En el umbral


Imagen de Elias Sch. en Pixabay


engo la sensación de que las personas que cruzan delante de mí no me ven, aunque yo sé que no es así, simulan no verme, me evitan, están prevenidos por si se cruzan conmigo, me tienen miedo, aunque parezca mentira piensan que puedo hacerles daño. No saben qué hace ya mucho tiempo otros se ocuparon de mí convirtiéndome en esto.

Recuerdo el barrio, las calles de tierra, los sauces llorones, la tarde, el cañaveral, el calor, el olor a mandarina, los juegos infantiles, los gritos de los chicos cuando jugábamos, mis gritos alegres.

Hoy, a quienes pasan cerca de mí no les gusta que grite, se sobresaltan, no comprenden, no les gusta mi apariencia, se hablan entre sí, no saben qué hacer, tampoco se animan, no quieren comprometerse. No me importa lo que hagan, no les tengo miedo, ya no me pueden hacer más de lo que aquellos otros me hicieron.

El sol se ponía cuando regresaba a casa después de jugar a la salida del colegio, antes de entrar, a veces, yo sacudía el árbol que estaba frente a la zanja para ver si caía una granada, me gustaba mucho esa fruta, me divertía cuando mi madre simulaba enojarse mientras limpiaba de mi cara las huellas rojas que daban cuenta de mi banquete.

Ahora a ellos les molesta si mi boca se mancha cuando como o bebo, miran mal la caja de vino, les da asco, no va con sus buenas costumbres. Son unos hipócritas, seguro que hacen cosas mucho peores. Deben tener muy sucia el alma

Otras veces, cuando entraba a casa, iba al piso de arriba, a la pieza de mi hermanito, me encantaba verlo dormir en su cuna. En ocasiones llegaba cuando mamá lo estaba bañando, ella me dejaba ayudarla, después me mandaba a mí a que me bañara.

Hoy les da asco que no me bañe, hacen caras, mueven la cabeza, no me importa, les saco la lengua. No tengo casa, este lugar es mi hogar, no tiene baño, ¡mamá no está¡, ¿dónde está?

Cuando volvía de la escuela, tomaba la merienda, me gustaba mojar la galleta de trincha en la taza de leche con Vascolet. Escuchaba en la radio las aventuras de Tarzán y después hacia los deberes. Durante la cena mis papás escuchaban el programa de los Frunfrunos, me dejaban escucharlo con ellos, ¡pobres Frunfrunos, cuantas cosas les pasaban!

Este lugar está cerca de una escuela, las señoras van a buscar a sus hijos, la mayoría ni me mira, solo algunos pocos niños me sonríen muy de vez en cuando. ¿Les gustará tomar la leche? ¿Escucharán las aventuras de Tarzán? Yo hace mucho que no las escucho, no tengo radio.

Me gustaba ir a la secundaria, el colegio quedaba cerca de casa, me entusiasmaba estudiar Historia. Cuando volvíamos del colegio me quedaba charlando con Verónica en el umbral de su casa. Hablábamos de las injusticias sociales, nos preguntábamos que podíamos hacer para ayudar a que todo fuera más justo. Ella se enojaba mucho con los ricos, decía que podrían repartir algo de lo que tenían entre los más pobres. ¡Que linda que era Verónica!, que bien le quedaba el jumper gris.

Por delante de donde estoy ahora veo pasar muchas chicas de jumper gris, todas igualitas a Verónica, las acompañan muchos chicos igualitos a mí, van gritando y cantando, los llamo, me contestan mal, me amenazan, se burlan de mí, no me gusta, me da miedo que me peguen, me acurruco, me hago chiquitito. Escondo la caja de vino.

Me gustaba subir a la terraza de mi casa y desde ahí hablar con Verónica mientras ella tendía la ropa que había lavado su mamá. Qué bueno que era sentir el perfume a limpio que salía de la ropa, era el mismo olor que tenía Verónica. Ella tenía el alma limpia.

Mi ropa está sucia, hace mucho desde la última vez que la lavaron, fue cuando me llevaron a la comisaría porque algunas personas se quejaron. Hace un rato una señora me trajo una camisa limpita con muy rico olor, que raro, seguro que la van a retar porque hizo eso. Me la pongo, ¡qué bien huele! Mi alma esta triste.

