Mis nombres propios ( Parte 2)


Mi propio regreso

Entre las diversas rutas que mi tía abuela Pilar elegía para contarme historias, ejercía en mí una enorme fascinación la de su bolso azul. Generalmente esto ocurría los sábados antes de la cena, cuando yo regresaba de los juegos infantiles en la calle de tierra de Banfield. Visto hoy retrospectivamente, el hecho de no tener televisión en esa época resultó una verdadera fortuna. El menú de entretenimiento hogareño tenía como opciones la lectura de la revista Billiken, escuchar en la radio las aventuras de Tarzán y Poncho Negro. Si mis padres lo permitían, las desventuras de los Pérez García o si no, los relatos de mi tía que se desprendían de alguna de las innumerables postales que guardaba en su bolso y que para mí representaban un fantástico tesoro. Así fue como de su mano recorrí rutas y personajes reales o fantásticos de España, conocí a mágicos príncipes o a héroes de la guerra civil española. Y en el recorrido por las fotos antiguas de la familia me contaba de jueces, sacerdotes y de aquella poetisa llamada Narcisa, entre los más antiguos. De igual modo me hablaba de la profesión de boticario de su padre, de su madre María Zubizarreta que fue una figura saliente en la familia. Ya entre sus congéneres me contaba de las aventuras de su hermano Pompilio, de las dotes de fotógrafo y artista de Narciso y por supuesto de las andanzas de mi abuelo: veterinario, panadero, viajero, incluido su tiempo de permanencia en Londres, de cómo llegó tarde al embarque del Titanic. También de su condición de Alcalde Republicano de Morata de Tajuña, cuando en el pueblo lo llamaban el padre de los pobres y las posteriores y duras consecuencias de ello.

Sacaba también de su bolso postales de Deba, su pueblo, me contaba que allí había nacido ella, y se le iluminaba la cara resaltando su condición de vasca. Ponía el acento en su apellido Zubizarreta, y a mí se me iba haciendo propio.

Muchos de quienes portan el apellido Pérez Zubizarreta han llevado adelante el ejercicio de distintas artes. De todas ellas me detengo en quienes cultivaron y cultivan la fotografía, como es el caso de la hija de Narciso, María Teresa Pérez Zubizarreta Sánchez, que a su don por la pintura agregó el arte fotográfico y editó sobre ello varios libros. De todos esos libros tengo en uno que me dedicó con natural cariño y que se llama “La memoria quieta”. Y entonces me pongo a pensar en esa quietud de la foto y se me ocurre que a la que encabeza este relato el destino me hizo ponerle un singular movimiento que atravesó tiempo y distancias. Este se me hizo visible cuando en junio de dos mil dieciséis yo llegué a Deba por primera vez. Al pisar el andén, mi memoria emotiva se sacudió y aquella vieja foto de mi tía abuela, que aún conservo, cobró súbitamente movimiento para darme la bienvenida al que al partir de allí también sería mi propio pueblo.

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