

Este lugar está cerca de una escuela, las señoras van a buscar a sus hijos, la mayoría ni me mira, solo algunos pocos niños me sonríen muy de vez en cuando. ¿Les gustará tomar la leche? ¿Escucharán las aventuras de Tarzán? Yo hace mucho que no las escucho, no tengo radio.

Me gustaba ir a la secundaria, el colegio quedaba cerca de casa,  me entusiasmaba estudiar Historia. Cuando volvíamos del colegio me quedaba charlando con Verónica en el umbral de su casa. Hablábamos de las injusticias sociales, nos preguntábamos que podíamos hacer para ayudar a que todo fuera más justo. Ella se enojaba mucho con los ricos, decía que podrían repartir algo de lo   que tenían entre los más pobres. ¡Que linda que era Verónica!, que bien le quedaba el jumper gris.

Por delante de donde estoy ahora veo pasar muchas chicas de jumper gris, todas igualitas a Verónica, las acompañan muchos chicos igualitos a mí, van gritando y cantando, los llamo, me contestan mal, me amenazan, se burlan de mí, no me gusta, me da miedo que me peguen, me acurruco, me hago chiquitito. Escondo la caja de vino.

Me gustaba subir a la terraza de mi casa y desde ahí hablar con Verónica mientras ella tendía la ropa que había lavado su mamá. Qué bueno que era sentir el perfume a limpio que salía de la ropa,  era el mismo olor que tenía Verónica. Ella tenía el alma limpia.

Mi ropa está sucia, hace mucho desde la última vez que la lavaron, fue cuando me llevaron a la comisaría porque algunas personas se quejaron. Hace un rato una señora me trajo una camisa limpita con muy rico olor, que raro, seguro que la van a retar porque hizo eso.   Me la pongo, ¡qué bien huele! Mi alma esta triste.

¡Que linda la fiesta de egresados!, estábamos todos muy contentos. En el salón del club del barrio no cabía un alma más. Verónica se veía esa noche mas linda que nunca, estaba tan hermosa que tenía miedo de perderla y me animé a decirle que la quería, que quería ser su novio. ¡Qué lindo fue el primer beso!

Las chicas igualitas a Verónica y los chicos igualitos a mí vuelven a pasar delante del umbral, las chicas no usan jumper ni los chicos uniforme, pero llevan cuadernos y libros, algunos chicos le dan besos a algunas chicas, eso me da alegría, los miro y me río, los aplaudo, me acerco, se enojan, me insultan, me quieren pegar, me escapo y salgo corriendo.

¡Qué lindo era andar de novio con Verónica! Íbamos a la facultad, estudiábamos Abogacía. A mí me gustaba más Historia, pero quería estar cerca de ella. Volvíamos todas las noches caminando desde la estación hasta nuestras casas. A ella le seguían preocupando los pobres, trabajaba en la acción católica, salía a las villas a hacer tareas de ayuda, yo la acompañaba siempre, tenía miedo que le pasara algo.

A la vuelta hay una iglesia a la que a veces voy para que me den de comer.  Hay un acto, se juntó mucha gente en la puerta, tienen carteles, prometen cosas, suenan bombos, se juntan todos y salen por la avenida cantando y gritando, van para el centro. Hay elecciones.

Verónica andaba muy excitada, el General finalmente estaba por volver. Ella decía que venían muy buenos tiempos, que por fin habría justicia social. Tan entusiasmada estaba que se había afiliado al partido. Como siempre yo la seguí, haciendo lo mismo.

Hay mucha alegría en la calle, y no es solo por las fiestas, parece que alguien ganó las elecciones. Es navidad, en la iglesia nos dan pan dulce y turrón. Yo consigo vino.

El General había vuelto, era presidente y la gente estaba alegre. Verónica trabajaba mucho y yo la ayudaba, frecuentábamos las villas, formábamos comisiones, visitábamos a los supermercados, controlábamos que no escondieran mercadería y que no cobraran de más. Verónica estaba muy contenta. Y yo era feliz.

Otra vez está por llegar la navidad, la gente ya no canta, hay mucho lío, dicen que en el centro andan a los tiros, que hay muertos, parece ser que el presidente renunció. Algunas mujeres dicen que vienen tiempos difíciles, que tienen miedo.

