5 de julio de 2018: Etapa veintiséis, de Villaviciosa a Gijón

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Iniciamos la etapa con la ya consabida amenaza de lluvia, la que por suerte no se concretó. Alertados de que esta era una de las etapas mas duras del camino por las dos importantísimas cuestas a subir, salimos temprano El tramo inicial fue un muy lindo paseo por un parque, luego por asfalto pasamos por un pueblo llamado Amandi con una bonita iglesia. Enseguida nos encontramos con una sidrería (la sidra es la bebida que caracteriza a Asturias y hay infinidad de sidrerías donde el servirla es un verdadero arte, para hacerle honor a esa artesanía anoche en Villaviciosa disfrutamos de un par de vasos) y doblamos por una calle para después cruzar un puente medieval en loma sobre un río cuyo nombre no anoté y que ahora lógicamente no recuerdo.

Luego de haber andado unos cuatro kilómetros llegamos a Casquita donde se presenta una disyuntiva muy importante: tomar a la izquierda hacia Oviedo para hacer el Camino Primitivo o seguir de frente hacia Gijón para continuar por el del Norte. Por una suma de razones que van desde lo paisajístico a lo afectivo nosotros desde el principio habíamos decidido ir a Gijón. Nos detuvimos un momento frente a una casa en la que había un espacio con vieiras pintadas con la cruz de Santiago que uno podía llevar dejando un pago a voluntad y también un sitio para descansar. Esa parada fue importante ya que al poco de retomar la marcha posibilitó que nos encontráramos con una señora que salía de su casa y que, al distinguirnos como peregrinos, nos detuvo para advertirnos que tuviéramos cuidado ya que un poco más adelante alguien había alterado una señal y nos explicó que camino tomar para evitar perdernos y hacer muchos kilómetros de más, en una etapa que ya de por sí era larga esto hubiera sido muy malo. Le agradecimos su gesto y seguimos la marcha hablando de este nuevo encuentro casual.

Unos kilómetros más adelante y cuando ya debíamos llevar recorridos diez iniciamos el ascenso al Alto de la Cruz, ¡450 mts en durísima subida! Verdaderamente fue un esfuerzo tremendo subirlo. Lo tomamos con mucha calma y haciendo las necesarias paradas para tomar resuello, esto nos permitía no solo recuperarnos sino disfrutar de unas vistas espectaculares. En cada loma que subíamos alimentábamos la esperanza de que sería la última diciéndonos que ya estábamos cerca de la copa de los árboles y que más no íbamos a subir, pero no, cada recodo nos derribaba la ilusión. Finalmente, con nuestro físico acusando el impacto, llegamos por fin a la última que nos desembarcó en el Alto: la vista era magnífica y un precioso valle se veía en el fondo, se lo notaba rural y con ganado.

Después de ello empezamos a bajar por asfalto, bueno... bajar era poco decir, así como empinada había sido la subida, inclinada era la bajada y con nuestras rodillas en queja avanzábamos a toda velocidad.  Así llegamos a Peón, pasamos por su iglesia llamada de Santiago y después nos dirigimos a un bar llamado Casa Pepito donde compramos bebidas y en unas mesas dispuestas afuera dimos cuenta de la vianda que nos obsequiaran el día anterior en el Carlos I. A esa altura el día estaba pletórico de sol. A poco de estar ahí llegaron los dos jóvenes colombianos que habíamos encontrado la noche anterior en la cena. Se sentaron al lado nuestro e iniciamos una muy amena conversación, así supimos que tenían poco más de treinta años, que uno era economista y el otro ingeniero y que vivían juntos en Buenos Aires, que ambos se habían quedado sin trabajo unos meses atrás y que habían juntado sus indemnizaciones para tomarse un año sabático viajando por el mundo y que su itinerario incluía el Camino del Norte, el que habían empezado en Irun días después que nosotros, su juventud les permitía hacer las etapas no tan divididas como nosotros lo que les permitió alcanzarnos en Villaviciosa. Oscar y Jorge, así se llamaban los jóvenes, son dos personas muy simpáticas, daba gusto conversar con ellos y disfrutamos el encuentro. LLegado el momento de retomar la marcha intercambiamos los números de teléfonos y convinimos en que seguramente nos volveríamos a cruzar a lo largo del camino para continuar la charla.

A poco de andar comenzamos a ascender el Alto del Curbiello, el segundo de la etapa de 275 mts de altitud, menor que el anterior pero no carente de dificultad y exigencia de esfuerzo, bueno... tal vez a esa altura del día nos pesaba el otro. Finalmente y ya en franco descenso llegamos a Deva: el pueblito donde habíamos planeado dormir. Comenzamos a buscar el lugar para alojarnos y no lo encontramos, la opción de búsqueda ofrecía muchas subidas y a esa altura, con casi treinta kilómetros en el lomo, las mismas no nos atraían. Preguntamos en el camping pero nuestro equipamiento no era apto para quedarnos allí. Así que, nos miramos, y en mutuo asentimiento decidimos arremeter el tramo hasta Gijón. Elegimos la opción del camino oficial y por un sinnúmero de calles de barrios residenciales entramos a la ciudad por la larga calle Ezcurdia.

Llegar a Gijón era para mi volver a un sitio familiar, se trataba de mi sexto arribo a este hermoso y hospitalario lugar, en el recorrido de entrada sonaban en mi memoria ecos de viejos momentos: la entrada con mi prima Isabel por la calle Carlos Marx para la primera presentación de Espejos de dolor en el Ateneo Obrero, las otras presentaciones de esta misma obra, la de Pompilio Madrigal, otro de mis libros, en el Bar La Revoltosa y la de mi novela Ouroburus en la Librería Imperia. Y también estaba el reciente éxito de la presentación en ese mismo lugar del libro que le editáramos a Fini Gómez Pérez, con ella nos encontraríamos el día siguiente en Librería Imperia, al igual que con Ana y Marje, sus dueñas. En una palabra, llegar a Gijón era para mi como llegar a casa. Ya atardecía cuando llegamos al Hotel Castilla donde me alojara en otras ocasiones, tuvimos la fortuna de ocupar la última habitación disponible, estábamos en verano y los alojamientos de Gijón suelen estar completos.

Dejamos las cosas en la habitación, nos duchamos y ya oscureciendo salimos a cenar, lo hicimos en una mesa en la vereda de la famosa calle Corrida. Estábamos realmente cansados y no era para menos: habíamos caminado poco más de treinta y seis kilómetros.

 

Continuará en: Etapa veintisiete, recorrido de Gijón y llegada a Perlora

 

 

 

 

 

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