Celebración


A poco de radicarme en Parque Chas me fue posible ser testigo de un hecho que con el tiempo quedó inmortalizado en el folclore urbano. Ese fue el caso de lo sucedido en una de las plazas de ese singular barrio de calles circulares pobladas de misterios.

Hace algo más de cuarenta años, un hombre llegó a esa plaza y se sentó en un banco. Los dos árboles de la esquina atrajeron su mirada y permaneció sentado allí varias horas. Los caminantes que dando la vuelta a la plaza pasaban por ahí veían a un sujeto con boina negra y una bufanda roja sentado con la vista clavada en el pasaje que ambos árboles ofrecían. Permanecía allí como si fuera parte del paisaje, de tanto en tanto escribía algo en un cuaderno y en ocasiones movía las manos mientras murmuraba algunas palabras. Con la llegada de la noche se marchaba.

A partir de ese momento se lo vio cada día en la misma situación. Los habitués de la plaza se acostumbraron a verlo sentado en el mismo banco. Algunos, al pasar, lo saludaban con la cabeza o le dirigían alguna palabra, él permanecía impertérrito. En ocasiones alguien se sentaba a su lado interrogándolo, pero resultaba inútil, él se mantenía en silencio y no apartaba la vista de los árboles. Los meses fueron pasando y dejó de llamarle la atención a los vecinos, su boina negra y la bufanda roja eran una referencia que tomaban los caminantes para contar las vueltas que daban a la plaza.

Casi un año después, en la mañana del quince de agosto, los vecinos que llegaban a la plaza se sorprendían al ver que sobre el banco que él ocupaba solo estaban su boina negra y la bufanda roja.

En la actualidad, todos los quince de agosto, los vecinos celebran en la plaza la fiesta del laberinto.



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