Era navidad, estábamos tristes, el general había muerto, se había equivocado con las personas que había elegido y las cosas iban cada vez peor. Papá había puesto luces y adornos en el pino del jardín de adelante. Papa Noel iba a venir igual, a mí me gustaba. Le había comprado un regalo a Verónica, pero ella tenía mucha pena. También estaba asustada, se hablaba de violencia, de persecución de nosotros, éramos los zurdos de mierda. Yo le decía que la iba a cuidar, que no le iba a pasar nada.

En la calle hay muchos policías, muchos patrulleros, la gente anda seria, no me gusta, tengo miedo, me escondo, no quiero que me vean. Me ven igual, me caen mal sus uniformes, los insulto, les grito, me quiero escapar, me corren, me alcanzan, me llevan arrastrando, les sigo gritando, me tapan la cabeza, me meten en el auto, andamos un rato, llegan a la comisaría, me bajan, me tiran en una celda, cierran, me dejan solo. Lloro y lloro. Llamo a mamá, a Verónica, me gritan que me calle, me duermo.

Ya habíamos cenado y abierto los regalos, estábamos sentados con Verónica en la puerta de su casa. De repente llegaron, aparecieron de golpe, tenían fusiles, eran muchos, les gritaba, les pedía que me llevaran a mí, no a ella, pero parece que no escuchaban. Primero nos pegaron, después nos subieron al auto. Llegamos a un lugar con un sótano, nos separaron.  Estaba oscuro, se escuchaban desgarradores los gritos de Verónica, ¡qué desesperación! Grité que no le hagan nada, supliqué, lloré, pero nadie me hacía caso, me puteaban, me golpeaban. Finalmente me desmayé.

Vienen a la celda, me sacan, me llevan a un patio, dicen que huelo mal, me manguerean, no me gusta. Me vuelven a la celda, me quedo quieto, no me importa nada. Verónica ya no está, ¿dónde estará?

La veía entre sombras, eran varios, la violaban, me miraban, se reían. Yo gritaba, venían, me tiraban en un elástico, tenían cables, me los apoyaban en el cuerpo, la corriente me dolía, me quemaba. Me abrían la boca, buscaban la muela, ponían el cable, explotaba el dolor, me enceguecía una luz y luego... oscuridad total.

Vuelven una vez más a la celda, me sacan al salón de entrada, me tratan de linyera, de croto apestoso, me dicen que me vaya, pero que no joda más en la calle, porque si me vuelven a traer me van a cagar a palos. Salgo a la vereda, hace mucho calor, la barba me pica mucho ¿serán piojos otra vez? De nuevo estoy libre. ¿Libre?

Había pasado demasiado tiempo. Otra vez la luz y yo tirado casi sin fuerzas en el suelo de aquel sótano. Creí estar sólo, pero aparecieron. Me agarran como a una fiera y me tiran en la caja de una camioneta. Viajamos un rato hasta que siento el ruido de los frenos. Ellos se bajan, me empujan, me tiran sobre el lodo. Creo estar a orillas del riachuelo pero no llego a comprobarlo, justo antes sacan un arma, discuten y me golpean con la culata en la cabeza. No se cuánto tiempo estoy así, me incorporo, me alejo del lugar, no sé adónde ir, renace la oscuridad.

Ando sin rumbo, al sol, todavía tengo húmeda la ropa, pido, consigo unas monedas, me compro una caja de vino, pronto va a estar todo bien. Llego a la plaza, hay mujeres con pañuelos blancos en la cabeza, se parecen a mi mamá, me acerco a una, le grito "¡mamá!", la llamo, me mira, no me hace caso. Veo a un policía, me alejo. Estoy de vuelta en el umbral donde duermo, le pusieron rejas, ¡qué rabia!, me encerraron otra vez. No importa, ya conseguí monedas, ya tengo otra caja de vino…ya me la tomé toda, ahora si me siento bien. Camino por la calle, y mientras me dejo llevar descubro que allá a lo lejos y al final están las vías. ¡Qué lindo es caminar sobre ellas!, Soy un equilibrista, soy… ¡qué raro! esa es la voz de Verónica, pronuncia mi nombre, me está llamando, viene en el tren, justo detrás de esa luz que me va a llevar hasta donde está ella, me abalanzo a su encuentro.…

El Anticuario

A fines de los setenta, en Buenos Aires, al adentrarse en Palermo Viejo, por las inmediaciones de la zona de la fundación mítica del poema de Borges, y cerca de actual Plaza Cortázar, uno podía llegar a un singular sitio. 

