Hadas vascas y casualidades


Llego al aeropuerto muy temprano. Me dirijo hacia el lugar en el que siempre como y me tomo un tiempo para elegir el vino. La presentación del libro ha sido muy exitosa y amerita emprender el regreso con un buen tinto y una rica comida. Mientras almuerzo, observo la fila de viajeros imaginando distintas historias. Llegado el momento voy a despachar el equipaje e ingreso a la sala de preembarque.

Con la proa puesta en la partida, me siento en una cafetería, mientras tomo la lágrima que pedí dejo volar libremente mi imaginación. A través del ventanal observo el cielo, me detengo en una nube que me sugiere una playa bañada por las olas. Esto me transporta a La Villa muchos años atrás y me veo en la arena, alrededor de un fogón, mirando embelesado a Gabriela tocar la guitarra. El momento queda como suspendido y solo la veo a ella, con su melena apenas movida por el viento. La evocación trae a mi mirada viejas lágrimas; me levanto y empiezo a andar. En tanto voy caminando, su recuerdo se hace más presente; no sé qué ocurriría hoy si no nos hubiéramos separado, pero tanta ausencia suya hace que la vea como la suma de todas las perfecciones. Recuerdo en particular aquel cuento que empezáramos a escribir juntos sobre una alegoría del amor apoyada en la figura de un hada que cobra forma humana al enamorarse de un joven revolucionario. La idea se correspondía con aquellos tiempos, corría el año sesenta y ocho. En realidad, nunca avanzamos más allá del nombre de la pareja: Lamiñak, un hada vasca, Augusto, el joven revolucionario y de la idea general de la trama que mezclaba revolución, amor y solidaridad. Pasados unos meses nos separamos, para ir volviéndonos recuerdo. Años después vino el tiempo de la oscuridad, Gabriela abandonó su forma humana y como los torturadores no pudieron con su alma, hoy seguramente habita el territorio de las hadas buenas. Yo me ausenté del país y anduve demasiados caminos hasta llegar aquí.

El momento se va disipando y me dirijo a la zona de la puerta de embarque. Veo un cartel que anuncia la partida de un vuelo a Irlanda. Llegan los pasajeros de ese vuelo y comienzan a esperar. De repente mi vista se detiene en una joven sentada en el piso, un escalofrío me recorre la espalda, su parecido con Gabriela es notable. La miro con tanto detenimiento que ella lo advierte y levanta la vista. Avergonzado, desvío la mirada. No puedo evitar volver a mirarla, lo hago con el mayor disimulo posible, pero ella se da cuenta.

Pensando que aguardamos el mismo vuelo esboza una sonrisa, como compartiendo conmigo la impaciencia. Me acerco a ella e iniciamos conversación. Me entero de que es vasca, de Vitoria, me cuenta que es violinista, que va a Irlanda a formar parte de una orquesta de música celta. Le digo que se parece mucho a alguien que conocí. Conversamos un rato. Finalmente anuncian el embarque de su vuelo, la fila comienza a moverse y ella, con la misma espontaneidad que caracterizaba a Gabriela, se despide dándome un beso en la mejilla. Me quedo viendo cómo se aleja. De pronto, saca un libro de su bolso, regresa corriendo hasta mí, me lo entrega y vuelve a la fila.

Fue todo tan rápido y quedé tan conmovido que, recién pasado un momento, miro el libro y veo su título: La Lamia enamorada (Leyendas de hadas vascas).

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