El Viajante


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En la medida en que se aleja de su última parada, los multicolores e imponentes cordones montañosos le brindan a Ramiro una cálida protección, y la ruta que se estira frente a sus ojos como una cinta plateada se funde con el atardecer. Mientras tanto, en el equipo de audio suenan las cuatro estaciones de Vivaldi; la grabación, como integrándose con el paisaje exterior, entrega los acordes correspondientes a la primavera.

Mientras hace un cambio, Ramiro, acostumbrado a largos soliloquios a bordo de su camioneta, consecuencia sin duda de tantos kilómetros recorridos en soledad, se pregunta si será correcto lo que está por hacer.

Recuerda con cierta mezcla de rabia e impotencia el doloroso malestar que hace un tiempo le causara aquel oscuro e ignoto empleado público. Vuelve a su memoria la imagen del funcionario diciéndole:

— Señor Nicolaus, no insista, no es posible que le renovemos el carnet de conductor. Usted acaba de cumplir setenta y ocho años y la reglamentación vigente prohíbe renovarle la licencia a personas de su edad.

Más allá de la frustración y la angustia que le provocara esa circunstancia, lo que más le había molestado fue el tono despectivo con que pronunciara:

— A personas de su edad — como si se refiriese a alguna peligrosa especie.

Él se siente fuerte y vigoroso y a pesar de sus años se lo ve ágil y activo, tiene una gran velocidad mental y una prodigiosa memoria, conserva buena parte del cabello libre de canas, no usa anteojos, unos vivaces ojos negros transmiten una gran capacidad de atención y su estilizada figura rubrica una imagen saludable.

Con esa asombrosa rapidez con la que los pensamientos se mueven cuando uno conduce, Ramiro vuelve al momento actual.

Lleva ya muchas horas conduciendo y solo el afán por llegar a aquel pequeño pueblo del norte en el cual le han dicho que podría hallar solución a su problema le hace seguir al volante.

Recuerda que la existencia de ese lugar le fue mencionada por uno de sus nuevos clientes, una persona muy joven que se había preocupado mucho por ayudarlo cuando él le contara su problema.

Ramiro vende papeles para regalos. Su actividad crece en las fechas especiales llegando a su pico máximo en las vísperas de las navidades. Es esa la época del año en la que más disfruta de su trabajo ya que escoge meticulosamente cada uno de los motivos de los papeles que cargará en la camioneta. Cada vez que lleva a cabo la selección se deja llevar por la imaginación pensando en las ocasiones en que será usado cada uno. En esos momentos cruzan por su mente muchas imágenes, predominando las de niños rompiendo afanosamente esos papeles para descubrir, con la capacidad de asombro intacta, que juguete le ha traído Santa Claus.

Atado a ese pensamiento le llega el recuerdo de su esposa Beatriz, de tantas navidades compartidas con ella y de lo felices que fueran. Como siempre, siente el dolor que aún le causa su ausencia: le pesan los cinco años transcurridos desde su muerte. Esto lo lleva, como es habitual, a preguntarse porque la vida no les habrá dado hijos.

Durante mucho tiempo soñaron con ello, discutieron nombres e imaginaron como los educarían inculcándoles altos valores. Él siempre decía que le encantaría verlos jugar a su alrededor mientras en el taller del fondo de su casa se dedicaba a su pasión: a Ramiro le encanta trabajar la madera y talla figuras de todo tipo. De sus manos salen delicadas piezas. Es muy raro visitar su casa y no llevarse alguna de regalo, la generosidad es también una característica saliente de su personalidad.

Viene a su memoria aquel poema de José Pedroni del que siempre soñó ser actor y que comienza diciendo: <<Haz con tus propias manos/la cuna de tu hijo, /que tu mujer te vea / cortar el paraíso>>

Un pájaro que cruza frente al parabrisas lo regresa a la realidad. Sigue su vuelo y ve que se pierde en una hilera de viñedos. Esta imagen lo transporta los primeros años de su vida de viajante, a aquellas ambiciones de prosperar, a la militancia en el sindicato, a los amigos del camino, a los asados compartidos, a la guitarra que inevitablemente aparecía cuando promediaba el vino y, cobijada en los brazos de un circunstancial compañero, entregaba generosa los acordes que fecundándose en la poesía nacerían canción.

Esa mezcla de recuerdos le produce una congoja tan fuerte que oprimiéndole el pecho lo obliga a detenerse a un costado del camino.

Pasan algunos minutos hasta que se le pasa esa sensación, una vez repuesto aprovecha para sacar de la guantera el mapa en el que aquel joven cliente le marcara el lugar exacto en que se halla el pequeño pueblo. Nota que solo le faltan treinta y cinco kilómetros para llegar al punto señalado, también repara que está a veinte del cruce de Cuatro Esquinas.

Más allá de que el pueblo no figura en los mapas, seguramente por ser tan pequeño, le llama poderosamente la atención no conocerlo o por lo menos haber oído su nombre: Villa Aurora Boreal. De todos modos, por alguna razón que no precisa, confía en aquel cliente.

Vuelve a subir a la camioneta y advirtiendo que aparecen las primeras sombras decide recorrer esos veinte kilómetros que faltan para el cruce y detenerse a pasar la noche en la Hostería del Caballito Blanco, lugar que hace mucho tiempo conoce y que en una época tuviera además dos estaciones de servicio con gran movimiento. Luego, con el paso de la autopista, quedó reducido a la sola existencia de la hostería. Pernoctar allí le permitirá a la mañana siguiente llegar a la villa muy temprano y bien descansado.

Con una agradable sensación de alivio llega al cruce y más por reflejo que por necesidad, pone la luz de giro, luego apaga el estéreo que sin solución de continuidad había seguido con las cuatro estaciones: en ese momento suena la primavera.

Finalmente ingresa y estaciona en la solitaria playa. Baja, saca del asiento del acompañante su viejo bolso de cuero y se dirige a la recepción.

Cuando abre la puerta, lo recibe un enorme árbol de navidad ubicado al costado del hogar; se da cuenta que está recién armado, mira el calendario colgado en la pared de la chimenea y recuerda que es 8 de Diciembre.

Se dirige al mostrador y, mientras espera que el joven recepcionista termine una conversación telefónica, piensa que a pesar del mucho tiempo que es cliente ya no queda nadie conocido. Bueno, — nadie no —, se dice a sí mismo: José, el viejo mozo del comedor aún está. Le llama la atención no verlo preparando las mesas para la cena.

El recepcionista cuelga el teléfono y le dice:

— Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle?

— Necesito una habitación.

El joven asiente con un gesto, toma una llave del tablero y abre el libro de pasajeros para completar los datos.

Ramiro, con el mapa en la mano, le pregunta:

— Dígame joven, ¿conoce Villa Aurora Boreal? — y respalda su pregunta señalando el punto que tiene marcado en el mapa.

El joven levanta lentamente la cabeza y dirige la mirada hacia el mapa. Tarda un momento como si estuviera meditando la respuesta y responde con un tono de interrogante sorpresa:

— ¿Villa Aurora Boreal?, no la conozco

Ramiro insiste y señalándole la marca en el mapa le dice:

— Me explicaron que queda aquí, a quince kilómetros de Cuatro Esquinas.

El recepcionista, con la vista fija en el