A la mitad de un pasaje con una sola vereda, identificada por un viejo cartel, se hallaba una casona antigua convertida en negocio de venta de antigüedades.

El cartel rezaba en letra cursiva: Antigüedades —Recuerdos de un viajero — Encuentre el suyo. Si uno, atraído por el cartel y siendo sensible al sugestivo encanto que emanaba la casa se decidía a entrar era recibido por los acordes de un llamador de cristales. Respondiendo al sonido, con deliberada lentitud, se acercaba el propietario: hombre de imprecisa edad, muy alto, delgado y con pelo largo y canoso. Tenía la apariencia de un viejo marino mezclado con cierto aire de bohemia.

Se presentaba estrechando la mano con firmeza, mirando fijamente a los ojos, como escudriñando el alma, al tiempo que decía —Oliverio Campodónico, mi tienda está a su disposición, vea usted si hay algo que le interese— dicho esto se llamaba a silencio.

Con el tiempo supe que Oliverio había pasado la mayor parte de su vida recorriendo el mundo. Siendo muy joven y respondiendo al llamado de sus raíces se fue a España para sumarse a las Brigadas Internacionales. Consumada la derrota republicana se marchó a África donde ejerció su profesión de enfermero: con el altruista propósito de ayudar. Así fue como durante años los países más pobres de ese continente lo vieron pasar a bordo de una vieja furgoneta Volkswagen, desplegando su amor por el prójimo.

Dominaba varios idiomas y dialectos, esto le había permitido recoger todo tipo de historias: tanto podía relatar una antigua enseñanza sufí como la leyenda del origen de una tribu. A largo de esas andanzas fue juntando una gran cantidad de objetos a la vez que se iba cargando de historias. De tanto en tanto regresaba a Buenos Aires y guardaba los objetos en la vieja casa familiar. En el año setenta y tres, cansado de tanto andar y con el alma llena de relatos, regresó definitivamente y convirtió la casona en tienda de antigüedades.

Por aquel entonces yo tenía veinte años y me definía a mi mismo como un buscador de razones y verdades, búsqueda que llevaba a cabo en la faculta de Filosofía y letras y en las mesas de café junto a amigos. Supongo que fue esa condición lo que rápidamente me acercó a la casa de Oliverio: convirtiéndome en asiduo concurrente y privilegiado testigo de la relación que él construía con los visitantes. Día tras día veía como Oliverio les mostraba mágicos mundos poblados de historias. Él parecía interpretar con clínica justeza lo que cada uno iba a buscar: pasado un rato elegía un objeto que les ofrecía mientras les contaba en que circunstancias había llegado a él. De esta manera lo escuché transformar un pedazo de ónix en el trozo de empuñadora de la espada de un caballero de la mesa redonda que muriera en combate por defender a su amada, adjudicándole el mito de que si algún mortal encontraba todos los pedazos de esa empuñadora conseguiría el amor perfecto. Con la misma facilidad convertía un pedazo de hoja de un cuaderno de bitácora de un barco hundido en parte del preciado mensaje que había dejado el capitán del ballenero que capturara a la ballena blanca y si alguien conseguía las dos partes que faltaban y armaba toda la hoja se convertiría en dominador absoluto de los océanos.

Había en todo esto una particularidad, la transacción comercial no corría por los cánones normales ya que Oliverio no exigía a sus clientes el pago en moneda corriente, lo que pedía a cambio una vez que el interesado había decidido quedarse con la pieza ofrecida eran dos cosas.

A saber:

<<Sacarse una foto junto a él bajo un fino tapiz que colgaba en una pared:  el mismo tenía la imagen de “RASHNU,” Ángel Divino Persa de la justicia.>>

 

<<Escribir en un cuaderno un compromiso reseñando por lo menos tres cosas que a lo largo de su vida no haría para causar daños a la humanidad, aceptando en la misma que, de incumplir lo prometido su imagen en la foto se desfiguraría horriblemente y él sufriría profundos horrores morales.>>

 

Las narraciones de Oliverio tenían un subyacente mensaje de esperanza inevitablemente atado a la solidaridad y a la idea de un mundo mejor. Era común en él la cita de grandes epopeyas de la historia que concluyeran con la libertad de pueblos oprimidos. Así ubicaba a sus escuchas en la piel de Espartaco, el pensamiento de Marx, la rebeldía de Sandino o la enjundia del Che.

