21 de junio de 2018: Etapa doce, de Castro Urdiales a Laredo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

         

 

 

 

      

 

 

 

 

 

 

Una de las cosas mas extraordinarias que tiene vivir esta experiencia de peregrinos es la fantástica capacidad de sorprenderte que tiene el camino, la que cada noche al acostarte te produce esa tan particular sensación que provocan las vísperas de un acontecimiento emocionante. La etapa de hoy estuvo poblada de bellísimos paisajes costeros, acantilados, playas, extendidos valles interiores, bosques cubiertos de pinos y encinas y hermosos senderos, características todas que llenaron de belleza nuestra capacidad de mirar y asombrarnos. Tuvo también para nosotros un alto nivel de exigencia que nos hizo apretar mucho los dientes en más de una cuesta, y su recorrido fue muy largo ya que los veintisiete kilómetros anunciados terminaron resultando poco más de treinta y dos, convirtiendo la entrada a Laredo en la confirmación de haber superado un desafío bravo, que le dio sustento a nuestra determinación de llegar a Santiago.

Pero, más allá de todo esto, esta etapa contó también con esa clase de sucesos que se inscriben en el interrogante de por que tipo de coordenadas existenciales se producen algunos encuentros y/o conversaciones, tal como fue el caso del momento compartido con Luis, un singular peregrino que vive al pie del camino y que rubrica su natural empatía con el cartel que cuelga de un balcón de su casa que dice "BUEN CAMINO PEREGRINOS". También da lugar a esto el encuentro con Tomas, a quien encontramos en el comienzo de la bajada final a Laredo.

Durante una época de mi vida, por mi constante condición de búsqueda, transité por el sufismo. Así que, la proximidad del mar, los acantilados y la conversación con Luis me llevaron a ese tiempo y entonces, el cuento de las arenas del libro Cuentos de los derviches*, las enseñanzas de Gurdjieff y las historias de ese mítico y poco convencional personaje que es Nasrudin vinieron a mi desde el recuerdo.

Con buen clima y sol Iniciamos la marcha volviendo a atravesar todo el pueblo para pasar frente a la plaza de toros, tomamos una calle en subida, pasamos por abajo de la autovía y seguimos por un muy lindo recorrido boscoso hasta un pueblo llamado Allendelagua, descansamos un momento frente a una fuente para tomar agua y enseguida seguimos con la autovía acompañándonos a un lado hasta que la volvimos a cruzar por un túnel y al llegar a una zona de descanso entramos a un pequeño pueblito llamado Cerdigo. Con casi seis kilómetros recorridos hicimos allí el alto diario para tomar el consabido café con leche corto de café. Salimos del pueblo por una ruta vieja y después cruzamos la ya conocida N634. Pasamos frente al cementerio y nos metimos en muy hermoso sendero boscoso que nos acercaría a los acantilados atravesando varios portillos con guarda-ganado. El marco invitaba a filmar videos y a sacar fotos así que, fieles a nuestra intención de hacer el camino sin ninguna clase de apuro disfrutando a pleno de transitarlo, aceptamos la invitación y nos detuvimos. A la salida del sendero dimos con una pista que nos llevó a otro pueblo que se llamaba Islares.

