26 de junio de 2018: Etapa diecisiete, de Mogro a Santillana del Mar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta etapa podría compararse con la estructura de una novela o un cuento que tiene un bonito principio que estimula a la lectura, un núcleo achatado sin demasiados matices y que sorprende con un final fantástico.

Salimos de Mogro con una mañana nublada y templada que facilitaba la marcha, anduvimos por suelo asfaltado rodeados de árboles y del canto de los pájaros, un escenario muy lindo, vimos una ermita y luego una iglesia. En un momento pasamos frente a una casa donde en su parque una máquina autónoma cortaba el césped, el sueño de todo cortador. El marco se mantuvo así hasta que después de varios repechos llegamos a un pueblito, que si mal no recuerdo se llamaba Mar. A partir de allí y durante muchos kilómetros el recorrido se hizo desolador y aburrido, a nuestro margen derecho, oficiando como una larguísima señal que no hacían necesarias las flechas amarillas corrían las tuberías de la empresa química Solvay, de tanto en tanto pasábamos o éramos pasados por alguna peregrina o peregrino que al igual que nosotros seguramente querían superar ese tramo. 

Finalmente las tuberías desistieron de seguir a nuestro lado y llegamos a la fábrica en Barreda. Ahí cruzamos un río llamado Saja, un cartel nos avisó que estábamos a siete kilómetros del final de la etapa y fuimos andando por carretera, para nuestra alegría el paisaje se iba embelleciendo cada vez más. Con ese renovado marco llegamos a la sorprendente Santillana del Mar, a la que llaman la villa de las tres mentiras, porque no es santa, ni llana ni tiene mar. Pero es dueña de una gran verdad: su impactante belleza y singularidad que hacen que uno se felicite por haber llegado hasta ella. Llegar allí es como meterse de golpe en calles del medioevo. La villa es en si misma un monumento histórico y recorrer palmo a palmo su empedrado es un deleite. Esas calles están habitadas por muchos talleres artesanos y amigables bares en los que es posible merendar leche con bizcochos. Por si todo esto fuera poco cuenta en las inmediaciones con la Cueva de Altamira, algo así como la patrona del arte rupestre. Santillana del Mar es para Cantabria su faro turístico.

La recorrimos a la llegada, sin importarnos el peso que a esa altura del día representaban nuestras mochilas. Luego nos dirigimos al Hotel Conde Duque de Santillana, un pintoresquísimo lugar cuyo propietario era aun más pintoresco. Después de ello salimos a recorrerla ya librados del peso. Luego de la cena volvimos a andar por su empedrado pero ahora con la distinta perspectiva que ofrece la noche y que hace a la villa igual de bella y sugerente.

Finalmente nos fuimos a dormir, podíamos decir que la etapa nos había ofrecido como desenlace la posibilidad de conocer Santillana del Mar y que nosotros habíamos aceptado y disfrutado enormemente de esa recompensa a los kilómetros caminados ese día.

 

Continuará en: Etapa dieciocho, de Santillana del Mar a Comillas

 

 

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