La merienda


Como todas las tardes, antes de la merienda, saldré a la vereda y cruzaré a la plaza. Me sentaré en el banco de siempre, ese que está frente al árbol de la casa de la esquina de Hamburgo y Budapest. Me gusta ese árbol, la casa y también me gusta mucho esperarte.

Cuando ya esté sentado, vas a llegar para sentarte a mi lado, me vas a mirar con esa sonrisa que sale de tus ojos. Me gustan tus ojos, tienen el color de mis bolitas más lindas. Te vas a alisar tu pollerita a cuadros con las manos y me vas a invitar a jugar a la escondida. Jugaremos hasta que tu mamá venga a buscarte para tomar la merienda. Jugar es una íntima ceremonia que celebramos juntos y en la cual descubrirnos, es la manera más linda de festejar nuestra amistad. Hoy hace frío y seguro tu mamá va a venir a buscarte más temprano, por eso no me gusta que haga frío.

A vos te encanta esconderte detrás del árbol de la casa, ese pino que en cada Navidad se llena de luces y adornos y en cuyo tronco se apoya la figura de un Papá Noel sonriente, mi mamá lo llama Mikolaj. Me gusta cuando buscamos los regalos en el árbol. Ese es tu escondite favorito, a veces pienso que te gusta ocultarte ahí porque querés que te encuentre rápido.

Al terminar de jugar a la escondida nos vamos a sentar debajo del pino, nuestro gigante bueno de la guarda, ¡y cómo te reís vos cuando te digo esto! Me gusta tanto tu sonrisa.

Nos vamos a quedar sentados, con la espalda apoyada en el tronco, charlaremos largo rato. Yo te voy a decir que estoy muy contento porque mi papá me empezó a comprar la Billiken y me gusta mucho leer las aventuras de Pelopincho y Cachirula y Pi-Pío. Vos me vas a contar que cuando seas grande te gustaría ser actriz o hacer algo para ayudar a quienes más lo necesitan, pero que a tu mamá no le gustan esas cosas y que te dice que a los ocho años todavía no sabés lo que querés.

En la charla nos vamos a acordar de lo que pasó el otro día, cuando escuchamos volar a unos aviones y oímos unos ruidos muy fuertes. Yo te voy a volver a contar que mi papá me dijo que esos ruidos eran bombas que tiraron en otra plaza unas personas muy malas y que mi mamá me contó que cuando era chica, en su pueblo, también había malas personas que tiraban bombas desde aviones. No me gusta que haya malas personas que tiren bombas. Vos me vas a agarrar de la mano otra vez y me vas a contar lo mucho que te asustaste ese día. Me gusta que me agarres de la mano.

Yo te voy a regalar el alfajor Guaymallen que me trajo papá anoche. Vos vas a sonreír con los ojos y la boca. ¡Qué lindo es ver en tu cara asomar la felicidad de esa manera! Lo vas a abrir, vas a partirlo en dos y me vas a convidar la mitad. Lo vamos a comer en silencio, porque en ese momento las palabras no van a hacer falta. Después, me vas a decir que cuando seas grande también te gustaría ser repostera y hacer tortas ricas para que tomemos juntos la merienda.

Un rato más tarde va a pasar el churrero. Vos me vas a contar que cada verano, cuando se van a Mar del Plata, tu papá te compra churros, que te gusta mucho ir a la playa y que le vas a decir a tu mamá que el verano que viene te deje invitarme para que juguemos juntos en la arena y hagamos castillos. Me gustaría ir de vacaciones con vos.

Enseguida me vas a decir que vayamos a los juegos. Vamos a subir juntos al sube y baja y vos vas a gritar entusiasmada cada vez que estés arriba. Al ratito nomás nos vamos a ir para las hamacas, ellas recibirán nuestras risas, yo te voy a empujar despacito y vos me vas a decir que lo haga más fuerte, porque querés sentir que volás. Vamos a dejar para último el tobogán, vos te vas a subir con miedo, pero con un montón de ganas de tirarte. Me vas a pedir que te cuide. Yo te voy a decir que te tires tranquila y te voy a esperar abajo. Me gusta cuidarte.

Después de todo eso nos van a venir a buscar, a vos tu mamá y a mí la mía. Nos vamos a agarrar de la mano, como si no quisiéramos separarnos. No me gusta ese momento. La tuya te va a decir que tenés que hacer los deberes. La mía me dirá que hace frío, que es la hora de la merienda, que ya está preparado el Vascolet calentito y que tengo que entrar. Los dos vamos a pedir que nos dejen jugar un ratito más, pero no nos van a dejar porque ya es tarde y además mañana nos volveremos a encontrar. Nos vamos a despedir con un beso y yo me voy a quedar en la vereda mirando como te vas, con ganas de que ya sea mañana.

Te estoy esperando, ¿sabés? pero aún no viniste, estuve sentado en el banco mirando para todos lados, todo el tiempo queriendo que aparecieras. Me fui a fijar en el árbol, pero no te encontré. Me quedé ahí sentado otro rato, esperándote, pero no apareciste. No me gusta que no vengas.

Y aquí sigo, con la esperanza intacta, buscándote aunque no aparezcas. No me gusta no verte, me dan ganas de llorar.

Una señora cruza la calle y se sienta a mi lado, amable como una madre, con su mano cálida apoyada en mi espalda me mira y me dice:

—Vení papi, vamos adentro que ya hace mucho frio y te va a hacer mal, entremos que ya está lista tu merienda y además es la hora de tomar los remedios.

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