7 de julio: Etapa veintiocho, de Perlora a Avilés

Esta etapa hasta Avilés es probablemente la más aburrida del camino ya que en su trazado oficial se anda mucho sobre asfalto y por zona industrial. Lo más bonito que tiene es la ciudad de Avilés, en la cual recorrer su casco viejo resulta bastante atractivo junto con sus palacios e iglesias.

Felizmente la circunstancia de salir de Perlora mejoró mucho la cosa ya que si bien sin grandes paisajes anduvimos buena parte de la etapa a campo traviesa. Pero lo mejor que tuvo fue el hecho de que nos acompañaran Fini y Ángeles, ambas hicieron que los veinte kilómetros que anduvimos se nos pasaran sin darnos cuenta. Ángeles es dueña de una gran simpatía y un humor fantástico que ejerce a través de su locuacidad, arrancándonos a cada rato una carcajada. Tiene una historia de vida muy rica y ha atravesado muchas circunstancias difíciles, es una de esas naturales sobrevivientes que supera toda clase de obstáculos. Las anécdotas del tiempo que pasó en Perú, Budapest y el sur de España son muy ricas y ella las narra con particular encanto. Cuando nos quisimos dar cuenta estábamos ya en la ruta de entrada a Áviles de camino a su casco viejo, donde estaba la pensión en la que dormiríamos. Una vez ubicada la portada de la misma nos sentamos a tomar algo en una mesa en la vereda dando inicio a la despedida, transcurrido un rato de conversación desembocamos en el adiós, nos saludamos afectuosamente y les dimos las gracias a ambas por el acompañamiento y hospitalidad, luego ellas se marcharon a tomar el tren a sus casas. Eran estas dos últimas jornadas otros de esos momentos que se atesoran en el anaquel de los buenos recuerdos.

Ingresamos a la pensión atendida por su dueña y un enorme perro que la seguía a todas partes. El lugar distaba mucho de tener altos estandares de limpieza y las camas cuchetas de la habitación no parecían muy acogedoras y se las veía una tanto inestables, el baño quedaba muy lejos de la pieza y competía con esta en falta de higiene, pero bueno, esto también formaba parte de las contingencias peregrinas así que lo tomamos con humor y riéndonos nos dijimos que esto engrosaba el caudal de anécdotas. Mientras acomodábamos nuestras mochilas surgió el único conato de problema físico que tuvimos en todo el camino: unos kilómetros antes de llegar a Avilés yo había sentido un tirón en la espalda el que le atribuí a un movimiento que hice con la mochila, cuando estaba subiendo esta a la litera de arriba se repitió con mucha intensidad, paralizándome, el dolor se tornó muy fuerte y me dobló en dos. Con mucha dificultad me recosté en la cama, pero el malestar no solo no cedía sino que crecía en intensidad, en ese momento se me cruzó la angustiante idea de que no podría seguir. Entre la batería de medicamentos que llevábamos por cualquier emergencia había unos comprimidos de diclofenac mas un relajante muscular, dispuesto a darle batalla al malestar para poder seguir camino me tomé uno y me quedé acostado. Estuve así unas horas en las que dormité. Pasado ese tiempo empecé a probar de moverme y noté que aunque aun latente el dolor había cedido muchísimo, cosa que me llenó de alivio. Decidido a alimentar la mejoría fui a bañarme y dejé que en la zona afectada me cayera agua caliente un buen rato, por suerte en esto la pensión estuvo a tono.

El matrimonio de avilesinos con el que conversáramos en Castro Urdiales nos había recomendado un lugar para comer esa delicia de la cocina asturiana que es el cachopo (dos bifes de carne rellenos con jamon serrano y queso cabrales y luego empanados) acompañado con papas fritas. Como vimos que ese sitio estaba bastante lejos de la pensión decidimos comerlo en algún otro más cercano. Una vez listos y para probar el estado de mi espalda con vistas al día siguiente salimos a hacer una breve caminata por los alrededores. Por suerte me sentía bien, con algunas molestias pero podía caminar, anduvimos unas cuadras y sacamos unas pocas fotos de los edificios que nos llamaron la atención. Finalmente dimos con un restaurante muy lindo a dos cuadras de la pensión y entramos allí para agasajarnos con el cachopo que nos prometiéramos. El mismo no nos defraudó y disfrutamos de un excelente plato. Si pasás por Asturias alguna vez el cachopo es una cita obligada.

Luego de ello y chequeando el comportamiento de mi espalda baja volvimos a la pensión, una vez en la pieza me tome otra pastilla del medicamento y me acosté con cierta molestia y la intriga de como estaría mi espalda al día siguiente para cargar la mochila durante nada más ni nada menos que durante veintiséis kilómetros con alguna que otra subida.

 

Continuará en: Etapa veintinueve, de Avilés a Cudillero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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