En mi memoria conservo momentos que viví en los caminos que anduve presentando mis libros. Al participar en "Memorabilia (cosas dignas de memoria)" un laboratorio llevado adelante por Aliana Alvarez Pacheco y Florencia Lavalle apoyado en el trabajo sobre el vínculo entre recuerdos y teatro, la ficción y lo biográfico, se avivaron mis ganas de sacarlos de las penumbras convirtiéndolos en palabra escrita. Así entonces, con afan artesano, los trabajaré buscando en mi imaginación los adecuados ingredientes que los conviertan, sin perder su esencia, en textos de ficción. En la medida que vayan surgiendo los publicaré aquí.

Lágrimas

Desde el salón de actos de la Casa de la Cultura en Morata de Tajuña, a treinta y seis kilómetros de Madrid, miro por la ventana las calles empedradas que en su trazado parecen ir buscándose a sí mismas y que hace un rato, bajo un cálido sol, me recibieron con un abrazo, ese que se da al hijo que regresa. Aún permanecen en mi mirada los olivares que se ven desde la carretera que llega al pueblo, cuando los vi tuve la sensación de que ellos y yo ya nos conocíamos. A lo largo de mi niñez, en Banfield, mi tía abuela, con esa particular y melancólica nostalgia que cargan quienes obligadamente marcharon al exilio, me hablaba de Morata, de la guerra y de esos olivares que tanto ayudaron en la dura resistencia al ataque franquista durante la batalla del Jarama; también de mi abuelo que era el alcalde Republicano en ese tiempo, de sus ideales y de cómo, en su ingenuo regreso desde el exilio en México, fuera apresado y condenado a muerte por el franquismo.

El salón es grande, con capacidad para más de doscientas personas y está rebosante. Morata tiene poco más de cinco mil habitantes y la llegada de un escritor argentino, hijo, nieto y biznieto de morateños muy significativos en la historia del lugar ha despertado gran expectativa. Siento su mirada escudriñante y noto sus cuchicheos, hay quienes se acercan hasta donde están los ejemplares de mi novela y los miran, pero nadie toma uno en sus manos.

El actual alcalde, sentado a mi derecha, se levanta y empieza a presentarme, rápidamente su voz se vuelve lejana y solo escucho palabras sueltas: dice “México” y me sabe a hospitalidad, cuando oigo “Pozo” me llevo la mano al pecho acariciándome las cicatrices, menciona “Memoria” y en mi cabeza se dibujan siluetas en blanco y negro. Alguien cierra una puerta y el sonido me suena a cerrojo. De repente, sólo silencio, levanto la vista y me doy cuenta de que están esperando que yo hable.

Comienzo con los agradecimientos, luego cuento que al bajar del autobús en la plaza mayor me surgió la pregunta de si estaba llegando o regresando a Morata. Hablo sobre la novela, de las razones por las que la escribí y de la emoción que me produce estar en un lugar que aprendí a querer desde niño. Cuando me estoy refiriendo al valor de resguardar la memoria en palabra escrita, una señora me pide hablar. Atiendo su solicitud y ella me dice:

“Me emociona escucharlo hablar de su historia y conmueve ver que tiene usted el mismo don de la palabra que su abuelo. En plena guerra, siendo yo chavala vi cómo él, solito y su alma, desde el balcón del cine evitó una tragedia convenciendo a gentes propias y ajenas para que regresasen a sus casas. Era un ser muy especial su abuelo, aquí lo llamábamos el padre de los pobres, yo lloré mucho con su apresamiento. Curioso destino lo unió a usted con él, en ideales y consecuencias de ellos, agradezco a la Virgen de la Antigua que haya llegado, este es su pueblo por derecho propio: sea bienvenido.”

Quiero retomar la palabra pero no puedo, mi voz se ahoga y se me llenan los ojos de lágrimas. Con una rara mezcla de angustia y felicidad descubro que no es verdad que aquel tiempo de espanto las secó para siempre, aquí, en Morata de Tajuña, nacen de nuevo junto conmigo.

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El Trasgu y yo

Desde la repisa me mira mi trasgu, el del gorru colorau, ese pequeño y burlón duendecillo asturiano que habita en mi escritorio. Hace algunos años, a lo largo de una primavera, visité una serie de pueblos de España presentando mi novela Espejos de dolor y dando charlas sobre exilio y memoria, con eso sentía que regresaba de su exilio a mi tía abuela y mi madre. La última presentación tuvo lugar en la sede de Izquierda Unida en Gijón. Disfrutar de la gran hospitalidad asturiana fue un perfecto colofón para un itinerario cargado de emociones.