Poco a poco su tienda se fue poblando de jóvenes que creíamos haber encontrado en Oliverio al dueño de tantas verdades y razones como las que estábamos buscando y que a su vez nos sentíamos poderosos y capaces de transformar ese mundo que nos había tocado en un paraíso de oportunidades e igualdades.

Así es que cada uno de los que decidíamos asumir el precio a pagar nos sacábamos la foto y escribíamos en el cuaderno aquellas cosas que jamás haríamos. Todos considerábamos que era barato el costo para poseer el preciado objeto que cautivara nuestra atención, creíamos que este método era solo una prueba del excentricismo de Oliverio que no necesitaba ganar dinero para vivir y que se divertía con la espontánea ingenuidad de nuestras descripciones de los males que no haríamos.

Muchas veces me ocurría que a pesar de hacer ya un rato que dejara la tienda seguía sonando en mis oídos la ronca voz de Oliverio narrando alguno de sus fantásticos relatos, en esas ocasiones me preguntaba yo quien seria realmente este hombre que con tanta facilidad hilvanaba palabras y subyugaba a quienes lo oyeran.

Así fueron pasando las semanas y mi adicción a Oliverio y sus relatos era cada vez mayor pudiendo decir que permanecía gran parte de mi tiempo con él viendo como pasaban y pasaban visitantes que, en su mayoría, se llevaban alguno de los objetos que les escogiera. Mientras tanto él coleccionaba fotos y promesas.

A Oliverio parecía ir encantándole la situación y disfrutaba con evidente placer de mi compañía y de la absoluta atención que ponía yo a cada uno de sus relatos. A esta altura de los acontecimientos creo que todo esto me había permitido conocer cada uno de los lugares que citaba él cómo si hubiéramos ido juntos.

Había un objeto de su tienda que de ninguna manera vendía y que no permitía en modo alguno que fuera abierto: era un fino cofre de madera con láminas de oro en los bordes e incrustaciones de brillantes que solitario descansaba en una repisa al fondo del salón principal. Infructuosos resultaron mis intentos y los de todos los visitantes para que dijera que había dentro de él, mencionaba que jamás lo había abierto y que lo recibió en custodia de un viejo hechicero de una tribu africana que le había advertido que no lo abriera ya que, de hacerlo, conocería el origen y destino de la humanidad y aún no había nacido la persona que pudiese soportar ese conocimiento.

Así fue como llegó aquella mañana en la que como era habitual dirigiéndome a lo de Oliverio doblé por el pasaje, recuerdo aún el sobresalto que tuve en aquella ocasión ya que en ese preciso momento pude ver como unos sujetos lo subían a los golpes con las manos esposadas a un auto que rápidamente se alejó del lugar.

A pesar del terror que me embargaba lo dominé y dándome cuenta de que momentáneamente la casa estaba vacía me abalancé a su interior, con premura metí en un bolso que encontré, el tapiz, las fotos, los cuadernos con las promesas, el cofre y la vieja máquina fotográfica de Oliverio. Hecho esto hui presuroso hacia mi casa para guardar esos preciados tesoros.

Los días pasaron y nada supimos de Oliverio, yo comencé a tener cada vez más miedo. Estaba seguro de que mi vinculación con él estaba en conocimiento de los servicios de la dictadura y que en cualquier uno de los habituales grupos de tareas vendría por mí. Esta certeza de que mi destino sería en el corto plazo convertirme también en un desaparecido me llevó un par de meses después a salir del país cruzando a Brasil por Uruguayana. Oliverio quedó inscripto en la lista de desaparecidos que fueron arrastrados por las corrientes de odio que asolaron nuestras costas y yo comencé a andar por el mundo hasta que recalé en Paris.

Hoy, convertido en un afamado anticuario, miro desde la ventana de mi negocio de antigüedades como Paris comienza a vestirse de otoño y me pregunto si no será este el momento de regresar a Buenos Aires. Extiendo esta duda a mi esposa, aquella joven parisina de la que sigo profundamente enamorado; mientras pienso esto acaricio el pequeño pedazo de ónix que colgando de una cadena tengo a mi cuello y por el que en su momento pagara debidamente a Oliverio con mi foto y las promesas exigidas.

