Sobre los límites, los blancos móviles y una virtud...

Actualizado: 24 de jul de 2019



Probablemente, la sensación de territorio personal que provee este espacio me provoca un modo de escritura desapegado de la estructura y muy distendido, como el del clima que se genera en esas conversaciones que se dan alrededor de una mesa o en la comodidad de un sillón, al calor de la amistad. Y entonces, lo escrito se aparta de la pretensión de inscribirse en un género determinado para fluir libremente, empujado por la simple pretensión de contar algo propio con la intención de rescatarlo de la inmovilidad del silencio.

En la larga descripción de oficios que incluí en la primera entrada de este blog hay uno que no mencioné. Es algo que practico desde siempre y tanto que, aunque ya lo siento un oficio, creo que en verdad es un gesto constante, se trata de la rebeldía. En una mirada retrospectiva, casi arqueológica, establezco su primera manifestación allá por mis trece años cuando me fui de mi casa en busca de una revolución, aventura que luego, por esa cuestión del bagaje personal a la hora de contar una historia, se lo endilgué a uno de los personajes centrales de mi primera novela. A partir de allí no dejé nunca de ejercerlo pagando por ello muchos precios, algunos muy dolorosos, y seguramente tiene bastante que ver con varios de los cambios de oficio y/o ciudades que llevé adelante.

En muchas ocasiones la rebeldía es como una lente que pone en foco las limitaciones que ocultas en sistemáticas trampas del lenguaje colocan en jaque a nuestros anhelos o proyectos y se constituye en una especie de salvoconducto.

Por esta época hace tres años de mi jubilación y, contradiciendo a una de las más pesadas trampas del lenguaje que denomina a este tiempo como etapa pasiva, en esa fecha emprendíamos con mi esposa un viaje en auto para recorrer la patagonia, con la proa puesta en la mítica ruta 40. Fuimos disfrutando de todos y cada uno de los fantásticos paisajes de esa región y su rica historia. Inevitablemente, el pasaje por Santa Cruz nos acercó a la zona de la rebelión que el enorme Osvaldo Bayer pintó en la historia que en aquella primavera ideológica de los setenta se volvió película y que convirtió en habitante del exilio a ese entrañable rebelde que fue don Osvaldo. Luego, sin haberlo planificado, empujados por los vientos de nuestro espíritu aventurero, llegamos a El Chalten. Fuimos a un hotel donde recién dispondrían de habitación después del mediodía. Tal vez porque nos vieron con intención de andanzas o simplemente para ganar tiempo nos recomendaron el sendero de la Laguna de los Tres, describiéndolo como muy lindo. Atraídos por la curiosidad, pero con la experiencia en senderismo de la sedentariedad, sobre todo en mi caso, acometimos la empresa. Verdaderamente el paisaje que se ve luego de la esforzadÍsima subida del final (400 metros en un kilómetro) es descomunal y uno toca con las manos la base del monte Chalten (Fitz Roy), meta de los escaladores. Ahora bien, el costo de energías fue terrible: once horas de caminata, caídas, agotamiento y un regreso transitando los últimos dos kilómetros casi en la oscuridad del anochecer. Durante la cena le dije a mi esposa que no sabía como explicarlo exactamente, pero que tenía la sensación de que con esa aventura nosotros habíamos corrido nuestros límites. Luego, el tiempo se encargó de confirmar esto cuando hicimos la subida al Huayna Picchu (2.600 mts sobre el nivel del mar), con los múltiples senderos andados en la patagonia y Tierra del Fuego y los casi mil kilómetros recorridos a pie al hacer el Camino de Santiago, el del Norte por la costa Cantábrica.

Hace unas semanas, en la fecha del tercer aniversario de la subida a la Laguna de los Tres, nos llegamos de nuevo a El Chalten, con el literaturesco propósito de agradecerle a ese lugar que nos haya puesto en este nuevo oficio andariego y con la intención de volver a subir para comprobar la verdadera dureza y dificultad del sendero. El miércoles 6 de febrero, a las siete de una mañana soleada, acometimos de nuevo la empresa, la misma nos regaló de nuevo la imponencia del paisaje final. Nos demandó casi once horas hacerlo, aunque de una manera mucho más pausada y placentera que la primera y nos permitió comprobar que ese recorrido es el mas esforzado de todos los que hicimos hasta hoy. Esa noche, durante la cena, le dije a mi esposa que yo siento que hacemos todo esto con la fantasiosa idea de engañar a la muerte y a las circunstancias existenciales que colaboran con ella, y por aquello de convertirnos en un blanco móvil, al que resulta más difícil de darle que a uno fijo.

Hoy puedo decir que la comprobación empírica del valor de la rebeldía como gesto constante ha sido tan impactante como haber visto tantos imponentes y bellos paisajes. Así pues, estoy decidido a seguir cultivándola a ultranza, para utilizarla contra esa multitud de convenciones que a la postre nos joden la vida al achicarnos nuestros legítimos límites.

Cuando termino de escribir esto resuena en mi cabeza aquello de Schopenhauer que leyera en mi adolescencia y que dice que la rebeldía es la virtud original del hombre.






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