La noche anterior a mi viaje de regreso fui a comer algo y beber sidra tirada a un pequeño bar de Cimadevilla. Me sorprendí al ver que la joven que me atendió era la misma que me había servido el café en la sede. Me recibió con una gran sonrisa y tomó mi pedido. Luego de escanciarme la sidra empezó a hablarme, me dijo que la había emocionado mucho mi charla y me contó que el bar lo había abierto su padre, un argentino llegado a Gijón para ponerse a salvo de la dictadura, fallecido el año anterior sin haber podido volver nunca a su patria. Que mi manera de hablar y lo que yo dijera le había hecho sentir que estaba escuchándolo a él. Con los ojos llenos de lágrimas regresó al mostrador dejando su emoción colgada de la mía. Comí inmerso en un largo soliloquio. Mas tarde, la llamé para pedir la cuenta y me dijo que quería tener el gusto de invitarme. Me pareció que no cabía rechazar su invitación, así que le agradecí la atención y me levanté para saludarla e irme, ella metió la mano en el bolsillo de su delantal y saco el pequeño trasgu. Con la emoción renovada me contó que su padre lo había traído cuando inauguró el bar y me explicó que como amuleto el duendecillo podía ayudar a tener buen carácter y gran sentido del humor. Se quedó un momento en silencio y luego me dijo que me lo regalaba, que haciendo eso sentía que de alguna manera su padre regresaba a Argentina. Entonces fue a mí a quien se le llenaron los ojos de lágrimas y nos abrazamos afectuosamente, después nos dimos los dos besos de despedida y conmovido me fui calle abajo con rumbo al hotel. Esa noche me costó dormirme.

Desde allí, cada vez que una emoción me embarga, algo me aflige o la inspiración no viene, miro a mi trasgu a los ojos y él, con su mano agujerada apoyada en el corazón, me devuelve la mirada.

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Me acuerdo

 

Me acuerdo de cuando tomé la primera comunión, había llevado varios cohetes en mi bolsillo para la posterior salida al patio del colegio. Estando en la fila para comulgar los mismos empezaron a explotar y frente a la despavorida mirada de mis padres yo salí corriendo de la capilla. 

Me acuerdo de que a los catorce años me escapé de mi casa con el afán de ir a recorrer el mundo, la aventura culminó a los siete días cuando regresé a dedo, muerto de hambre y con la cola entre las piernas. Ahí aprendí que muchas veces el ideal no es lo ideal.

Me acuerdo de las noches de estudio en la pieza de la pensión, con el bram metal calentando el ambiente y la cafetera humeante. En bastantes ocasiones los libros quedaban en la soledad de un rincón y nosotros andábamos por otros caminos.

Me acuerdo del verano del setenta y tres en la plaza de Tandil, cuando bulliciosos como una bandada de gorriones echábamos a volar nuestros sueños.

Me acuerdo de las veces que regresando a Tandil me metía en la sala de espera de la estación Constitución y le preguntaba a la gente a donde le gustaría viajar.

Me acuerdo de las lágrimas aquel día en Ezeiza.

Me acuerdo de la época en que vivíamos en Tucumán, cuando cruzar cada quince días la Cuesta del Portezuelo de Santiago a Catamarca era una ceremonia con la que sentía que festejaba la vida.

Me acuerdo de hace seis años, cuando recorriendo la Patagonia en auto llegamos con mi esposa a El Chaltén y sin experiencia alguna acometimos la subida del sendero a la Laguna de los tres. Doce horas de caminata que nos dejaron extenuados pero habiendo superado nuestros propios límites, circunstancia que nos llevó a meternos de lleno en el senderismo.

Me acuerdo de cuando hace cuatro años, después de haber caminado junto a mi esposa los esforzados ochocientos quince kilómetros del Camino de Santiago (el del Norte que parte en Irún) ingresamos a la plaza del Obradoiro y un grupo de manifestantes puso con el sonido de sus bombos y trompetas un fantástico marco a la algarabía que sentíamos por haber podido llegar.

Me acuerdo de cuando trabajaba en el diario Nueva Era de Tandil y cada vez que don Arnaldo escribía las noticias en la pizarra yo escuchaba los relatos con los que él acompañaba su tarea y los atesoraba en mi memoria, soñándome escritor. Todavía me sigo soñando.