En un lugar especial de mi tienda, sobre una mesa que está debajo del tapiz de RASHNU se encuentran el cofre, los cuadernos de Oliverio, la máquina fotográfica y las fotos. De todas ellas hay una que particularmente separé y en la que se ve a un joven con uniforme de marino cuyo rostro apenas se distingue. Lo llamativo del caso es que en la foto no se lo ve a Oliverio. Siempre dudé si por alguna razón este no quiso aparecer en esta instantánea, si se borró con el tiempo del mismo modo que sucedió con la cara del joven o si ocurrió algo que no está a mi alcance comprender.

Por cierto, el antiguo cofre nunca lo abrí y no creo que lo abra nunca, estoy seguro de no ser yo la persona preparada para conocer su secreto y aún si lo fuera, desconfío de la conveniencia de conocer tal revelación…

La Terminal

 

Mientras comenzaban a sonar los acordes de aquel viejo pasodoble que muchos años antes escuchara por vez primera, vinieron imperceptiblemente a la memoria de Juan imágenes de su infancia en aquel pequeño pueblo de provincia.

Desde los cinco años había vivido en casa de Concepción y Socorro las dos tías que se habían hecho cargo de él luego de que sus padres fallecieran en un accidente.

Cálidos atardeceres poblados de infantiles aventuras a orillas del río habían hecho discurrir apaciblemente esos primeros años de su vida y a pesar del inevitable dejo de tristeza que le diera su condición de huérfano, sentía que había tenido una infancia feliz.

Recordó que poco después de cumplir trece años había ocurrido en el pueblo un gran acontecimiento: se inauguraba la Estación Terminal de Ómnibus.

Esta, que había sido largamente esperada por los vecinos, se pudo concretar en muy corto plazo a partir de la donación de unos terrenos de parte de Doña Leonor Aristu viuda de Bacigaldúa. Para ello pidió, como única condición, que la misma llevara una placa en la que constara que dicha obra se hacía a la memoria de su marido, Don Leopoldo, fallecido súbitamente en uno de los frecuentes viajes que hacía a Buenos Aires.

Doña Leonor tomó la decisión de donar los terrenos inmediatamente después de dar cristiana sepultura a su esposo luego de haber traído sus restos de la capital.

Si bien mantuvo bajo estricta reserva las circunstancias en las que aquel falleciera propaló a los cuatro vientos que en homenaje a la viril y heroica manera en la que abandonara su terrenal morada, ella se ocuparía de hacer confeccionar la placa en Buenos Aires. Luego se encargaría de traer gente para colocarla y que el día de inaugurar la Estación recién se descubriría la misma y por ende, el épico evento en que perdiera la vida.

Ese domingo Concepción y Socorro se vistieron con sus ropas para grandes ocasiones y lo propio hicieron con su sobrino. Tan importante consideraron la ocasión que autorizaron a Juan a estrenar sus primeros pantalones largos.

De natural curiosas y chismosas, ese día, sus tías se hallaban particularmente excitadas y no paraban de mencionarle a Juan la indeleble huella que en su propia memoria y en la vida del pueblo iba a dejar este doble acontecimiento. Por un lado la inauguración de algo tan largamente anhelado por todos los habitantes y por otra parte conocer la heroica manera en la que tan ilustre vecino había perdido la vida. Además esto iba a quedar reflejado en el bronce para que generaciones y generaciones se enorgullecieran de Don Leopoldo.

Cabe a esta altura señalar que Concepción y Socorro, dos empedernidas solteronas, eran congéneres de Leonor y Leopoldo, habiendo ambas disputado con ella el amor de este en su juventud.

A pesar de los muchos años transcurridos, ese sentimiento seguía vivo y una enorme envidia las consumía ya que, además de haber compartido la vida con Leopoldo, hoy Leonor iba a ser quien descorriera el velo de aquella placa que abriría a aquel la puerta  a la inmortalidad.

Juan, habitante de un fantástico mundo de interrogantes, natural territorio de un niño de esa edad, ávido lector de novelas de caballería y de aventuras, se imaginaba, a instancias propias y de sus tías que, mas allá de la inauguración, iban a ocurrir una serie de hechos fantásticos llenos de magia y heroísmo vinculados con el misterio que rodeaba aquella muerte y que al descubrirse sería algo así como un tránsito de Don Leopoldo a la gloria, similar al del Cid Campeador en su última batalla.

