24 de julio: ¡Etapa cuarenta y cinco, entrada al Obradoiro!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Empujados por el entusiasmo de la llegada nos levantamos antes del amanecer, desayunamos y con las primeras luces del día nos pusimos en marcha. Esa sensación entre pecho y espalda que produce la excitación nos acompañaba. Aquello que habíamos imaginado tantas veces durante el año de entrenamiento en el Parque Sarmiento y que se fuera configurando durante los últimos cuarenta y cuatro días estaba por ocurrir: ¡en 19 kilómetros estaríamos llegando a Santiago de Compostela!

Salimos por un precioso sendero que, generoso, ofició de despedida de los tantos que con mucha belleza habíamos atravesado. El camino estaba superpoblado de peregrinas y peregrinos que caminaban con el mismo entusiasmo que nosotros. Nos cruzamos con varios conocidos: los matrimonios de Getafe, la madre de Valencia con su hijo, las dos mujeres de Avilés y otros con los cuales si bien no habláramos nos habíamos cruzado en las últimas etapas. Cada quien manifestaba la alegría de distinta manera: conversando animadamente, riendo o cantando, nosotros atravesamos todos esos estadios.

Hicimos la parada obligada en el Monte do Gozo, precioso lugar con hermosas vistas. Allí nos entrevistaron para la televisión, a la noche, Nerea, de la Casa Rural de Bi Terra nos envió un mensaje diciéndonos que nos había visto.

A partir de allí iniciamos el descenso hacia Santiago, esos cuatro kilómetros se nos hicieron cuatro cuadras y los ocho kilos de la mochila se convirtieron en ochocientos gramos. 

Una vez cruzada la ciudad se prrodujo la maravilla y desembocamos en el puerto tan ansiado: ¡el Obradoiro! Éramos muchos viviendo lo mismo, la casualidad hizo que un sonar de trompetas nos diera la bienvenida. Cumplimos la tradicional ceremonia y subimos las escalinatas de la Catedral. Todo era alegría y felicidad, sacábamos fotos y filmábamos como queriendo perpetuar el momento e íbamos de la risa al quiebre de voz que preanuncia el llanto. Mi intención de poner en palabra escrita la intensa emoción que vivimos se vuelve muy trabajosa, por no decir imposible.

En ese momento se cruzaban por mi cabeza muchas cosas, la analogía vital que hacer el camino me ofrecía con relación a los más de cuarenta años que por la vida venimos caminando juntos con Sara. Conocer Santiago de Compostela me traía el recuerdo de los relatos de mi madre sobre los años que pasó en esta ciudad bregando por el indulto de mi abuelo, encarcelado en la prisión local por el franquismo, lo que me contaba mi tía abuela Pilar que junto a Manuel, primo de mi vieja, la acompañaron. Él era estudiante de farmacia y como tal formó parte de la tuna de la Facultad de Farmacia. Me llegaba desde muy lejos la voz de mi tía abuela entonando "Cuando la tuna te de serenatas no te enamores..." 

Y por sobre todo esto la esperanza de futuro que te entrega un suceso tan movilizante como este. Mucha, pero mucha emoción movilizando todo.

Una vez que la intensidad del momento comenzó a ceder nos fuimos a la Oficina de Recepción para presentar nuestras credenciales selladas y obtener así los diplomas de haber hecho el camino y el del camino hecho y la cantidad de kilómetros del mismo recorridos, en nuestro caso la felicidad de que ese número mostrara la totalidad del recorrido: ¡815 kms!

Luego vino la despedida de los que estaban allí con nosotros, como la valenciana y su hijo, las amigas asturianas de Avilés y los matrimonios de Getafe y el hijo de uno de ellos. Con estos últimos y para rubricar el momento nos sacamos una foto.

De allí nos dirigimos al hotel donde nos hospedaríamos las dos noches siguientes y que estaba ubicado a cien metros de la catedral.

Después de haber descansado un rato salimos a pasear, ya sin mochilas, y compramos algunos recuerdos. Más tarde entramos a la Catedral, la visitamos, vimos el sepulcro del Apostol y cumplimos el ritual de subir las escalinatas del altar para abrazar a Santiago por detrás.

A la noche fuimos a por nuestro menú peregrino. Esa no era una noche cualquiera, el día siguiente era el día de Santiago y eso se celebraba en la víspera entre fuegos de artificio, proyecciones en las paredes de la Catedral y espectáculos varios. Todo nos sabía a celebración y festejo. No habíamos elegido llegar en esa fecha, eso se produjo de casualidad y lo descubrimos un tiempo antes de emprender el viaje. Finalmente, cansados, nos fuimos a dormir, todavía nos quedaba a la mañana siguiente ir a la misa principal para ver en acción al Botafumeiro.

 

Continuará en: Etapa siguiente, del Camino de Santiago al Camino de la Vida

 

 

 

 

 

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