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Participar del laboratorio que bajo el nombre de Memorabilia llevaron adelante Aliana Alvarez Pacheco y Florencia Lavalle fue una hermosa experiencia. En su desarrollo trabajamos sobre varias consignas. La cuarta y última fue escribir una carta, en este caso decidí escribir un texto totalmente de ficción pensando en cuantas historias como esta deben haber ocurrido y que ficcionarlas es una de las maneras de conservarlas en la Memoria, ese bien tan preciado para una sociedad.

 

                                                                                                         Cafe La Paz, Buenos Aires, 15 de mayo

Hola, querido amigo.

 

Espero que estés bien. Te imagino ahí, en la Piazza Navona, en ese bar que me contaste vas siempre, porque te recuerda los felices momentos vividos con ella acá en este sitio que fue tan importante en nuestras vidas.  

Mientras revuelvo lentamente la lágrima no puedo impedir que me invadan los recuerdos de otros tiempos en este café al que bautizáramos como nuestro atelier y que es hoy mi lugar favorito. Nos veo a los cuatro en esas noches en las que nos sorprendía la madrugada en plena arquitectura de ideales, dibujando las costas de aquella isla de Moro.

Yo disfrutaba de ser testigo del amor que ustedes se tenían, de las discusiones sobre Camus y Sartre, de cómo se le encendían a ella sus ojos negros cuando te esgrimía a Simone de Beauvoir. Sospecho que todo eso fue la semilla que años después hizo nacer en mí el afán de escribir con forma de novelas una declaración testimonial de nuestro tiempo, aquel en el que intentamos ser lo que nos pedía la piel urgente de la época y el clamor de nuestros sueños. Me caló hondo lo que me dijiste en tu última carta sobre que quienes escribimos somos muchas veces cartógrafos de geografías de dolor.

¿Te acordás de aquella noche de su cumpleaños, cuando le traje como regalo el simple de La Balsa? Resuena en mi memoria su voz cantándola, ¡qué lindo cantaba! ¿Y aquella vez que volvió furiosa del conservatorio y se puso a tocar el violín acá en la puerta? ¡Qué carácter tenía!

¡Perdón!, me dejé llevar por la emoción y los recuerdos. En realidad, te escribo para contarte que el quince de agosto presentaré acá mi última novela, esa que te conté estaba escribiendo y en la que está puesta a resguardo la historia de ustedes. Cuando me dijeron que esa era la única fecha posible se sacudieron mis sentimientos. En ese preciso momento vino a mi mente aquella noche de hace tantos años cuando nos enteramos de que había desaparecido. Todavía me lacera tu dolor y me sigue angustiando la insistente manera con la que después intentamos averiguar a donde la habían llevado, hasta que alguien nos avisó que era inútil nuestro intento y que tuviéramos cuidado. Cuando más adelante me dijiste que te ibas a Italia te entendí, era mucho el riesgo que corrías. Ya sabés lo que pasó después y las razones por las que decidí quedarme.

Aunque conozco de antemano tu respuesta tengo la imperiosa necesidad de invitarte, de pedirte que vengas. De todos modos, estoy seguro de que ese día, entre las palabras que yo diga o en las lágrimas que sin duda me aflorarán ella estará presente y por extensión, si es que no venís, vos también.

Con la ilusión de verte acá en ese momento te mando el mejor de mis abrazos.

Tu amigo

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Enroscar la víbora

 

Hace unos años, un banco contrató mis servicios para llevar adelante una capacitación de ventas en sus sucursales de la provincia de Buenos Aires. Siguiendo el programa establecido viajé a la ubicada en Tandil. Ese viaje para mí no era un detalle menor. Llegué a esa ciudad con mi familia a mediados de los cincuenta y pasé allí mi niñez y juventud. Volvía a la ciudad después de muchos años y el recuerdo de aquellos tiempos me había cargado de una particular excitación.

Antes de ir a la sucursal en cuestión me dirigí hasta la plaza Independencia. Una vez allí, un coro de voces cobró forma y mi memoria fue dibujando viejas siluetas. Instantáneas en blanco y negro me mostraban escenas de una época donde el tiempo transcurría con una cadencia pueblerina, empujado por las agujas del reloj, como si prefiriera discurrir lentamente. La salida del colegio, el carrito de la venta de facturas, el juego a las bolitas, la banda municipal tocando en el quiosco los domingos, el banco de la primera cita y aquél otro, frente a la universidad, que quedó vacío y desde el cual intentamos ser lo que pedía la piel urgente de la época. El clamor de aquellos sueños nuestros eran imágenes que pasaban repetidamente frente a mí. Ya de camino al banco me detuve en la esquina frente al bar y el recuerdo de un singular momento que viví ahí cuando solo tenía once años me arrancó una sonrisa. Acompañado por la emoción me dirigí a la sucursal para iniciar mi tarea.

