22 de junio de 2018: Etapa trece, de Laredo a Noja

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La elaboración del plan del Camino la comenzamos un año antes de iniciarlo, junto con el entrenamiento, con la idea de hacerlo no solo en el marco de nuestras posibilidades sino también para disfrutar de cada etapa al máximo y con la consigna de hacer no mucho más de veinte kilómetros al día , el propósito ulterior a esto era llegar a Santiago. Luego, ya en el camino fuimos descubriendo que nuestro plan en verdad era una aproximación y que eso no tuvo costos importantes ya que, para nuestra alegría, pudimos superar varias etapas de más de treinta kilómetros sin demasiada mella en nuestro físico. Recuerdo que cuando vi el gráfico de esta etapa decidí rápidamente cortarla en dos, luego en la práctica la energía que nos había demandado la anterior le dio valor a esta decisión, pero igual, la brusca variación de la curva de ascenso al llegar a El Brusco nos causaba respeto. 

Iniciamos la marcha temprano, con grandes nubarrones amenazando lluvia, que felizmente no solo no se concretó sino que más tarde el sol se ocupó de batir en retirada a esas nubes. 

El primer tramo, desde Laredo hasta el Puntal de Santoña fue muy agradable y tranquilo recorriendo un muy lindo paseo marítimo, al final de este embarcamos en una lancha para cruzar el mar hacia Santoña. Es este un pueblito muy bonito y simpático donde, mirando el mar, nos tomamos el consabido cafecito. Luego iniciamos el tránsito hacia Noja, tomamos algunas fotos y dándole lugar a lo histórico nos detuvimos un momento para leer sobre Juan de la Cosa. Luego, el camino nos llevó a pasar al lado de los largos paredones del centro penitenciario de El Dueso. Este penal fue construido a principios del siglo veinte sobre unos terrenos donde había un fuerte construido por las tropas de Napoleón. A partir de allí y hasta hoy ha albergado muchos presos ilustres. Durante la guerra civil y a partir de 1937, cuando la zona cae en manos del franquismo fue el escenario de una cruel represión en la cual cientos de republicanos fueron recluidos y muchos muertos en El Dueso. Esta historia sonaba familiarmente en mi cabeza ya que otro de los objetivos de mi peregrinación era llegar a Santiago, el lugar donde, condenado a muerte por el franquismo al regresar de México donde formaba parte del gobierno de la República en el exilio, había permanecido preso mi abuelo hasta que finalmente el largo trajinar de mi madre lograra que lo indultaran. Desde el inicio conversaba con Sara sobre que una de las cosas fuertes que a mi me producía hacer el camino era la inigualable sensación de libertad que sentía. En este tramo los paredones del penal, con fantásticas vistas al mar, entraban en conflicto con esa sensación.

Superados los paredones, continuamos por una avenida la marcha y enseguida llegamos al desvío para ingresar a El Brusco. La oferta era ignorarlo y seguir por allí hasta Noja evitando la subida. Una vez más nos mantuvimos firmes en nuestro propósito de aceptar todos los desafíos del camino y acometimos con El Brusco. Debo confesar que la subida fue bastante exigida y que si bien en modo alguno padezco de vértigo (lo mio es la claustrofobia, por eso disfruto tanto del senderismo) hubo algunos tramos en los cuales la sensación de que un mal paso nos haría rodar provocaba un poco de cagazo (Salvando las distancias Sara rememoraba con esto el descenso del Huayna Picchu, en Macchu Picchu). Por suerte lo superamos sin problemas y luego del descenso tuvimos la recompensa de llegar a la arena y así, por primera vez en el camino, nos descalzamos para dejar que el Cantábrico bautizara nuestros pies.

Ni bien comenzamos a caminar se nos acercó una señora que nos reconoció como peregrinos (no era esto muy difícil habida cuenta nuestras mochilas con la vieira atrás y los bastones). Cuando nos individualizó como argentinos se entusiasmó aun más asombrada por lo lejos de donde veníamos. Se presentó, diciéndonos que se llamaba Margarita, que tenía ochenta y dos años, que no era de Noja, que había pasado la mayor parte de su vida trabajando como secretaria en una empresa en Paris y que hace unos años, encantada con este pueblo se había comprado un departamento frente a la playa para vivir aquí. Dueña de una energía increíble y entusiastamente verborrágica nos ofició de anfitriona contándonos un montón de cosas. Tardamos en recorrer la playa más de dos horas que pasaron volando. Durante todo el recorrido insistía que quería mostrarnos una figura en la piedra que parecía un caballo y que según bajaba la marea aparecía. Se impacientaba al no encontrarla y la buscaba con insistencia, a nosotros nos daba pena que no la divisara y estábamos dispuestos a decir que la veíamos cuando alguna de las piedras lo justificase. De pronto dio un grito de alegría y nos señalaba diciendo "!allí, allí, allí está!". Creo que tanto Sara como yo nos alegramos más por su alegría que por divisar a la piedra con forma de caballito como decía ella. Le tomamos una foto pero igual no salió muy nítida, dejo a la buena voluntad del lector la posibilidad de verla y en ella el caballito, si no la ven, Margarita no se enterará. Después de eso caminamos un poco más y llegamos al final de la playa y al asfalto de la calle que desciende hasta ella. Nos despedimos de Margarita agradeciéndole su hospitalidad y nos fuimos a comer a un bar que estaba ahí nomas, frente a la costa. Disfrutando de la muy rica gastronomía española y teniendo en cuenta que estábamos en un pueblo de mar le entramos a una paella, como premio al esfuerzo de El Brusco. Después de eso nos fuimos a ocupar la pensión, repetir las diarias tareas de acondicionamiento y a descansar. Al caer la tarde salimos a dar una vuelta por el pueblo, comimos algo liviano y a dormir; las curvas de ascensos de la etapa del día siguiente nos estimulaban a hacerlo.

 

Continuará en : Etapa catorce, de Noja a Guemes. 

 

 

 

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