La banda municipal hacía ya un largo rato que, al ritmo de valses, marchas y pasodobles, matizaba la espera de los vecinos que aguardaban por la llegada del intendente, quien, luego de un encendido discurso en el que sin duda destacaría el desprendido gesto de Doña Leonor, colmaría de alabanzas la señera figura de Don Leopoldo y que seguramente incluiría pinceladas de auto alabanza a su gestión, dejaría oficialmente inaugurada la Estación Terminal de Ómnibus

Mientras tanto, el moderno coche doble camello de la empresa Caminos al Sur S A,  (CASUSA), aguardaba que la ceremonia finalizase para emprender su  viaje inaugural con destino a la Capital. Entre los pasajeros que lo abordarían se encontraban el intendente, Doña Leonor, Concepción, Socorro y Juan.

Era precisamente Juan quien más ansioso aguardaba la partida del coche ya que también sería su viaje inaugural, la primera vez que pisaría la Capital y, por si esto fuera poco conocería el escenario en el que bravamente Don Leopoldo había exhalado su último suspiro.

El momento se acercaba y buena parte del pueblo se hallaba congregado alrededor del enorme lienzo bordó que cubría la placa de homenaje.

Finalmente, en el viejo pero imponente coche familiar llegó Doña Leonor acompañada del intendente. El tórrido sol de la tarde enviaba rayos de fuego los que al reflejarse sobre los vidrios de la estación devolvían una intensa luminosidad que se proyectaba hacia el lienzo y lo rodeaban de un aura especial.

Descendieron del auto, Doña Leonor de rígido luto y el intendente de impecable traje azul rayado y con sus mostachos negros más brillantes y tiesos que nunca.

El momento crecía en solemnidad y los vecinos entonaron con patrio fervor los acordes del himno que ejecutaba la banda, finalizado este, el intendente, tal lo previsto, desgranó un encendido discurso y haciendo uso de una impecable retórica creó el clima necesario para el momento cumbre en el que Doña Leonor correría el lienzo y la placa homenaje quedaría a la vista.

Con suma serenidad y lentitud Doña Leonor se acercó a la placa. La banda en homenaje a Don Leopoldo ejecutaba un conocido pasodoble. La viuda, con la firme decisión de quien está orgulloso de lo que va a hacer, tiró de la soga, el lienzo cayó al suelo desplomándose y aquella aura que se proyectaba se convirtió en un imaginario y potente reflector que iluminaba la placa.

En ese momento, como si hubiera sido largamente ensayado se oyó una unísona exclamación de todo el público, la banda dejó de tocar y el último soplido del músico sobre el trombón proyectó un sonido más parecido a un grito de espanto que a un acorde musical.

La placa quedó a la vista y todo el mundo pudo leer la leyenda que Doña Leonor, con moldeada letra, había hecho escribir en el bronce  y que decía:

“A la memoria de Don Leopoldo Bacigaldúa, que falleciera de un infarto en un asqueroso burdel de Buenos Aires mientras manoseaba a una puta.

Que Satanás lo recoja en las oscuras tinieblas del averno y no lo deje salir de allí.

Doña Leonor Aristu Viuda de Bacigaldúa

Febrero de 1959

Los acordes finales del aquel viejo pasodoble, ahora con arreglos de jazz, devolvieron a Juan a la realidad del momento y mientras el telón del teatro se corría dando final a su última comedia musical y el público estallaba en aplausos, se preguntó cuánto tenía que ver en su vocación de autor de comedias musicales aquel episodio de su infancia.

El vendedor de poemas

 

La circunstancia de haber cambiado de horario de trabajo hace que Gabriel, un joven licenciado en genética, de 33 años, se vea obligado a volver a su hogar en alguno de los últimos subtes del día.

Esta situación lo incomoda un poco ya que llega tarde a su casa y dispone de menos tiempo para estar con su esposa Silvana que está esperando su primer hijo. Lo único que tiene de bueno es que esto le permite viajar cómodamente sentado ya que los vagones circulan con media capacidad disponible.

Este cambio de horario obedece a que la organización para la que trabaja le ha encomendado una investigación muy especial y confidencial, la que debe hacer después de las diecisiete horas una vez que se haya marchado el resto del personal.

Dicha tarea está relacionada con un ambicioso proyecto genético vinculado con la clonación, esto le hace explorar las múltiples posibilidades que la reproducción de células ofrece: para fines terapéuticos, preventivos o reproductivos, llegando hasta quiméricas posibilidades de toda índole. No le escapa que esta línea investigativa o de pensamiento es atravesada por cuestionamientos éticos, morales, religiosos, filosóficos o existenciales y que genera con la misma facilidad, aprobación o rechazo.

