Sobre las consignas...


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Entre las consignas que le doy a quienes concurren a mi taller de escritura hay una que plantea la idea de escribir desde otra mirada, de tratar de habitar totalmente otra piel. De ella han salido algunos cuentos muy interesantes. A veces me queda alguna sin asignar y entonces asumo el desafío de escribir algo. Así nació este cuento.


ALTURA

La verdad es que me siento una idiota, ¿qué hago acá en Amsterdam, con mi metro diez, mi cara enorme, mis tetas lisas, mis piernas chuecas, gordas y mi culo grande? ¡Justo a mí!, una enana, se me da por venir a buscar trabajo de trapecista en este país que tiene el mayor promedio de altos del planeta. Estoy podrida de mirar todo desde abajo y de bancarme a los pelotudos que quieren cumplir una fantasía conmigo, que se excitan porque mi cara queda a la altura de su bragueta. ¡Qué manga de pajeros! Hasta los diez años la fui llevando, los chicos que me gustaban eran de mi altura y yo me enamoraba a cada rato: era como si tuviera que apurarme. Después, ellos siguieron creciendo y se alejaron de mí cada vez más: no solo en altura. Bueno, todos no, Javi siempre estuvo cerca mío. Me volvían loca sus ojos. Yo dibujaba florcitas en nuestros nombres y envolvía el suyo en corazones. Como una tonta pensaba que él sentía algo por mí: quería creer que no era lástima. Para la fiesta de egresados nadie quería entrar conmigo y él me dijo que si. La volví loca a mamá con el vestido, todas íbamos a entrar de blanco, pero yo quería que el mío fuera distinto, que me hiciera ver diferente: más alta. Todavía me duele aquella tarde: estaba feliz, delante del espejo, me gustaba como había quedado el vestido, me encantaba que me llegara por debajo de las rodillas disimulando mis piernas. Me miraba de espaldas pensando que al final de cuentas tenía una buena cola que compensaba mi falta de tetas: a los chicos les gustan las chicas con buena cola. Soñaba con bailar con Javi, fantaseaba con que saldríamos al parque donde él me miraría con sus ojos tan hermosos para decirme que estaba enamorado de mí, después nos besaríamos apasionadamente y haríamos el amor en la glorieta. De repente, el timbre de casa rompió el sortilegio y mi mamá trajo a Javi al comedor. Él me dijo, con voz compungida y mirando al piso, que no iba a entrar conmigo, que Monona Ramos le había pedido que lo hiciera con ella. ¡Monona!, yo la odiaba porque era alta, preciosa y su figura era perfecta. En ese momento la odié mucho más y hubiera querido matarla, o mejor, esas piernas tan largas y hermosas que tenía. Cuando Javi se fue lloré sin parar, lloraba cada mañana cuando me despertaba y me negué a ir al baile. Después de eso, como sucede en todos estos pueblos, los chicos se fueron a estudiar a la capital, yo me quedé en casa, haciendo nada, leía todo el tiempo, también, en la siesta, me encantaba subirme a los árboles y hacer equilibrio en las ramas. Un día pasó un circo por el pueblo y quedé fascinada con lo que hacían los trapecistas: me resultaba mágico verlos allá arriba. Me fui con ellos para hacer un dúo cómico con el enano. Recorrí en su compañía un montón de pueblos chicos y durante mucho tiempo, a escondidas, los trapecistas me enseñaron su oficio. Cansada de andar recorriendo caminos como la muda partenaire de un enano, me fui, sumándome a los que huían de la crisis, para buscar suerte en España. Allí me hospedé en casa de una tía y un día, al ver un anuncio en internet, me vine a Ámsterdam a buscar trabajo. Esta es la tercera prueba que me hace Bram, el dueño de este circo de Ámsterdam: su ojos me hacen acordar a Javi. Me dijo que le gustó mucho mi rutina y que lo espere en su oficina para charlar. ¡Creo que me va a contratar, me encanta este circo, es enorme! Mientras hacía las pruebas se fue juntando gente. En cada movimiento yo me sentía feliz, hermosa y libre, ¡una reina! Cuando al final me quedé allá arriba, parada en el trapecio mientras me aplaudían, no era enana, todo lo contrario, me sentía altísima, y la forma especial con que me miraba Bram me hacía aun más alta.

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