4 de julio de 2018: Etapa veinticinco, de Colunga a Villaviciosa

 

En esta etapa nos distanciamos del mar, la zona se volvió montañosa y rural y la lluvia, por momentos torrencial, fue la gran protagonista de la jornada.

Con el cielo amenazante de lluvia salimos de Colunga por su calle principal que es en definitiva la ruta nacional que cruza el pueblo, luego tomamos por otra ruta por la que andaríamos varios kilómetros, ni bien comenzamos a transitarla comenzó a llover, por momentos con bastante intensidad. Subimos una cuesta bastante esforzada y descansamos un poco, de la subida y de la lluvia, en el pórtico de una vieja iglesia.

Siempre bajo la lluvia retomamos la marcha y encaramos una muy larga trepada mucho más esforzada que la anterior, pasamos por un par de caseríos y con muchas ganas de que finalice la subida llegamos a un pueblito donde empezamos a bajar hasta llegar a Priesca donde se encuentra la muy antigua iglesia de San Salvador, declarada monumento nacional y que es del período prerromanico, termino con el que se define a los tiempos del arte medieval en la Europa de occidente. Es un lugar que merecía la pena visitar por su singular belleza, para no mentir debo decir que salir un poco de la lluvia también nos motivó a llamar a la cuidadora para que nos abra. La señora nos atendió muy amablemente y nos mostró la iglesia, fue una muy interesante visita para matizar un día que venía medio gris.

Sin llover, pero con la amenaza de que pronto volvería a hacerlo retomamos el camino y a poco de andar entramos a un sendero boscoso muy bonito. Ni bien lo hicimos comenzó a llover fuertemente, el agua cruzaba el sendero con mucha fuerza y el día se oscurecía un montón. Con espíritu aventurero seguimos adelante, aunque no puedo negar que la situación empezaba a imponernos respeto. En un momento el sendero se puso empinado, el agua bajaba con fuerza y costaba subir, había muchas piedras y nos obligaba a andar con mucho cuidado para evitar algún resbalón. Finalmente, con alivio y felices por la aventura transitada pero siempre bajo la lluvia llegamos al asfalto y por un viaducto cruzamos la autopista. El cartel del albergue de Sebrayo nos hizo pensar en quedarnos pero decidimos seguir los seis kilómetros que nos faltaban para culminar la etapa.

Por un camino a la par de la autovía y después de un larguísimo y aburrido rodeo en el que la cruzamos por un puente para llegar a una ruta por la que al rato volvimos a cruzarla otra vez por abajo entramos a Villaviciosa, siempre lloviendo.

Con gran alegría llegamos al hotel Carlos I, una joya de alojamiento en una casa de más de cuatrocientos años en la que nos encantó alojarnos. La dueña nos recibió muy hospitalariamente y con gran amabilidad. Como hacen con los peregrinos que se alojan allí nos regaló una vianda para el día siguiente en el que había atravesar una cuesta muy grande.

Ya alojados nos dedicamos a acondicionar todo después de tanta lluvia, sobre todo las zapatillas que no solo estaban embarradas sin empapadas. Después de ello y ya sin lluvia salimos a recorrer la villa, un lugar muy lindo y pintoresco y en cuyo recorrido nos volvió a invadir el encanto que nos produjeron otros sitios.

La recompensa final fue la cena en un cálido y amigable restaurante. La camarera nos brindó una muy cordial atención y disfrutamos del más abundante de los menús peregrinos de todo el camino, el mismo estaba compuesto de tres platos muy abundantes, postre, vino, gaseosa(asi llaman a unas botellas de agua gaseosa con limón) y café. Con buen apetito dimos cuenta de todo y por un muy módico precio. Después de una etapa bastante complicada fue un verdadero placer haber estado en Villaviciosa.

Había varias mesas ocupadas por peregrinos y así tuvimos el primer contacto con Oscar y Jorge, dos jovenes colombianos que hace años residen en Buenos Aires y que también estaban haciendo el camino desde Irun. Conversamos un poco con ellos de mesa a mesa y ahí nos enteramos de que ese sendero boscoso que tanto nos costó atravesar, cuando ellos quisieron recorrerlo no pudieron porque el agua lo impedía lo que los obligó a llegar a Villaviciosa por la ruta.

Con el clásico "Buen Camino" nos despedimos y charlando sobre el episodio del sendero nos fuimos a dormir, todavía no sabíamos que la etapa del día siguiente sería una de las más agotadoras de nuestra aventura como peregrinos.

 

Continuará en: Etapa veintiséis, de Villaviciosa a Gijón.

 

 

 

 

 

 

 

 

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