Aquellas ilusiones...


El árbol de la casa de la esquina del Pasaje Budapest, frente a la plaza, se parece al árbol de la casa de mi infancia. Me gusta desembocar en la plaza por el Pasaje Budapest, a veces me siento en un banco y hablo con ese árbol. Le hablo sobre su parecido, le digo que cuando yo era niño me sentaba a hablar con mi árbol y lo veía grande, como me pasa ahora con él.

Seguramente, si volviera a la casa de mi infancia seguiría viendo grande a mi árbol: él, igual que yo, debe haber crecido. También sé que la calle ya no debe ser de tierra y no existirá la zanja que como imaginario río corría por la vereda. Le cuento que cada diciembre mis padres vestían de fiesta a mi árbol. A mí me encantaba que Santa Claus (así llamaba mi madre a Papá Noel) dejara en él regalos para nosotros y los vecinos. Era una celebración el patio delantero de mi casa esas noches. Al atardecer, después de jugar, nos sentábamos con Julieta, Rodolfo y Sebastián frente al árbol, en la parecita, a comer las mandarinas que habíamos sacado de la planta de una vecina y a hablar de nuestras ilusiones. Éramos felices compartiendo sueños.

Cuando terminé de contarle estas cosas a este árbol pensé que un día de estos podría volver a la casa de la calle de mi infancia para visitar a mi árbol, pero me dije que no. Mejor, sigo regresando a esta plaza con la ilusión de seguir hablándole de mi árbol y de aquellas ilusiones, al árbol de la casa de la esquina del Pasaje Budapest.

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