Una vez que cruzamos este pueblo, anduvimos unos kilómetros por la N634 hasta que en un viaducto se nos presentó la opción de seguir por esa ruta cortando camino o tomar el camino oficial que es mucho más largo, con muchas subidas y que pasa por Rioseco, La Magdalena y Hazas(Liendo). Fieles a nuestra decisión de hacer el camino sin atajos y tal vez conducidos por esa sutil luz que ilumina a algunas decisiones, elegimos esta opción. Fue un largo tramo por camino de tierra con muchas y muy duras subidas. En ese recorrido nos cruzamos con varios peregrinos y peregrinas. Conversamos un rato con un grupito de cuatro jóvenes, un chico aleman, una irlandesa, una estadounidense y una paraguaya que se había criado en Argentina. Una heterogeneidad muy habitual en el camino. Por razones obvias con quien más charlamos fue con la paraguaya, una joven muy divertida que estaba haciendo su segundo camino. Luego de un rato de seguirles el ritmo nos detuvimos a descansar ya que nos costaba seguirlos. Pasado un momento retomamos la marcha y después de un rato acometimos una nueva subida, cuando estábamos llegando al final de la misma, al tomar un recodo frente a una bajada en la que se veian las primeras casas de Hazas los volvimos a encontrar. Para nuestro parabién la chica del Paraguay estaba tomando mate así que nos detuvimos a charlar y a disfrutar de una ronda de mates, los únicos que tomaríamos en todo el camino. Ellos iban a quedarse allí en el albergue así que nosotros seguimos la marcha. Ni bien empezamos a bajar, Sara me llamó la atención sobre la belleza de las flores que adornaban los balcones de una casa y del cartel de saludo a los peregrinos que colgaba del balcón superior. Nos detuvimos a tomar una foto del mismo y un perro se nos acercó, entonces, desde un galpón, un hombre que estaba reparando un viejo Seat 600 nos dijo "no problem". Sonriendo nos acercamos a él y le dijimos que hablábamos español, nos presentamos y el nos dijo que se llamaba Luis. Se generó a partir de allí una animada conversación que comenzó a discurrir por los territorios de la filosofía. Él nos contó que también era peregrino y que había hecho varios caminos, siendo estimulado en su momento a hacerlo por la conversación que sostuvo un invierno con un peregrino de avanzada edad que pasó frente a su casa. Luis tenía un magnetismo especial que cautivaba la atención y estimulaba a seguir charlando. Este encuentro con él seguro terminará en un cuento que en algún momento escribiré. De lo mucho que nos dijo rescato su mención a que se veía en nosotros el espíritu de peregrinos, que el camino producía adicción, que se nos notaba adictos al peregrinar, que estaba seguro que andaríamos otros muchos caminos, que cuando llegáramos a casa sentiríamos mucha nostalgia de este camino y que sin duda regresaríamos para hacer alguno de los otros que conducen a Santiago. Venciendo las ganas de seguir conversando nos despedimos de él y proseguimos la marcha. Durante un rato esa conversación fue el tema central de la nuestra.

Volvimos a cruzar la N634, pasamos por Hazas y llegamos a su iglesia. A partir de allí recorrimos un sendero con bastantes vueltas y subidas, pero el esfuerzo que nos demandaban a esa altura quedaba anulado por la impactante belleza del Cantábrico frente al que desembocamos después de una cuesta. Es tan magnífica la vista de ese mar con la que nos encontramos que pretendimos conservarla en un montón de fotos y videos, aun a sabiendas de que no hay lente que supere en captación al de la propia mirada. Luego de ello nos alejamos un poco del mar y encaramos hacia Laredo. Cuando llegamos al cruce de la ruta con la calle de tierra que finalmente nos acercaría a esa ciudad vimos un señor de avanzada edad que se bajaba de un coche y se acercaba a nosotros. Se presentó como Tomas y nos preguntó si no queríamos ver un escudo familiar en la fachada de una casa. Un poco sorprendidos le dijimos que si, cosa que le produjo una gran alegría. Nos invitó a seguirlo hasta la primera casa que estaba a la derecha en la calle de tierra, la misma estaba abandonada y en bastante malas condiciones pero el escudo sobre la fachada se veía claramente. Nos contó que él se crió en esa casa, que sus padres llegaron a la misma provenientes del país vasco, nos habló de los juegos de su infancia en ese terreno, de que la casa se había vendido cuando el tendría veinte años, de la nostalgia que lo traía cada tanto a verla, que el conductor del auto era un vecino suyo en Bilbao  y que no se bajaba porque era lisiado, pero como le gustaba manejar lo traía cada tanto satisfaciendo de esa manera las necesidades de ambos. Pero el centro de la charla fue el escudo, evidentemente el mismo lo había cautivado desde niño y necesitaba compartirlo con alguien mostrándoselo. Cuando nos despedimos nos agradeció profundamente que hubiéramos detenido nuestra marcha para hablar con él, nos deseó buena fortuna y nos dijo que seguramente volveríamos por allí. Hacer el camino es algo que de suyo propio motivaba mi ser escritor, pero en esta etapa sentí que este quehacer había sido muy estimulado.

Retomamos la marcha y finalmente llegamos a destino, entrando a Laredo por un muy lindo entramado de calles antiguas y sinuosas que descendían hasta la orilla donde estaba la pensión en que dormiríamos. Cuando nos detuvimos, el cuenta pasos del celular marcaba para la jornada 32. 6 kms.

Acomodamos las cosas en la habitación, nos dimos una imprescindible ducha y salimos a cenar. Teníamos tantos temas para hablar sobre la etapa que el desarrollo del partido de Argentina y Croacia por el mundial que se veía en la televisión nos resultaba indiferente. Finalizada la cena nos fuimos a dormir, el cansancio era importante pero por suerte la etapa del día siguiente era corta.

 

 

*El cuento de las arenas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Continuará en: etapa trece, de Laredo a Noja

 

 

 

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