3 de julio de 2018: Etapa veinticuatro, de Ribadesella a Colunga

 

Esta fue una etapa tranquila, de veinte kilómetros, que comenzó cruzando un larguísimo puente sobre el río Sella a cuya salida tomamos por el muy lindo paseo de la playa de Santa Marina que está enmarcado por casas indianas. Enseguida topamos con una rotonda que tenía un barco pesquero en el centro. A la altura del segundo pueblito que cruzamos nos encontramos con una obra dedicada a las antiguas lavanderas. Esta etapa fue pródiga en paisajes y anduvimos por montes con vista a una serie de playas tales como La Vega, Arenal de Morís, La Espasa y La Isla. En Colunga, antes de llegar a la pensión, la detención inevitable habida cuenta la historia de mi madre, frente a un refugio antiaéreo de la guerra civil. Un precioso recorrido fue el de este día, que nos hizo detenernos a cada rato para intentar agregarle memoria fotográfica a la emotiva.

La jornada habría quedado registrada como una muy bonita y de tranquilo paso rodeados por la belleza de Asturias. Sin embargo, después de haber retomado la ruta N632 y cuando al pasar frente al hotel Monte y Mar nos disponíamos a obedecer a la señal del camino tomando a la izquierda por un un sendero que se veía totalmente cubierto de barro, la voz de una de las personas que estaban sentadas a una mesa nos advirtió "¡no toméis por allí, está intransitable, os conviene seguir a Colunga junto a la Nacional, también es una opción válida!". Así fue que gracias a la casualidad conocimos a José Antonio García Calvo y supimos de su increíble historia.

Nos detuvimos y nos acercamos a él para agradecerle el consejo, iniciando de ese modo una deliciosa conversación que sostendríamos durante el rato que permanecimos allí tomando algo. Junto a él estaba Fernando, el dueño del hotel quien nos introdujo en la historia de su amigo. José Antonio es un andaluz, nacido en el puerto de Santa María, en Cadiz. Su destino de marinero se inició ahí y navegó por los mares del mundo. En 1999, navegando como pescador de aguas profundas por el mar del Norte, en Noruega, su barco bacaladero sufrió un naufragio del cual él fue el único sobreviviente entre quince tripulantes.

El momento invitaba a prolongar la conversación, así fue que como sucede a veces en el encuentro entre peregrinos la seguimos. Durante la charla nos contó que estuvo nueve horas flotando entre dos cadáveres, mientras esto sucedía le prometió a la virgen del Carmen que si se salvaba recorrería todos los caminos del mundo en peregrinación visitando templos. Un rato después lo rescató un helicóptero. Luego del tiempo que estuvo internado se lanzó a cumplir su promesa, eso ocurrió en el año dos mil después de que lo recibiera el Papa Juan Pablo II y así fue como durante diez años recorrió 103.000 kms, nos contó que rezó en la catedral de Noruega, que visitó los templos de Tibet y Nepal, que estuvo en la gran mezquita de la Meca y que entre los templos a los que llegó está el de la Virgen de Lujan en nuestro país.

Es dueño de un fantástico humor y a cada rato brota un chiste de su ingenio andaluz, cosa que mecha con alguna reflexión profunda, dice que su camino fue duro, muy duro, pero que igual lo define como bonito. Enseguida sale de ese clima y habla de la enorme cantidad de anécdotas que juntó en su peregrinar, y de su libro que titula: "Los tres enemigos del peregrino: los curas, los perros (de dos patas) y los pies."

Y así, entre chistes, reflexiones y anécdotas discurrió uno de los momentos más bonitos que Sara y yo vivimos en nuestra condición de peregrinos del Camino del Norte a Santiago de Compostela. Fernando me invitó a firmar el libro de peregrinos que tiene en el hotel, lo que acepté de buen grado, es muy lindo dejar huella escrita del paso por un lugar. Después nos despedimos cordialmente de él y de Pepe, así le dicen a este formidable peregrino, y comenzamos a andar los pocos kilómetros que nos separaban de Colunga. Naturalmente este encuentro fue el tema central de conversación hasta nuestra llegada y también durante la cena.

Hoy, al escribir el diario de esta etapa, se me ocurre pensar en una analogía entre él y yo que va más allá del "Pepe" que nos une. José Antonio inició su camino andariego después de salvarse de la muerte, y yo, desde aquella primera vez que subimos a la Laguna de los Tres en El Chalten que nos lanzó a Sara y a mi a nuestro propio camino andariego, sostengo como hipótesis que esto lo hacemos como una manera de engañar a la muerte, convertidos en blancos móviles. Bueno... permítaseme esta digresión en el relato de la etapa de este día, y que surge de cierta manía mía de establecer analogías.

 

Continuará en: Etapa veinticinco, de Colunga a Villaviciosa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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