Laberinto


En el marco de una arquitectura existencial gobernada por leyes que desconocemos, a veces es posible ser privilegiados testigos de un incidente que luego queda inmortalizado en el decir popular. Ese fue el caso del que sucedió hace mucho en la esquina derecha del pasaje Budapest en su nacimiento en la plaza Nobel en Parque Chas, ese singular barrio de Buenos Aires de calles circulares llenas de misterios.

La tarde de un quince de agosto Ernesto llegó a ese lugar y se sentó en un banco frente a esa intersección. Los dos árboles de la vereda de enfrente atrajeron su mirada y permaneció sentado allí varias horas. Los caminantes que dando la vuelta a la plaza pasaban por ahí veían a un sujeto con boina negra y una bufanda roja sentado con la vista clavada en el hueco que con forma de pasadizo creaban los ligustros que había en los canteros alrededor de los troncos. Él, permanecía inmóvil como si fuera parte del paisaje, sólo de tanto en tanto hacía algún gesto con la boca o sonreía mientras estiraba la mano murmurando algo.

A partir de ese día se lo vio cada tarde en la misma situación. Los habitués de la plaza se acostumbraron a verlo sentado en el mismo banco, inmóvil. Algunos, al pasar, lo saludaban con la cabeza o le dirigían alguna palabra, él permanecía impertérrito. Una vecina llegó incluso a sentarse a su lado intentando entablar conversación, pero fue inútil, Ernesto no apartó la vista del hueco, ni siquiera pestañeó. Los meses fueron pasando y dejó de llamarle la atención a los vecinos, su boina negra y la bufanda roja eran una referencia que tomaban los caminantes para contar las vueltas que daban a la plaza.

Un año después, en la mañana del quince de agosto, los vecinos amanecieron con la sorpresa de que sobre el banco que habitualmente ocupaba Ernesto estaban su boina negra y la bufanda roja. Desde ese día nunca se lo volvió a ver.

En la actualidad, todos los quince de agosto por la tarde, los vecinos realizan en la plaza Nobel la fiesta del laberinto.



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