Si bien en un principio se había sentido halagado con la designación y entusiasmado con el proyecto, hoy ya no lo siente de igual modo y algunas dudas comienzan a apoderarse de él.

En realidad algunos de estos cuestionamientos provienen de su propio análisis, pero los más fuertes se los hace su esposa a quien le confiara el secreto a pesar de haber él firmado un compromiso de confidencialidad.

Silvana se opone con vehemencia a la manipulación de la condición humana que la clonación propone y él no puede dejar de reconocer que muchos de los planteos que hace son bastante válidos,  sin duda la actitud de ella está  relacionada con una visión no científica del asunto ya que ve las cosas desde otra óptica, teniendo en cuenta su condición de estudiante de teología.

Gabriel, en virtud de su tarea de investigador, tiene muy desarrollado el hábito de la observación y el análisis. Así es que en los viajes de regreso a casa observa desde su asiento la actitud en la que cada uno de sus ocasionales compañeros de viaje se halla inmerso. En algunas ocasiones deja volar la imaginación y juega a adivinar que estará discurriendo por la cabeza de esos pasajeros. En otras fantasea con la idea de poner las mentes de unos en los cuerpos de otros imaginando las reacciones que esto produciría.

A algunos ya los reconoce como habituales ocupantes del vagón e individualiza que leen y sabe que ropa usarán ese día. Tiene registrados a los meditabundos, a los que duermen todo el viaje, a los ansiosos y a aquellos que vaya a saber porque causa transmiten un profundo abatimiento.

De igual modo ubica a los que suben vendiendo la más variada gama de artículos. Entre todos le presta particular atención a un joven de casi su misma edad que sube siempre en la misma estación.

El joven en cuestión luce un aspecto de intelectual de los años sesenta, de pelo y barba larga, con un aspecto desgarbado y una actitud que transmite paz y tranquilidad.

Es habitual verlo subir al vagón con un colorido bolso de tela colgado al hombro del que saca un lote de hojas, en cada una de ellas hay un poema de algún autor, conocido o no, lentamente entrega una a cada uno de los pasajeros. A Gabriel le da por fantasear que el joven vendedor de poemas transporta en ese bolso toda la poesía universal y que en realidad cada poema que entrega a los viajeros es previamente seleccionado por él ya que sus versos se vinculan con alguna necesidad del alma del que los recibe.

Así es como Gabriel, día a día, viaje a viaje, ha ido leyendo poemas de Guillen, Martí, Machado, Witman, Espronceda, Pedroni y muchos otros más. Esta lectura le ha ido generando muchas y variadas sensaciones: amor, alegría, pena, esperanza, angustia, confianza, temor y por sobre todo, dudas.  Dudas acerca de su tarea vinculada a la clonación y la conveniencia de esta. Todo esto hace que espere ansioso cada regreso para ver que poema le acercará el joven. Vale señalar que a pesar del tiempo transcurrido Gabriel jamás cruzó palabra con el vendedor de poemas.

Una noche ocurrió que el joven no subió en la estación habitual, esto le produjo a Gabriel mucho desasosiego, este que fue creciendo en la medida que los viajes se sucedieron sin que hubiera más señales de él. En ese momento se puso a pensar en las razones que hicieron que ese joven con su cargamento de poesía se cruzara en su vida.

A partir de ese momento Gabriel comienza a pedir permiso en el trabajo, a llegar tarde o salir temprano para de ese modo tomar el subte en otros horarios para ver si encuentra a su proveedor de poesía, realmente extraña el cotidiano ritual de descubrir que poema le entregará. Sus intentos para encontrarlo se vuelven infructuosos, parece que a aquel joven se lo ha tragado la tierra y ninguno de los pobladores de vagones y andenes sabe decirle algo de él.

Durante varias semanas siguió yendo y viniendo, le costaba resignarse a no encontrarlo.  Finalmente llegó un día en que no fue al trabajo y se quedó en su casa conversando con Silvana sobre todo lo que le estaba pasando, acerca del tiempo que llevaba buscando a aquel joven vendedor de poemas, de cómo la lectura de tantos poetas le habían ido cambiando la perspectiva de vida, su mirada sobre las cosas. Así transcurrió la jornada, cuando llegó el anochecer le dijo a su esposa que saldría a caminar un rato para despejar la mente, así lo hizo, durante un rato anduvo sin rumbo fijo hasta que finalmente encaminó sus pasos hacia la estación de subte habitual, una vez que llegó a ella bajó con lentitud las escaleras observando que se marchaba uno, paciente aguardó en el andén la llegada del siguiente.