La capacitación avanzaba de acuerdo con el programa habitual cuando, en la parte donde hablo sobre las características, forma de presentación y necesaria verosimilitud de los argumentos de venta, se produce un pequeño debate. Empujado por la curiosidad que le generasen mis explicaciones, un participante me pregunta: —¿Discúlpeme, usted no nos estará enroscando la víbora?

Me quedé un momento en silencio y le dije: —Su pregunta es interesante y se conecta directamente con lo que estamos hablando, pero permítame decirle, además, que el hecho de que entre todas las sucursales que estoy recorriendo, su pregunta haya surgido en ésta me llena de curiosos interrogantes. Le voy a contar algo:

Yo pasé mi infancia y juventud aquí en Tandil. Cuando era chico, mi tía abuela, una entrañable vasca, iba todas las tardes a buscarme a la salida del colegio. Para regresar a casa teníamos que cruzar la plaza. Una de esas tardes, en la esquina frente al bar, se había instalado un vendedor ambulante, uno de esos turcos que en aquellos tiempos iban por los pueblos de la provincia ofreciendo su mercadería. Movido por la curiosidad me acerqué a la gente que se había juntado a su alrededor para ver lo que el hombre hacía, mi tía abuela se quedó a prudente distancia. El vendedor había colocado dos mesas y entre ellas una valija marrón muy grande que rápidamente llamó mi atención. Él, acomodaba manteles, repasadores, servilletas sobre una de ellas y en la otra, peines, peinetas, algunos elementos de costura y un par de abanicos. Una vez finalizada su tarea y puesta en escena comenzó a tomar los productos y los exhibía como un prestidigitador moviendo los naipes. Acabada su venta inicial dejó todo sobre la mesa y comenzó a hablarle al público con ese particular y simpático acento de los turcos recién llegados al país. Les decía que podían comprar cualquiera de sus artículos con total y absoluta confianza, que no solamente eran de excelente calidad, sino que no los iban a decepcionar en absoluto, además de tener un precio muy económico. Luego les dijo que, para validar lo confiable que era su palabra les proponía llevar adelante una prueba y que para ella necesitaría un voluntario. Yo, que tenía una particular atracción por los desafíos y las aventuras, me sentí interpelado y me ofrecí. Él, me invitó a que me acercara y me ubicó entre las dos mesas, al lado de la valija, pidiéndome que mirara al público durante todo el tiempo que la prueba se desarrollara. Obediente y entusiasmado por ser el protagonista de la prueba, le hice caso. Entonces, el turco se acercó a la valija y escuché que la abría. Fiel a la consigna permanecí inmóvil y con la mirada clavada en la gente, de repente oigo la exclamación del auditorio que había reunido y veo en ellos una expresión de asombro mudo en sus rostros mientras miraban la valija. Empujado por esa situación dirigí la mirada hacia allí y quedé paralizado por el miedo: adentro había una enorme boa. Desesperado busqué, en un natural y silencioso gesto de auxilio, a mi tía abuela entre el público. Ella, que había atravesado una guerra y un campo de concentración, con un simple movimiento de cabeza me devolvió el aplomo. El vendedor se me acercó y comenzó a enroscarme lentamente la boa en el cuello, yo tenía una mezcla de sensaciones y temperaturas: el frío de la boa en el cuello por un lado y un enorme calor que me subía por las piernas. Permanecí inmóvil, aterrado, no quería hacer un solo movimiento que irritara al bicho; pasado lo que me pareció una eternidad, él comenzó a desenroscarla lentamente de mi cuello. Una vez hecho esto y con el afecto y cuidado de quien traslada algo muy querido la llevó hasta la valija y la colocó allí. Después regresó a mí, apoyo su mano en mi hombro, me felicitó por la valentía, me dio las gracias y me despidió. Enseguida, se dirigió al público y comenzó a vender sus productos.

Mire joven, no sé si con esto habré respondido a su pregunta, pero le agradezco enormemente que la haya formulado permitiéndome regresar a un entrañable momento que sospecho fue fundacional en mi existencia. De todos modos, fíjese que aquí a mi lado, como usted podrá observar, no hay ninguna valija marrón.

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