10 de julio: Etapa treinta y uno, de Novellana a Cadavedo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Durante el tránsito de esta etapa caímos una vez más en la tentación de decir que era una de las más hermosas del Camino, a sabiendas de que en alguna de las siguientes sentiríamos lo mismo. Lo cierto es que es de una belleza muy grande, con sus bosques, cursos de agua, ballotas, increibles vistas del Cantábrico y la formidable Playa del Silencio. El enunciado de "etapa corta" que nos hacíamos la noche anterior a tramos como estos de apenas catorce kilómetros ya no nos garantizaba comodidad en el andar, el trayecto hasta Cadavedo se encargó de validar esta nueva sensación. Recorrerla fue tan hermoso como complejo.

A poco de salir de Novellana llegamos a la primera ballota del día, la que habíamos cruzado el día anterior había oficiado de anuncio. Hoy cruzaríamos seis, cada una más difícil que otra. Complicaba la cosa que las lluvias recientes y el paso de ganado  habían vuelto muy barroso el suelo en un par de ballotas y por momentos no quedaba otra que meter el pie en el barro casi hasta los tobillos, en algunos tramos, en un intento por evitar esto, caminábamos por el borde sobre el pasto, el problema es que esto nos obligaba a pegarnos a las hortigas que se hacían un festín con nuestros brazos dejando huellas que ardían como loco. No se sabía que era peor, si el remedio o la enfermedad, como otras tantas de las contingencias que llevábamos acumuladas lo tomamos con humor. Por suerte en el resto de la etapa el suelo estaba firme. Otro problema eran algunos de los cursos de agua que había que cruzar sobre piedras mojadas, con el riesgo de una caída que podría traer desagradables consecuencias. En una de ellas Sara estuvo a punto de caerse de cara a las piedras, por alguna de esas cuestiones de reflejos que uno no sabe que tiene, alcancé a estirar muy rápido el brazo izquierdo para sostenerla, esto le dio la posibilidad de evitar caerse apoyando el bastón. Supongo que por el aventurero espíritu de peregrinos que se había apropiado de nosotros ninguna de estas peripecias afectó nuestra marcha ni el ánimo, por el contrario, nos sentíamos felices de hacer el Camino superándolas.

Así como intensas fueron estas peripecias, enorme fue la recompensa con forma de paisajes: ballotas, bosques, senderos, la preciosa playa del Silencio y acantilados con el Cantábrico desplegando su imponencia, colocándonos en privilegiados espectadores. 

Una vez que pasamos por Castañeras y la playa del Silencio fuimos a Santa Marina, llegamos a Ballota y después de andar por la ruta unos metros bajamos por un camino de tierra para enfrentar la quinta ballota, cruzamos un río llamado Cabo por un puente de piedra y después fuimos en fuerte subida por un sendero entre cerrada vegetación, aquí el barro y las hortigas nos rodearon. Luego de dejar atrás un pueblo anduvimos por un sendero forestal en los bosques y cerquita de los acantilados, por un pequeño valle disfrutamos de increíbles vistas sobre el mar. Pasamos por un par de caseríos, salimos de la ruta por un sendero de hierbas y cruzamos la última ballota. Después de una fuerte subida llegamos finalmente a Cadavedo y al merecido descanso.

 

Continuará en: Etapa treinta y dos, de Cadavedo a Luarca

 

 

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