Finalmente, la formación entra a la estación y abre sus puertas, como es habitual a esa hora, viene completo a medias, Gabriel sube al vagón, se detiene en el medio, observa detenidamente a sus ocupantes, acomoda un colorido bolso de tela sobre su hombro, saca de él varias hojas que contienen poemas de diversos autores y las empieza a entregar: de una en una, de mano en mano, a cada uno de los circunstanciales pasajeros...

Despertar

 

Hubo una vez una noche en la que soñé con un valle plateado en el que pastaba un unicornio amable y vivía una flor cantora aguardando un amor. Como no supe soñar fingí que no existían ni unicornio ni flor y que amar era un sueño imposible. Desde entonces, sueño que sueño con un sueño viajero que busca un valle plateado en el que vive una flor cantora que sueña amar. Lo hago todas las noches y mientras sueño que sueño escribo sobre princesas que nunca despiertan y sobre príncipes que no pueden besar. Lo hago porque sé que habrá una vez un despertar en el cual, cabalgando sobre un unicornio amable, regresará a un valle plateado un sueño posible que besará a una flor.

Miedo 

 

Todo discurría por el derrotero habitual, parecía que ambos nos sabíamos los protagonistas de una obra con final feliz. Poniéndole al momento el gesto que correspondía, levanté la copa para chocarla con la de ella mientras nos mirábamos a los ojos. Ahí, precisamente ahí, pasó algo muy raro, en ese intercambio que duró un siglo sentí que se estaba produciendo un contacto muy profundo, distinto. La sensación más parecida para describir lo que me ocurría es la que me produce el vértigo: una mezcla de miedo y atracción gravitatoria. Poniendo el momento en tonalidad poética, podría haberle dicho que yo sentía que sus ojos eran el movedizo piso de un balcón sin barandas que incitaban a saltar. Habitualmente es esto lo que hubiera hecho, pero no, me quedé en silencio, apartando la vista. Finalmente balbuceé unos versos y la volví a mirar: sus ojos me respondieron con el mismo miedo. La seguí mirando, esa sugerencia que va abriendo puertas que ella había comenzado a mostrar se fue diluyendo. A pesar de ello seguimos un rato más, enredados en una maraña de dudas, refugiados entre los hilos del mantel hasta que nos perdimos en la indiferencia.

Ser relato

 

Mi padre construía caminos, el suyo conducía trenes. Mi madre me leía cuentos que le leyera su padre, que caminara ideales. Llegado mi tiempo comencé a andar la vida, me subí a trenes, anduve caminos y abracé ideales. Obstinado, escribí un cuento nuevo que leí a mis hijos, y les hablé de trenes, caminos e ideales. Quizás algún día, cuando yo haya reemprendido el viaje, los hijos de mis hijos leerán cuentos a sus nietos y les dirán: nuestro abuelo viajó en trenes, anduvo caminos, sostuvo ideales y se hizo relato.

Ser poema

 

Mire, a mí me encantaría poder escribir los versos más tristes, sin embargo aquí me ve, empantanado en esta pertinaz intención de colgar en un poema esa nostalgia de usted que llevo encima. He apretado mil veces las teclas de mi insomne costumbre de nombrarla y apenas he pasado de la primera palabra. Un tumulto de hojas en blanco me va cercando, tan en blanco como esas que usted y yo, agobiados de silencio, no supimos escribir. ¿Pero sabe qué?, sé que lo vamos a hacer, vaya a saber con qué forma y en qué vida, pero escribiremos esas páginas, y entonces si, finalmente, usted y yo seremos poema.

Epidemia

 

Las autoridades de una comarca, que queda muy lejos hacia el este, emitieron un decreto en el cual comunicaban que iban a brindar asistencia a personas con enfermedades extrañas. Un lugareño, enterado de esto, se presentó a solicitarla haciéndole saber a los funcionarios que desde muy pequeño tenía una irrefrenable tendencia a perseguir sueños. Al escucharlo, se reprocharon no haberlo descubierto antes y lo aislaron de inmediato del resto de los pobladores: temieron no poder controlar el contagio

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