Dibujos en el aire


Pintura de José Lopez Canito, Pintor español


De niños, Alejo y yo jugábamos en las calles de tierra de nuestro barrio; siempre me maravilló la capacidad que mi amigo tenía para inventar fantásticas historias. Con gran facilidad hilvanaba palabras que al unirse quedaban flotando en el aire como viñetas. En los primeros años de colegio, la afición al dibujo irrumpió en su existencia y entonces, el lápiz se convirtió en el perfecto instrumento para que sus historias cobraran vida. Cuando nos llegó el tiempo de la lectura, él se apasiono por las aventuras del Quijote, allí su ingenio pobló las hojas de sus cuadernos con la figura del ingenioso Hidalgo procurando hazañas por las calles de Buenos Aires. Ya en la universidad, su lápiz se hizo lanza, su pensamiento adarga, su ser quijotesco, y se lanzó a la aventura de perseguir ideales que nacían en la ronda de cafés del viejo bar en donde nos reuníamos con nuestros compañeros, que él llamaba su castillo. Yo, cual fiel Sancho —figura que mi apariencia remedaba— lo seguía leal e incondicionalmente y lo arengaba permanentemente a tomar precauciones. En su afán de un mundo mejor, cada vez se arriesgaba más, sin tener en cuenta que lo que enfrentaba no eran inofensivos molinos sino los recovecos de oscuros lugartenientes del terror, quienes, una vez tendida la celada en la cual lo atraparon le hicieron pagar su rebeldía con el valor más caro. Con el tiempo supe que a pesar de las torturas él nunca les contó de mí, garantizando de ese modo mi vida con la suya. Pasados los años, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que sigo cargando yo sus sueños y que nunca los abandonaré.

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