16 de junio de 2018: Séptima etapa, de Gernika a Lezama

 

 

La noche anterior llovió mucho, así que, al iniciar esta etapa nos preparamos para el desafío del barro que imaginamos encontraríamos. Todavía nos mantendríamos lejos de la costa.

Con el entusiasmo intacto emprendimos la marcha, de movida sospechamos que la etapa sería muy solitaria, cosa que confirmamos ya que durante su tránsito solo encontraríamos a una peregrina. La encontramos luego de cruzar un portillo y meternos en un sendero interior, se trataba de una joven irlandesa que estaba detenida frente a unas vacas que le impedían el paso. Con natural caballerosidad me dispuse a ayudarla, claro que mi experiencia como arriero resultaba muy pobre. Si bien le insistía yo a las vacas para que abrieran el paso, ellas me miraban impertérritas. No queriendo cejar en mi caballeresco intento, me acerqué más y las azucé, ellas respondieron asustadas y salieron bruscamente para adelante, causándole un gran sobresalto a la joven irlandesa. En ese movimiento nos dimos cuenta que no se movían porque estaban contra el portillo de salida, ya decidido y con más voluntad que experiencia les grité para que siguieran despejando el paso, finalmente se corrieron y logramos cruzar el portillo, la joven se alejó a toda prisa, sin decir palabra, huyendo de las vacas y seguramente también de mi caballeresca ayuda; debo confesar que mi narcisismo quedó un poco herido.

Volviendo al inicio de la etapa, si bien no llovía, estaba muy nublado y húmedo, también fresco. Luego de cruzar Gernika acometimos el primer y exigente desafío: subir el monte Bilikario. 250 metros bordeándolo hasta un lado del monte Arteagagana. Nos causó envidia ver como un atleta local entrenaba subiendo a la carrera. Como queda evidenciado en el video, las características del suelo eran algo incomodas y en ese momento lloviznaba un poco. Finalmente, anduvimos por un sendero hasta el primer portillo, luego de cruzarlo y sortear a las vacas de las que hablé más arriba, salimos a una carretera, allí nos encontramos con una casa rural en cuya puerta, Etelvina, una amable señora que ameniza su tiempo en una silla de ruedas ofreciendo café, leche, gaseosas y frutas a los peregrinos que pasan por allí. Nosotros nos reconfortamos con un café calentito y conversamos un rato con ella. El cartel que a su lado nos señalaba que nos faltaban 710 kilómetros para completar el camino nos producía una serie de sensaciones encontradas que iban desde el interrogante sobre si lograríamos hacerlo a la excitación de superar el desafío y entrar triunfantes a la Plaza del Obradoiro.

Anduvimos por esa carretera un tramo hasta que la dejamos para andar por una serie de senderos forestales que, en zigzag, suben hasta el Alto de Aretxabalagana de unos 330 metros de altura. En dicho alto salimos a otra carretera  que seguimos en bajada, más o menos dos kilómetros. Después anduvimos por un bonito sendero también en bajada. El sendero se prolonga en un caminito de tierra que desemboca en una carretera. Seguimos por ella y después de pasar un pueblito cuyo nombre no conocimos se nos presentó una opción: seguir por la carretera o tomar por un sendero de tierra. Bueno... lo de tierra es un amable modo de mencionarlo, en realidad era un sendero en subida, con tanto barro que intimidaba encararlo. Luego de unos segundos de debate nos dijimos que habíamos venido a hacer el camino y no a andar por una carretera eludiendo contingencias, así que, con enérgica decisión acometimos la subida. El hecho de que el sol había salido a pleno ayudó a ello. Fue realmente una peripecia, no se si fueron cinco o seis kilómetros pero nos pareció una travesía gigante. Durante ella, y una vez aceptado que para andar había que caminar metiendo los pies en el barro hasta arriba de los tobillos, disfrutamos un montón de la aventura y no parábamos de reírnos: ¡a eso habíamos venido!. Después de un largo rato volvimos a una carretera que descubrimos que era la misma de la que nos habíamos desviado, esto nos causó mucha gracia.

Por esa carretera enseguida llegamos a un pueblo llamado Larrabetzu. Eran las tres de la tarde de un sábado y los pocos bares estaban colmados de gente, encontramos un lugar en uno frente a la plaza y almorzamos en él, de allí en adelante a esa comida que haríamos entre las 13 y las 15 lo llamaríamos "clavarnos un pincho", reservando el apetito para la cena. Después de descansar un rato charlando divertidos sobre la experiencia en el barro, recordando nuestro noviazgo que empezó apenas salidos de la adolescencia, en esa época Sara, vivía en las afueras de nuestro pueblo sobre un camino de tierra, en un paraje llamado El Paraíso (no cualquiera encuentra a la mujer de su vida en el paraíso) y los sábados que llovía era una verdadera peripecia ir a buscarla para salir a bailar, pero no había barro que lo impidiera. Luego del descanso y de la evocación decidimos recorrer los tres kilómetros que faltaban hasta Lezama, el final de la etapa. El recorrido fue por la carretera.

Cuando llegamos al pueblo, no andaba nadie por la calle y no encontrábamos la casa rural en la que pernoctaríamos, después de un largo rato, en una iglesia encontramos a un señor que había salido con su hijito quien nos explicó como llegar. Ya bastante cansados y con calor llegamos, Ivone, la dueña de la misma nos recibió amablemente y con una enorme sonrisa, mientras nos miraba los pies, nos sugirió que dejáramos las zapatillas en la entrada y nos señalo una pileta a ras de piso con una canilla, que nos permitiría lavarlas, cosa que entendiendo como absolutamente razonable aceptamos para dejarlas luego secándose al sol. Después nos fuimos a descansar un rato, poco había que ver en Lezama, Más tarde, charlamos un largo rato con Ivone, una encantadora anfitriona. Ella nos indicó donde cenar un rico, barato y abundante menú peregrino. A las siete, movidos por el hambre no dirigimos al bar de marras para disfrutar de una exquisita comida y un amigable vino tinto.

Después, regresamos caminando lentamente, eran casi veinte cuadras la distancia hasta el alojamiento, y nos fuimos a dormir con el alivio de que la del día siguiente sería una etapa muy corta y llevadera hasta Bilbao, como corresponde a un día de domingo.

 

Continuará en : Octava etapa, de Lezama a Bilbao...

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