¡Que linda la fiesta de egresados!, estábamos todos muy contentos. En el salón del club del barrio no cabía un alma más. Verónica se veía esa noche mas linda que nunca, estaba tan hermosa que tenía miedo de perderla y me animé a decirle que la quería, que quería ser su novio. ¡Qué lindo fue el primer beso!

Las chicas igualitas a Verónica y los chicos igualitos a mí vuelven a pasar delante del umbral, las chicas no usan jumper ni los chicos uniforme, pero llevan cuadernos y libros, algunos chicos le dan besos a algunas chicas, eso me da alegría, los miro y me río, los aplaudo, me acerco, se enojan, me insultan, me quieren pegar, me escapo y salgo corriendo.

¡Qué lindo era andar de novio con Verónica! Íbamos a la facultad, estudiábamos Abogacía. A mí me gustaba más Historia, pero quería estar cerca de ella. Volvíamos todas las noches caminando desde la estación hasta nuestras casas. A ella le seguían preocupando los pobres, trabajaba en la acción católica, salía a las villas a hacer tareas de ayuda, yo la acompañaba siempre, tenía miedo que le pasara algo.

A la vuelta hay una iglesia a la que a veces voy para que me den de comer. Hay un acto, se juntó mucha gente en la puerta, tienen carteles, prometen cosas, suenan bombos, se juntan todos y salen por la avenida cantando y gritando, van para el centro. Hay elecciones.

Verónica andaba muy excitada, el General finalmente estaba por volver. Ella decía que venían muy buenos tiempos, que por fin habría justicia social. Tan entusiasmada estaba que se había afiliado al partido. Como siempre yo la seguí, haciendo lo mismo.

Hay mucha alegría en la calle, y no es solo por las fiestas, parece que alguien ganó las elecciones. Es navidad, en la iglesia nos dan pan dulce y turrón. Yo consigo vino.

El General había vuelto, era presidente y la gente estaba alegre. Verónica trabajaba mucho y yo la ayudaba, frecuentábamos las villas, formábamos comisiones, visitábamos a los supermercados, controlábamos que no escondieran mercadería y que no cobraran de más. Verónica estaba muy contenta. Y yo era feliz.

Otra vez está por llegar la navidad, la gente ya no canta, hay mucho lío, dicen que en el centro andan a los tiros, que hay muertos, parece ser que el presidente renunció. Algunas mujeres dicen que vienen tiempos difíciles, que tienen miedo.

Era navidad, estábamos tristes, el general había muerto, se había equivocado con las personas que había elegido y las cosas iban cada vez peor. Papá había puesto luces y adornos en el pino del jardín de adelante. Papa Noel iba a venir igual, a mí me gustaba. Le había comprado un regalo a Verónica, pero ella tenía mucha pena. También estaba asustada, se hablaba de violencia, de persecución de nosotros, éramos los zurdos de mierda. Yo le decía que la iba a cuidar, que no le iba a pasar nada.

En la calle hay muchos policías, muchos patrulleros, la gente anda seria, no me gusta, tengo miedo, me escondo, no quiero que me vean. Me ven igual, me caen mal sus uniformes, los insulto, les grito, me quiero escapar, me corren, me alcanzan, me llevan arrastrando, les sigo gritando, me tapan la cabeza, me meten en el auto, andamos un rato, llegan a la comisaría, me bajan, me tiran en una celda, cierran, me dejan solo. Lloro y lloro. Llamo a mamá, a Verónica, me gritan que me calle, me duermo.

Ya habíamos cenado y abierto los regalos, estábamos sentados con Verónica en la puerta de su casa. De repente llegaron, aparecieron de golpe, tenían fusiles, eran muchos, les gritaba, les pedía que me llevaran a mí, no a ella, pero parece que no escuchaban. Primero nos pegaron, después nos subieron al auto. Llegamos a un lugar con un sótano, nos separaron. Estaba oscuro, se escuchaban desgarradores los gritos de Verónica, ¡qué desesperación! Grité que no le hagan nada, supliqué, lloré, pero nadie me hacía caso, me puteaban, me golpeaban. Finalmente me desmayé.

Vienen a la celda, me sacan, me llevan a un patio, dicen que huelo mal, me manguerean, no me gusta. Me vuelven a la celda, me quedo quieto, n