10 de junio de 2018: Primera Etapa, de Irún a San Sebastían

 

Y finalmente llegó el momento tan esperado: ¡el inicio del camino en Irún!

Llegamos a esa ciudad en tren, desde Barcelona, el sábado 9 de junio al mediodía, esto nos permitió disfrutar durante la tarde de la gran hospitalidad de su gente para con los peregrinos. Irún tiene ese singular encanto de los pueblos fronterizos, el que te hace sentir que estás en tránsito, pisando en dos orillas, situación esta que se refleja en las aguas del río Bidasoa, que separa España de Francia.

Una vez alojados y a pesar de la llovizna salimos a recorrerlo. Tal como manda la tradición cruzamos el río hacia Hendaya por el puente, ese universal e inefable símbolo de unión. Y desde allí regresamos a Irún dando inicio simbólico a nuestro camino. Como hijo del exilio republicano que soy no pude evitar detenerme frente al escrito de la guerra civil.

Hicimos el recorrido que nos indicaron y, siempre con llovizna, llegamos a la Iglesia de Nuestra Señora del Juncal, nombre que de inmediato repiqueteó en mi memoria sensible y me llevó en el tiempo a una lejana calle de tierra en Tandil.

En la iglesia, un sacerdote nos estampó el primer sello en nuestras credenciales y con una sonrisa nos dijo que teníamos suerte ya que el domingo sería un día soleado. Pero a la vez nos señaló que seguramente tendríamos bastante lluvia a lo largo del camino. También nos dijo, después de conversar un rato, que estaba seguro de que disfrutaríamos mucho nuestro tránsito hasta Santiago. Buen pronosticador resultó el cura.

Con la ansiedad natural del momento cenamos muy temprano y nos fuimos a dormir para estar bien descansados el día siguiente. Ambos sentíamos que recorrer esos primeros veinticuatro kilómetros hasta San Sebastián nos daría una buena medida de nuestras posibilidades de hacer los más de ochocientos que tiene el Camino del Norte.

Con las primeras luces del domingo nos levantamos y luego de documentar el momento con una foto que nos tomó un guardia civil empezamos la marcha. Irún todavía dormía y solo nos cruzamos con algún ocasional transeúnte, como el señor de más o menos nuestra edad que se detuvo a conversar y que cuando le dijimos que habíamos venido desde Argentina se asombró felicitándonos, a la vez que nos decía que él también era peregrino. Nos despidió con el “¡Buen camino!” que tantas veces oiríamos durante cuarenta y cinco días.

Cruzamos la ciudad por el paseo de Colón dando comienzo a un gesto que nos acompañaría hasta Santiago de Compostela: la búsqueda de las señales, ya sea una vieira o una flecha en un poste, en una pared, en una piedra, en un árbol o en el piso. Vale aquí un párrafo especial para estas señales, las mismas no solo tienen un valor orientativo sino que además se constituyen en un abrazo que te contiene, haciéndote saber que está todo bien, una especie de guiño cómplice. Enseguida llegamos a las afueras de Irún. A esa altura nos llamó la atención la poca cantidad de peregrinos que iniciaban el camino esa mañana. Luego, a lo largo del día nos cruzaríamos con algunos, pero sin llegar a ser una numerosa cantidad.

Con gran entusiasmo acometimos la subida al Santuario de Guadalupe. Una vez allí, y con la vista al río Bidasoa, a Irún, Hendaya y Hondarribia se manifestó claramente algo que renovaríamos en cada etapa: la capacidad de asombro frente a la belleza de los paisajes y/o a la riqueza cultural. El sol, honrando el vaticinio del cura, nos acompañaba esplendente.

Luego de un breve descanso retomamos la marcha bordeando el monte Jaizkibel, un hermoso sendero a través de un bosque de robles y castaños estimulaba nuestro buen ánimo. Allí tuvimos nuestro primer diálogo con dos peregrinos que habían iniciado el camino en Irún: una joven ecuatoriana con su pareja, un alemán que no hablaba castellano. Nos contaron que solo iban hasta Bilbao. Nos volvió a sorprender el asombro que al igual que al señor de la salida de Irún les causó saber que nuestra pretensión era llegar a Santiago.

Nos despedimos de ellos y fuimos andando hasta empezar la bajada al muy lindo y pintoresco pueblo de Pasaje de San Juan (Pasaia Donibane). Al ser el mediodía de un domingo nos encontramos con un gran movimiento en el pueblo y nos costó encontrar sitio para comernos un bocadillo (sándwich). Luego de esto fuimos al embarcadero y tomamos la embarcación que en pocos minutos nos cruzó a Pasaje San Pedro.En ella iban pobladores  del lugar, turistas, unos pocos peregrinos y algunos bicigrinos.

Luego de desembarcar acometimos una larguísima subida que nos costó unos buenos resuellos, pero que no empañó la fantástica belleza de esa costa cantábrica: nuestra capacidad de asombro se multiplicaba. Así llegamos al Faro de la Plata, a partir de este continuamos por un sendero que nos resultó espectacular por su tranquilidad y la belleza de las vistas a la costa. Cuando lo terminamos, un policía que estaba junto a su auto nos dijo sin que le preguntáramos nada que un poco más adelante había una fuente: es como si hubiera sabido que no teníamos más agua. Desde ahí fuimos descendiendo hasta San Sebastián con unas privilegiadas vistas sobre la bahía. Finalmente entramos por el paseo marítimo hasta el casco viejo donde estaba nuestro alojamiento. Bellísima ciudad es San Sebastian y la apuntamos para regresar alguna vez y dedicarle unos días. Frente a la dificultad que teníamos para ubicar la pensión nos encontramos con la solidaridad de la gente que con sus celulares nos orientaron para llegar. Un rato antes le habíamos enviado un sms (hicimos el camino sin roaming) al dueño de la pensión diciéndole que estábamos en la zona. Nos resultó muy divertido cuando dando vueltas a una plaza, buscando la calle en la que estaba, vimos a un señor que nos llamaba agitando los brazos: era el posadero que había salido a buscarnos.

Una vez acomodados en la pieza nos sentimos muy contentos, aunque los 24 kms se nos habían hecho 30, habíamos superado lo que para nosotros era el mayor desafío: ¡la primera etapa! Nos sentíamos muy bien y comenzábamos a pensar que íbamos a poder completar el camino, que llegar a Santiago sería posible.

Luego de la reconfortante ducha y con las primeras gotas de la lluvia, esa gran protagonista que nos acompañaría buena parte del camino, fuimos a cenar para reponer energías. Allí debutamos con lo que sería el menú que nos acompañaría cada noche: un primer plato, un segundo, postre y la gratificación de una botella de vino tinto.

Absolutamente felices por la primera etapa cumplida, y con el entusiasmo de acometer la  segunda subiendo al monte Igueldo, nos fuimos a dormir.

 

Continuará en: Segunda etapa, de San Sebastian a Zarautz

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