27 de junio de 2018: Etapa dieciocho, de Santillana del Mar a Comillas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Partimos de Santillana del Mar bajo la lluvia, nos marchábamos cargados con la riqueza de haber visitado la villa. Aunque íbamos a su encuentro todavía estábamos alejados del mar. Comenzamos a subir por una típica calle empedrada, para retenerla nos fijamos en su nombre: calle de los Hornos. Rápidamente Santillana fue quedando atrás y cruzamos una ruta para tomar una calle de asfalto en bajada, anduvimos por ella un rato, bajo la lluvia, y llegamos a un caserío. Al pasarlo nos llamaron la atención unas construcciones circulares con unas especies de ventanas angostas, yo fantaseaba con que tal vez tendrían algo que ver con la guerra. Una vez más, nuestras coordenadas nos condujeron a un encuentro que abriría la puerta a un suceso, así fue que, intrigados por esas construcciones interpelamos a un lugareño que caminaba en el mismo sentido. El nos explicó que eran antiguos depósitos de cereal, la pregunta abrió un fluido y ameno diálogo que continuó hasta que llegamos a las proximidades de Oreña, donde a la derecha vimos una iglesia muy antigua, que no parecía estar abierta, él nos dijo que era la Iglesia de San Pedro y  nos recomendó con énfasis que la visitáramos, que la misma la cuidaba desde hace mucho un joven que vivía en ella que siempre recibía con gusto a los peregrinos. Creo que de no haber sido por esa recomendación es probable que no nos hubiéramos detenido, quizás la lluvia y las ganas de continuar nos habrían hecho seguir de largo, lo que nos habría privado de conocer un templo muy interesante y a Gunther, así se llamaba el joven que la cuidaba. Recorrimos la distancia del camino hasta la iglesia y subimos las escalinatas, antes de que llegáramos a la puerta él salió a darnos la bienvenida y nos convidó a pasar, ofreciéndonos un vaso de jugo que había en una jarra y diciendo que tomáramos un par de las frutas que había en la mesa, que nos vendrían bien para el resto de la etapa. Luego nos invitó a recorrer la iglesia, el edificio es muy antiguo, Gunther nos dijo que fue construida en el año 1100 sobre los restos de una capilla, que después tuvo varias ampliaciones y que la ultima fue la reconstrucción en el año 1956 reparando los daños sufridos durante la guerra. Aunque no somos católicos practicantes, sentimos que el lugar tenía una particular atmósfera de paz y las sombras de la cruz del altar me invitaron a tomar un par de fotos. Permanecimos un rato en silencio y cuando nos disponíamos a irnos Gunther nos dijo que quería regalarnos algo, dicho esto tomó dos zamburriñas pintadas por él, una con la imagen de la iglesia que me ofreció a mi y otra con el toro de la gruta de Altamira que le dio a Sara. Nos entregó un ovillo de hilo y nos dijo que lo cortáramos del largo necesario para colgarlo de nuestro cuello y que luego de cortarlo con el fuego de una vela lo pusiéramos cada uno en el cuello del otro. Así lo hicimos, le agradecimos el gesto y continuamos la marcha hablando del momento vivido.

Luego de andar un rato llegamos hasta Cigüenza con su particular iglesia construida en el siglo XVIII según el diseño de un indiano. Allí nos detuvimos para sentarnos un rato en un banco a comer las frutas que nos regalara Gunther. Después de ello retomamos el camino que nos condujo hasta Cobreces donde pasamos frente a un Monasterio y la iglesia de San Pedro de Advíncula. De allí pusimos la proa al mar y llegamos a la playa de Luaña donde comimos el tradicional pincho. Después de ello pasamos varios poblados hasta llegar a un bonito camino de tierra que nos conduciría hasta Comillas, arribo que celebramos ya que la etapa había sido medio extenuante con muchas subidas, por suerte el día había estado bastante nublado y fresco lo cual agradecimos ya que con sol y temperatura alta hubiera sido peor. 

Una vez en Comillas bordeamos toda la playa y llegamos a la pensión en la que nos alojaríamos que estaba ubicada frente al mar, al lado del faro y de una estatua dedicada a las pescaderas.

El resto de la jornada lo dedicamos a recorrer Comillas, un pueblo realmente encantador con una singular edificación, que van de su plaza central rodeada de casonas, la iglesia, la universidad, el cementerio, el palacio de Sobrellano, al lado del cual está un chalet llamado el Capricho de Gaudi, una original construcción del arquitecto catalán. El cansancio nos hizo dejar para la salida la mirada de algunos lugares y la toma de fotos. Cenamos el habitual menú peregrino y de allí a descansar, el cuerpo lo estaba pidiendo.

 

Continuará en: Etapa diecinueve, de Comillas a San Vicente de la Barquera

 

 

 

 

 

 

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