Soliloquio 2


Y al final, el árbol de la casa de la esquina de la calle Budapest y yo nos hicimos amigos. De tanto en tanto me siento en el banco de la plaza y le hablo. Él, me ofrece su escucha, su figura me hace viajar a los felices días de la infancia y un sonido de risas ilumina la escena. Pero también, por su contextura, me permite jugar con el tiempo que se extiende por delante. Le digo que, a diferencia de él, a mis ramas no le sobran las hojas y que me afanaré en escribirlas de la mejor manera posible. Bueno, también le hablo del ahora diciéndole que hay momentos en los que me cuesta darle forma al poema y que, aunque una vez escrito me pregunto si vale la pena echarlo a volar, lo sigo haciendo porque ese es mi modo de soñar. Hoy, charlo con él más que otras veces: es uno de esos días en los cuales el otoño se pone juguetón disfrazándose de primavera y eso, eso hay que disfrutarlo.